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– Lo siento.

Somchai se encoge de hombros.

– Siempre fuiste un tigre. Es tu naturaleza. Lo sabía cuando accedí a acompañarte.

– Aun así, Somchai, si morimos aquí…

Somchai sonríe.

– Entonces te reencarnarás en un cheshire.

Jaidee no puede reprimir una carcajada de sorpresa. El sonido es agradable, chispeante. Se descubre incapaz de parar. La risa crece en su interior, levantándole el ánimo. Incluso a los guardias se les escapa una risita. Jaidee ve de reojo la sonrisa de oreja a oreja de Somchai, y su gozo se multiplica.

Suenan pasos detrás de ellos. Una voz:

– Qué compañía más risueña. Vaya par de ladrones más graciosos.

Jaidee se domina con esfuerzo, sin aliento.

– Debe de tratarse de un error. Trabajamos aquí.

– Lo dudo. Daos la vuelta.

Jaidee se vuelve. Ante él se yergue el ministro de Comercio. Akkarat en persona. Y a su lado… La hilaridad de Jaidee lo abandona como el hidrógeno a un dirigible desgarrado. Akkarat está flanqueado por guardaespaldas. Panteras negras. Soldados de élite reales, un ejemplo de la alta estima en que el palacio tiene a Akkarat. Un puño helado oprime el corazón de Jaidee. En el Ministerio de Medio Ambiente no hay nadie que goce de semejante protección. Ni siquiera el general Pracha.

La consternación de Jaidee dibuja una leve sonrisa en los labios de Akkarat. Contempla a Jaidee y a Somchai como si estuviera inspeccionando tilapias en el mercado, pero a Jaidee le da igual. Solo tiene ojos para el hombre anónimo que está a su espalda. El indiferente. El… Las piezas del rompecabezas encajan en su sitio de repente.

– No trabajas para Comercio -murmura-. Estás al servicio del palacio.

El hombre se encoge de hombros.

– Ya no eres tan valiente, ¿verdad, capitán Jaidee? -interviene Akkarat.

– Ahí lo tienes, te dije que eras famoso -susurra Somchai.

A Jaidee está a punto de escapársele la risa otra vez, aunque las implicaciones de este nuevo descubrimiento son preocupantes.

– ¿Es cierto que te respalda el palacio?

Akkarat encoge los hombros.

– Comercio está en auge. El somdet chaopraya favorece una política abierta.

Jaidee calcula la distancia que los separa. Demasiado lejos.

– Me sorprende que un heeya como tú se atreva a acercarse tanto a su trabajo sucio.

Akkarat sonríe.

– No me lo perdería por nada del mundo. Has sido una espina muy cara de sacar.

– ¿Piensas empujarnos con tus propias manos? -le provoca Jaidee-. ¿Quieres manchar tu kamma con mi muerte, heeya? -Hace un gesto con la cabeza para abarcar a los hombres que les rodean-. ¿O intentarás dejar esa lacra a tus hombres? ¿Dejarás que se reencarnen en cucarachas para que perezcan pisoteados mil veces antes de conseguir un renacimiento decente? ¿Que se manchen las manos de sangre con un asesinato a sangre fría? ¿Por dinero?

Los hombres se revuelven, nerviosos, y cruzan las miradas. Akkarat frunce el ceño.

– Serás tú el que se reencarne en una cucaracha.

Jaidee sonríe de oreja a oreja.

– En tal caso, adelante. Demuestra tu hombría. Empuja a un hombre indefenso.

Akkarat titubea.

– ¿Acaso eres un tigre de papel? -insiste Jaidee-. Venga ya. ¡Date prisa! Empiezo a marearme, tan cerca del borde.

Akkarat lo observa con detenimiento.

– Has ido demasiado lejos, camisa blanca. Esta vez has ido demasiado lejos. -Da una zancada al frente.

Jaidee gira en redondo, levanta una rodilla y la estampa en las costillas del ministro de Comercio. Los hombres empiezan a gritar. Jaidee salta de nuevo, moviéndose con más agilidad de la que exhibió nunca en los estadios. Es como si jamás hubiera salido del Lumphini. Como si jamás hubiera dejado atrás el clamor de los espectadores y el sonido de las apuestas. Su rodilla aplasta la pierna de Akkarat.

