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– ¿Quieres que salgamos por patas?

Anderson pasea la mirada por la multitud. Detrás de él, el conductor de otro rickshaw se pone en pie sobre los pedales para inspeccionar el panorama, vuelve a sentarse y empieza a aporrear el timbre, irritado. Su chófer se suma al coro.

– Nadie parece preocupado.

A lo largo de la carretera, los thais pregonan las excelencias de sus montones de durios malolientes, sus cestos de limoncillo y sus chapoteantes cubos de pescado. Tampoco ellos parecen nerviosos.

– ¿Quieres intentar marcarte un farol? -pregunta Carlyle.

– Diablos, qué sé yo. ¿Es que Pracha intenta darse golpes de pecho?

– Te lo he repetido mil veces, a Pracha le han quitado los dientes.

– Nadie lo diría.

Anderson estira el cuello, intentando atisbar qué sucede en la barrera. A juzgar por lo poco que puede ver, alguien está discutiendo con los camisas blancas, haciendo aspavientos. Un thai de piel oscura como la caoba y anillos de oro en los pulgares. Anderson se esfuerza por escuchar algo, pero las palabras se pierden en el estruendo mientras no dejan de sumarse ciclistas al atasco y aumenta el concierto de timbrazos.

Es como si los thais creyeran que se trata de un simple atasco. Están más impacientes que asustados. Se suman más ciclistas, y la música de los incesantes timbrazos lo envuelve.

– Ay… Mierda -murmura Carlyle.

Los camisas blancas apean de su bicicleta al tailandés indignado, que se desploma sin dejar de agitar los brazos. Los anillos de sus pulgares destellan al sol antes de desaparecer bajo un enjambre de uniformes blancos. Las porras de ébano suben y bajan, empapándose de sangre, relucientes.

Un aullido de perro apaleado inunda la calle.

Todos los conductores dejan de tocar el timbre. La calle enmudece mientras todo el mundo se vuelve y estira el cuello para ver algo. En medio del silencio, las súplicas entrecortadas del hombre se oyen perfectamente. A su alrededor, cientos de cuerpos se agitan y respiran. La gente mira a derecha e izquierda, nerviosa de repente, como un rebaño de ungulados que acabara de descubrir la presencia de un depredador en su seno.

El martilleo seco de las porras continúa.

Al cabo, los sollozos del hombre se truncan. Los camisas blancas se yerguen. Uno de ellos se da la vuelta e indica al tráfico que avance. Es un gesto impaciente, profesional, como si la gente se hubiera detenido a contemplar un puesto de flores o una atracción de feria. Titubeantes, los ciclistas empiezan a pedalear. El tráfico comienza a rodar. Anderson vuelve a sentarse.

– Dios.

El conductor de su rickshaw carga el peso sobre los pedales y se ponen en marcha. La preocupación se refleja en los rasgos de Carlyle. De reojo, mira a los lados.

– Nuestra última oportunidad de salir corriendo.

Anderson no puede apartar la mirada de los camisas blancas que se acercan.

– Llamaríamos la atención.

– Somos putos farang. Ya estamos llamando la atención.

Los peatones y los ciclistas avanzan despacio, agolpándose en el cuello de botella, esquivando el escenario de la carnicería.

Media docena de camisas blancas rodean el cadáver. La sangre que mana de la cabeza del hombre ha formado un charco. Las moscas revolotean ya en torno a los regueros carmesíes, pegajosas las alas, atiborrándose de calorías. La sombra de un cheshire se agazapa con avidez en la periferia, alejada de la sangre que se coagula por una valla de perneras blancas. Todos los agentes tienen los puños salpicados de rojo, el rocío de la energía cinética absorbida.

Anderson contempla el macabro espectáculo. Carlyle carraspea nervioso.

El ruido hace que un camisa blanca levante la cabeza y sus miradas se cruzan. Anderson no sabe durante cuánto tiempo, pero el odio que anida en los ojos del agente es inconfundible. El camisa blanca arquea una ceja, desafiante. Se da un golpecito en la pierna con la porra, dejando una mancha sanguinolenta.

Otro golpecito y el agente ladea la cabeza bruscamente, indicando que Anderson debería apartar la mirada.

