La luna resplandece en la calle. Brillan unas pocas lámparas de metano verde, iluminando apenas los senderos que discurren entre los árboles de teca modificados hasta las puertas del monasterio. Anhelar lo irrecuperable es absurdo. Todo muere. Ha perdido a Chaya. Así es el cambio.
Nadie vigila las puertas. Su sumisión es algo que se da por sentado. Se espera de él que rece y se aferre a la esperanza del regreso de Chaya. Que se dejará someter. Ni siquiera sabe a ciencia cierta si hay alguien a quien le interese su suerte. Ya ha cumplido con su función. Un mazazo para el general Pracha, la ignominia para todo el Ministerio de Medio Ambiente. Si se queda o se va, ¿qué más da?
Sale a las calles anochecidas de la Ciudad de los Seres Divinos y encamina sus pasos hacia el sur, hacia el río, hacia el Palacio Real y las rutilantes luces de la metrópoli, por avenidas medio desiertas. Hacia los diques que impiden que la ciudad perezca ahogada por la maldición de los farang.
La Sagrada Columna de la Ciudad se yergue ante él con sus resplandecientes tejados, imágenes de Buda iluminadas por las ofrendas, rebosantes de dulce incienso. Fue aquí donde Rama XII declaró que la ciudad de Krung Thep no sería abandonada. Que no sucumbiría ante los farang, como había sucumbido Ayutthaya ante los birmanos tantos siglos atrás.
Imponiéndose a los cánticos de novecientos noventa y nueve monjes ataviados con mantos naranjas, el rey declaró que la ciudad se salvaría, y desde ese momento encargó su defensa al Ministerio de Medio Ambiente. Le encomendó la construcción de las grandes presas y los embalses que habrían de proteger la ciudad frente a las crecidas monzónicas y las olas gigantes de los tifones. Krung Thep se mantendría en pie.
Jaidee sigue caminando, escuchando las monótonas voces de los monjes que oran cada minuto del día, invocando el poder de los mundos espirituales en auxilio de Bangkok. Hubo ocasiones en que él mismo se arrodilló en el frío mármol del altar, postrado ante la columna central de la ciudad, para rogar por la ayuda del rey, de los espíritus y de cualquiera que fuese la fuerza vital que impulsaba a la ciudad antes de salir a hacer su trabajo. La columna de la ciudad era un talismán. Alimentaba su fe.
Ahora pasa por delante de ella con su hábito blanco sin dirigirle siquiera la mirada.
«Todo es transitorio.»
Continúa callejeando y se adentra en los bulliciosos barrios que respaldan el Charoen Khlong. Las aguas se mecen tranquilas. Ninguna pértiga perturba la oscura superficie a estas horas de la noche. Pero al frente, en uno de los porches cubiertos con paneles, titila la llama de una vela. Jaidee se acerca con sigilo.
– ¡Kanya!
Su antigua teniente se da la vuelta, sorprendida. Recobra la compostura, pero no antes de que Jaidee tenga ocasión de ver su consternación ante lo que tiene delante: este hombre olvidado sin un solo cabello en la cabeza, ni siquiera en las cejas, sonriéndole como un loco desde el pie de la escalera. Jaidee se quita las sandalias y empieza a subir los escalones como un espectro. Es consciente del aspecto que ofrece, no puede por menos de sonreír mientras abre los paneles y entra en silencio.
– Pensaba que ya estarías en el bosque -dice Kanya.
Jaidee se sienta junto a ella, ordenando el hábito a su alrededor. Contempla las pestilentes aguas del khlong. Las ramas de un mango se reflejan en la superficie plateada, iluminada por la luna.
– No es fácil encontrar un monasterio que esté dispuesto a ensuciarse con alguien de mi calaña. Hasta Phra Kritipong parece tener reparos en lo que a enemigos del Estado respecta.
Kanya hace una mueca.
– Todo el mundo habla de su creciente influencia. Akkarat habla en público de permitir las importaciones de neoseres.
Jaidee da un respingo.
– No sabía nada. Unos cuantos farang lo han sugerido, pero…
La expresión de Kanya refleja la repugnancia que siente.
– Todos respetan a la reina, pero los neoseres no se rebelan. -Hunde un pulgar en la dura piel de un mangostán y desgaja la piel morada, casi negra en la oscuridad-. Torapee midiendo las pisadas de su padre.
Jaidee se encoge de hombros.