Una llamarada estalla en las articulaciones de Jaidee, desacostumbradas a estas contorsiones, pero aun con las manos atadas a la espalda, sus rodillas siguen volando con la eficacia de un campeón. Da otra patada. El ministro de Comercio suelta un gruñido y trastabilla hasta el borde del edificio.

Jaidee levanta un pie para arrojar a Akkarat por encima de la cornisa, pero siente un dolor en la espalda. Se tambalea. Una nube de gotas de sangre flota en el aire. Los discos de las pistolas de resortes le atraviesan el cuerpo. Jaidee pierde impulso. El borde del edificio vuela a su encuentro. Atisba a los panteras negras sosteniendo a su jefe, llevándoselo en volandas.

Jaidee lanza una última patada, entregándose a la suerte, pero las cuchillas continúan hendiendo el aire, las pistolas de resortes silban mientras escupen los discos contra su carne. Los fogonazos de dolor son abrasadores y profundos. Se derrumba contra la cornisa del edificio. Cae de rodillas. Intenta levantarse otra vez, pero el canto de las pistolas es incesante, los tiradores son muchos, ensordecedor el alarido estridente de la energía liberada. No consigue recuperar el equilibrio. Akkarat está limpiándose la sangre del rostro. Somchai forcejea con otra pareja de panteras.

Jaidee ni siquiera siente el empujón que lo manda al otro lado del borde.

La caída es más breve de lo que esperaba.

18

El rumor se propaga como un incendio por las tablas podridas de Isaán. El Tigre ha muerto. No cabe duda de que Comercio está en auge. Hock Seng siente cómo se le pone el vello de punta en la nuca mientras la tensión se apodera de la ciudad. El vendedor de periódicos ya no sonríe. Una pareja de camisas blancas patrulla observando a todos los peatones, con cara de pocos amigos. Los dependientes de los puestos de hortalizas parecen haberse puesto a la defensiva de repente, como si traficaran con productos de contrabando.

El Tigre ha muerto, deshonrado de alguna manera, aunque nadie parece conocer los detalles. ¿Es cierto que lo castraron? ¿Que su cabeza adorna ahora una estaca frente al Ministerio de Medio Ambiente, como advertencia para todos los camisas blancas?

La situación hace que a Hock Seng le den ganas de coger el dinero y salir corriendo, pero los planos de la caja fuerte lo mantienen pegado a su mesa. No había vuelto a presentir vientos de cambio como estos desde el Incidente.

Se levanta y se dirige a los postigos del despacho. Se asoma a la calle. Regresa al ordenador a pedales. Transcurrido un instante, se acerca a la ventana de observación de la fábrica para estudiar a los thais que trabajan en las líneas. Es como si el ambiente estuviera cargado de electricidad. Se aproxima una tormenta, presagio de riadas y olas gigantes.

Los peligros acechan fuera y dentro de la fábrica. Hacia la mitad del turno regresó Mai, con los hombros caídos. Otra empleada enferma, enviada a un tercer hospital, esta vez en Sukhumvit. Y abajo, en el corazón del sistema de manufacturación, algo viscoso extiende sus tentáculos hacia todos ellos.

Hock Seng siente un escalofrío al pensar en la enfermedad que fermenta en esos tanques. Se han producido demasiados casos para atribuirlo al azar. Donde hay tres, habrá más, a menos que denuncie el problema. Pero si abre la boca, los camisas blancas reducirán la fábrica a cenizas y los planos de los muelles percutores del señor Lake volverán a cruzar los mares, y todo estará perdido.

Alguien llama con los nudillos a la puerta.

– Lai.

Mai entra sigilosamente en la habitación, atemorizada y compungida. Lleva el cabello negro alborotado. Sus ojos oscuros recorren la estancia, buscando al farang.

– Se ha ido a almorzar -informa Hock Seng-. ¿Has llevado a Viyada?

Mai asiente con la cabeza.

– Nadie me ha visto dejarla.

– Bien. Por lo menos eso.

Mai agradece sus palabras con un wai desganado.

– ¿Sí? ¿Qué sucede?