20

La muerte es una fase. Tránsito. El paso a una vida ulterior. Cuando Kanya reflexiona sobre esta idea el tiempo suficiente, se imagina que será capaz de asimilarlo, pero lo cierto es que Jaidee está muerto, que no volverán a verse jamás, y que por muchos méritos que hiciera Jaidee para su próxima reencarnación, por muchas ofrendas de incienso y plegarias que realice Kanya, Jaidee nunca será Jaidee otra vez, su esposa no va a regresar, y sus dos valientes hijos solo podrán ver pérdida y sufrimiento allí donde miren.

Sufrimiento. El dolor es la única verdad. Pero es mejor que los jóvenes tengan algún motivo para reír y sepan qué es el cariño, y si este deseo de acunar a un hijo es lo que liga a los padres a la rueda de la existencia, que así sea. Hay que mimar a los niños. Esto es lo que piensa Kanya mientras cruza la ciudad en bicicleta en dirección al ministerio y el nuevo hogar de los descendientes de Jaidee: hay que mimar a los niños.

Los camisas blancas patrullan las calles. Miles de sus colegas rodean las joyas de la corona de Comercio, controlando apenas la rabia que impera en todo el ministerio.

La caída del Tigre. El asesinato de su padre. El santo viviente, abatido.

Es tan doloroso como si hubieran perdido a Seub Nakhasathien de nuevo. El Ministerio de Medio Ambiente está de luto y la ciudad le acompaña en el sentimiento. Y si todo sale según el plan del general Pracha, Comercio y Akkarat pronto tendrán motivos para llorar a su vez. Comercio por fin ha ido demasiado lejos. Hasta Bhirombhakdi dice que alguien debe pagar por esta afrenta.

En las puertas del ministerio, Kanya enseña sus pases y entra en el complejo. Conduce la bicicleta por caminos de ladrillo, entre árboles de teca y bananeros, hasta la zona residencial. La familia de Jaidee siempre vivió en una casa humilde. Tan humilde como Jaidee. Pero ahora, los últimos restos de su familia se cobijan en algo infinitamente más pequeño. Un final amargo para una gran persona. Se merecía algo mejor que estos barracones de cemento infestados de moho.

El hogar de Kanya es mucho más espacioso de lo que jamás conoció Jaidee, y vive sola. Deja la bicicleta apoyada en una pared y se queda mirando el barracón fijamente. Uno de los muchos abandonados por el ministerio. Enfrente del edificio hay un trozo de tierra con malas hierbas y un columpio desvencijado. No muy lejos se encuentra una cancha de takraw cubierta de rastrojos, reservada para los empleados del ministerio. A esta hora del día no hay nadie jugando, y la red cuelga inerte al calor.

Kanya se demora frente al edificio en ruinas, viendo jugar a los niños. Los de Jaidee no se cuentan entre ellos. Surat y Niwat deben de estar dentro. Preparándose quizá para recibir la urna funeraria, pidiendo a los monjes que canten y ayuden así a garantizar el paso de su padre a su próxima encarnación. Kanya respira hondo. La tarea es ingrata, sin duda.

«¿Por qué yo? ¿Por qué yo? ¿Por qué me obligaron a trabajar con un bodhisattva? ¿Por qué me eligieron a mí?», se pregunta.

Siempre sospechó que Jaidee estaba al corriente de los extras que ella se llevaba para repartir con los hombres. Pero así era Jaidee, puro y limpio. Jaidee creía en su trabajo. No como Kanya. Kanya la cínica. Kanya la airada. No era como los que elegían esta profesión por la promesa de un buen sueldo y la posibilidad de que una chica guapa se fijara en alguien vestido de blanco, alguien que también tenía la autoridad para confiscar su puesto pad thai.

Jaidee luchaba como un tigre, y murió como un ladrón. Descuartizado, destripado, arrojado a los perros, los cheshires y los cuervos para que no quedara nada de él. Jaidee, con el pene en la boca y la cara cubierta de sangre, un paquete remitido a la dirección del ministerio. Una declaración de guerra, si el ministerio estuviera seguro de la identidad del enemigo. Los rumores apuntan a Comercio, pero solo Kanya lo sabe a ciencia cierta. Solo ella conoce el secreto de la última misión de Jaidee.