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Por señas, le indica a Carlyle que entre en la fábrica.

– Busquemos a Hock Seng. Si alguien sabe algo, será él.

En la planta de arriba, las oficinas de administración están desiertas. El incienso de Hock Seng arde sin interrupción, proyectando sedosos hilos de humo gris. Encima de la mesa yacen papeles abandonados, mecidos por la suave brisa de los ventiladores de manivela.

Carlyle suelta una risita cargada de cinismo.

– ¿Has perdido un ayudante?

– Eso parece.

La caja fuerte accesoria está abierta. Anderson echa un vistazo a los estantes. Faltan al menos treinta mil baht.

– Maldita sea. El muy cabrón me ha desplumado.

Carlyle abre uno de los postigos, revelando los tejados que se extienden a lo largo de toda la fábrica.

– Echa un vistazo a esto.

Anderson frunce el ceño.

– Siempre estaba toqueteando los pestillos. Pensé que quería impedir que entrara nadie.

– Pues me parece que se ha dado el piro. -Carlyle se carcajea-. Deberías haberle despedido cuando aún podías.

Los ecos del martilleo de más botas sobre los adoquines ascienden hasta ellos. Es lo único que se oye en la calle.

– En fin, hay que reconocer que fue previsor.

– Ya sabes lo que dicen los thais: «Si ves correr a un tarjeta amarilla, ten cuidado con el megodonte que viene detrás».

Anderson pasea la mirada por el despacho una última vez antes de asomar medio cuerpo por la ventana.

– Ven. Veamos adónde ha ido mi ayudante.

– ¿Hablas en serio?

– Si él no quería tropezarse con los camisas blancas, nosotros tampoco. Y salta a la vista que tenía un plan. -Anderson se da impulso y sale al sol. Las tejas le queman las manos. Las sacude mientras se yergue. Es como estar en una sartén. Estudia el tejado, respirando entrecortadamente a causa del calor abrasador, y ve la fábrica chaozhou al otro lado. Anderson da unos pasos, y entonces se vuelve y dice-: Sí. Creo que se fue por aquí.

Carlyle consigue encaramarse por fin al tejado. El sudor le perla el rostro y le empapa la camisa. Caminan sobre las tejas rojizas mientras el aire hierve a su alrededor. En la otra punta del tejado, su ruta termina en un callejón, resguardado de Thanon Phosri por un recodo de la avenida. Al otro lado del abismo, una escalerilla se descuelga hasta el suelo.

– Que me aspen.

Los dos se quedan mirando fijamente el callejón, tres pisos más abajo.

– ¿Y el viejo chino ha saltado hasta ahí? -pregunta Carlyle.

– Eso parece. Y después bajó por la escalera. -Anderson se asoma al borde-. Menuda caída. -No puede por menos de sonreír ante la capacidad de inventiva de Hock Seng-. Puto zorro.

– La distancia es enorme.

– No tanto. Y si Hock Seng…

Anderson no tiene ocasión de terminar la frase. Carlyle pasa por su lado como una exhalación y cubre el abismo de un salto. Aterriza sin gracia y rueda por el tejado. Un segundo después, se levanta, sonriendo y haciendo señas a Anderson para que le siga.

Anderson frunce el ceño y coge carrerilla. El aterrizaje le estremece toda la dentadura. Cuando se pone en pie, Carlyle ya está desapareciendo por el borde, bajando por la escalerilla. Anderson sigue sus pasos, renqueando a causa de una rodilla magullada. Carlyle está inspeccionando el callejón cuando Anderson se sitúa a su lado de un salto.

– Ese camino conduce a Thanon Phosri y a nuestros amigos -informa Carlyle-. Eso no nos conviene.

– Hock Seng es un paranoico -dice Anderson-. Habrá calculado una ruta. Y seguro que no pasa por las calles principales.

Encamina sus pasos en la dirección opuesta. Casi inmediatamente aparece un hueco entre las paredes de dos fábricas.

Carlyle sacude la cabeza, admirado.

– No está mal.