– Todo cambia.
Kanya tuerce el gesto.
– ¿Cómo se puede luchar contra su dinero? Ahí radica su poder. ¿Quién se acuerda de sus jefes? ¿Quién se acuerda de sus obligaciones cuando el dinero fluye con la fuerza del océano contra los rompeolas? -Hace una mueca-. No nos enfrentamos a la crecida de las aguas. Nos enfrentamos al dinero.
– El dinero es atractivo.
El rictus de Kanya se torna amargo.
– Para ti no. Te comportabas como un monje mucho antes de que te enviaran al kuti.
– A lo mejor es por eso que dejo tanto que desear como novicio.
– ¿No tendrías que estar allí ahora?
Jaidee esboza una sonrisa.
– Estaba empezando a anquilosarme.
Kanya se queda quieta y observa fijamente a Jaidee.
– ¿No van a ordenarte?
– Soy un luchador, no un monje. -Jaidee se encoge de hombros-. Quedarse sentado en un kuti, meditando, no servirá de nada. Me dejé confundir en ese sentido. Perder a Chaya me confundió.
– Volverá. Estoy segura.
Jaidee sonríe con tristeza a su protegida, tan llena de fe y esperanza. Es asombroso que una mujer tan seria, que ve tanta melancolía en el mundo, pueda creer que en este caso, en estas circunstancias tan extraordinarias, el mundo vaya a dar un giro en la dirección adecuada.
– No. No va a volver.
– ¡Volverá!
Jaidee sacude la cabeza.
– Siempre había pensado que tú eras la escéptica.
La angustia se refleja en los rasgos de Kanya.
– Has dado todos los pasos necesarios para indicar que te rindes. ¡No te queda más prestigio que perder! ¡Tienen que liberarla!
– No lo harán. Creo que no sobrevivió al primer día. Si me aferro a esa esperanza es solo porque estaba loco por ella.
– No sabes si ha muerto. Quizá la tengan secuestrada todavía.
– Como tú misma has dicho, ya no tengo ningún prestigio. Si quisieran darme una lección, la habrían soltado ya. El mensaje que pretendían transmitirme no es el que nos imaginábamos. -Jaidee contempla las tranquilas aguas del khlong-. Necesito que me hagas un favor.
– Lo que sea.
– Préstame una pistola de resortes.
Kanya pone los ojos como platos.
– Khun…
– No te preocupes. Te la devolveré. No hace falta que vengas conmigo. Lo único que necesito es un arma fiable.
– Pero…
Jaidee sonríe.
– No te preocupes. No me pasará nada. Y tampoco hay motivo para arruinar dos carreras.
– Quieres ir tras Comercio.
– Akkarat debe darse cuenta de que el Tigre aún tiene dientes.
– Ni siquiera sabes si fueron los de Comercio quienes la secuestraron.
– ¿Quién si no? -Jaidee se encoge de hombros-. Me he ganado muchos enemigos, pero al final, en realidad solo cuenta uno. -Sonríe-. Está Comercio y estoy yo. Dejar que me convencieran de lo contrario fue una tontería.
– Te acompaño.
– No. Quédate aquí. Cuida de Niwat y Surat. Es lo único que te pido, teniente.
– Por favor, no lo hagas. Apelaré a Pracha, iré a…
Jaidee la interrumpe antes de que diga algo de lo que pudiera arrepentirse más tarde. Hubo un tiempo en que habría dejado que se humillara ante él, que sus disculpas brotaran torrenciales como una catarata durante el monzón, pero ya no.
– No deseo nada más -le asegura-. Me doy por satisfecho. Iré tras Comercio y les haré pagar. Todo esto es kamma. No estaba escrito que conservara a Chaya eternamente, o viceversa. Pero creo que aún podemos hacer algo si nos aferramos al damma. Todos tenemos responsabilidades, Kanya. Para con nuestros superiores, para con nuestros hombres. -Se encoge de hombros-. He tenido muchas vidas distintas. Fui niño, y campeón de muay thai, y padre, y camisa blanca. -Baja la mirada a los pliegues de su hábito de novicio-. Hasta monje. -Sonríe-. No te preocupes por mí. Aún me quedan algunas etapas por atravesar antes de renunciar a esta vida y acudir al encuentro de Chaya. -Jaidee deja que su voz se endurezca-. Tengo asuntos pendientes, y no pararé hasta terminarlos.