Se introducen en el estrecho pasadizo, avanzando con esfuerzo durante más de cien metros antes de llegar a una plancha de latón oxidado. Mientras retiran el burdo portal, una anciana les observa tras un montón de colada. Se encuentran en una especie de patio. Hay ropa tendida por todas partes, y el sol dibuja arcoíris en la tela mojada. La anciana les indica que pasen por su lado.

Un momento después salen a un soi diminuto, que a su vez desemboca en una serie de callejuelas laberínticas que discurren por una improvisada barriada donde viven los culis que trabajan en las compuertas de los diques, transportando mercancías desde las fábricas hasta los muelles. Más callejones en miniatura, obreros encorvados sobre fideos y pescado frito. Sacos de WeatherAll. Sudor y la penumbra de los tejados colgantes. Humo de pimientos asados que les hace toser y taparse la boca mientras se abren paso penosamente en medio del bochorno.

– ¿Dónde diablos estamos? -murmura Carlyle-. Estoy completamente desorientado.

– ¿Y eso qué más da?

Dejan atrás perros adormilados por el calor y cheshires tumbados encima de montañas de desperdicios. El sudor cae a chorros por el rostro de Anderson. La euforia del alcohol consumido a media tarde hace ya tiempo que se esfumó. Más callejones en sombra, más recovecos sinuosos, vueltas y recodos, encogiendo el estómago para pasar entre bicicletas, montones de chatarra y plásticos derivados de la resina de coco.

Aparece una abertura. Emergen a un resplandor diamantino. Anderson aspira el aire, relativamente fresco, alegrándose de haber dejado atrás la claustrofobia de los callejones. La carretera no es grande, pero aun así, hay tráfico.

– Creo que esto me suena -dice Carlyle-. Por aquí cerca hay un tipo que vende el café que le gusta a uno de mis empleados.

– Por lo menos no se ve ningún camisa blanca.

– Debo encontrar la manera de volver al Victoria. Tengo dinero depositado en la caja fuerte.

– ¿Cuánto vale tu cabeza?

Carlyle hace una mueca.

– Eh. A lo mejor tienes razón. Tendré que ponerme en contacto con Akkarat, al menos. Averiguar qué sucede. Decidir cuál es nuestro próximo paso.

– Hock Seng y Lao Gu se han esfumado -dice Anderson-. Por ahora, hagamos como los tarjetas amarillas y pasemos desapercibidos. Podemos coger un rickshaw hasta el khlong de Sukhumvit, y después ir en barca hasta cerca de mi casa. Así nos mantendremos lejos de las zonas industriales y comerciales. Y de todos esos puñeteros camisas blancas.

Hace señas al conductor de un rickshaw y ni siquiera se molesta en regatear mientras Carlyle y él suben al asiento.

Lejos de los camisas blancas, Anderson empieza a tranquilizarse. Se siente ridículo al recordar el pavor que le atenazaba hacía unos instantes. Que él sepa, podrían haber ido tranquilamente por la calle, sin que nadie les molestara. No hacía falta ir saltando por los tejados. Quizá… Sacude la cabeza, frustrado. Le falta demasiada información.

Hock Seng no se quedó a ver qué pasaba, sino que cogió el dinero y salió corriendo. Anderson piensa de nuevo en la ruta de escape, minuciosamente planeada. El salto… Se le escapa una carcajada.

– ¿Qué te hace tanta gracia?

– Nada, Hock Seng. Lo tenía todo previsto. Hasta el último detalle. En cuanto surgió la menor complicación… ¡Zas! Salió disparado por la ventana.

Carlyle sonríe.

– No sabía que tuvieras ninjas de geriátrico en nómina.

– Creía… -Anderson deja la frase flotando en el aire. El rickshaw está aminorando la marcha. Frente a ellos, atisba algo blanco y se pone de pie para ver mejor-. Diablos. -El blanco almidonado del Ministerio de Medio Ambiente ha llegado a la carretera y está cortando el tráfico.

Carlyle se levanta como un resorte a su lado.

– ¿Controles?

– Por lo visto no se trata únicamente de las fábricas. -Anderson mira atrás de reojo, buscando una salida, pero los peatones y las bicicletas empiezan a amontonarse, bloqueando el camino.