Gritos procedentes de arriba.
Emiko alza la mirada. Los camisas blancas se asoman al borde y la apuntan con sus armas de resortes. Una lluvia plateada de discos cae sobre ella. Los proyectiles rebotan, le laceran la piel, arrancan chispas del metal. El miedo le da fuerzas. Se impulsa buscando el santuario de las puertas de cristal del balcón. «Óptima.» Las puertas se hacen añicos. Se corta las palmas de las manos con los fragmentos de cristal. Una nube de esquirlas rutilantes la envuelve antes de cruzar el umbral e irrumpir en el apartamento corriendo a una velocidad cegadora. Los ocupantes de la vivienda se quedan mirándola boquiabiertos, asombrados, imposiblemente lentos…
Paralizados.
Emiko derriba otra puerta y sale al pasillo. Se encuentra rodeada de camisas blancas. Embiste contra ellos. Sus gritos de sorpresa suenan ralentizados mientras los deja atrás como una exhalación, escaleras abajo. Abajo, abajo, escaleras abajo, dejando a los camisas blancas muy lejos. Más gritos desde las alturas.
Su sangre es un reguero de fuego. La escalera está en llamas. Tropieza. Se apoya en una pared. Incluso el calor del cemento es preferible al de su piel. Empieza a marearse, pero se obliga a reanudar la marcha. Sobre su cabeza, los hombres vociferan, persiguiéndola. Sus botas resuenan atronadoras en los escalones.
Una vuelta, y otra más, siempre hacia abajo. Se abre paso a empujones entre los grupos de personas que encuentra en su camino, se sumerge en la masa de vecinos desalojados por la redada. El horno que arde en su interior le produce alucinaciones.
Diminutas cuentas de sudor perlan su piel, poniendo a prueba los absurdos límites de sus poros de diseño, pero el calor y la humedad conspiran para impedir que eso la refresque. Es la primera vez que siente esas gotas en la piel. Siempre está seca…
Golpea de refilón a un hombre y este se aparta de un salto, sorprendido por la incandescencia de su piel. Está ardiendo. No puede confundirse entre estas personas. Sus piernas se mueven como las páginas secuenciadas de un libro de animación infantil, deprisa, deprisa, deprisa, pero sincopadamente. Todas las miradas están puestas en ella.
Da la espalda al hueco de la escalera y cruza una puerta, recorre un pasillo dando bandazos, se apoya en una pared, sin aliento. Le cuesta mantener los ojos abiertos con el fuego que arde en su interior.
«He saltado», piensa.
«He saltado.»
Adrenalina y conmoción. Un cóctel terrorífico, un vertiginoso colocón de anfetaminas. Está tiritando. Temblores de neoser. Está hirviendo. Se siente desfallecer. Se aplasta contra la pared, intentando absorber su frescor.
«Necesito agua. Hielo.»
Emiko intenta acompasar la respiración, escuchar, discernir por dónde pueden llegar los exterminadores, pero está mareada y aturdida. ¿Cuánto ha bajado? ¿Cuántos pisos?
«No dejes de moverte. No dejes de moverte.»
En vez de eso, se desploma.
El suelo está frío. El aliento entra y sale de sus pulmones como una sierra. Se le ha roto el sujetador. Tiene sangre en los brazos y en las manos, allí donde atravesaron el cristal. Se estira cuan larga es, extendiendo los dedos, presionando las palmas contra las baldosas, intentando absorber el frío del suelo. Se le cierran los ojos.
«¡Levántate!»
Pero no puede. Intenta controlar su corazón desbocado y aguzar el oído por si sus perseguidores estuvieran cerca, pero casi no puede respirar. Está ardiendo, y el suelo está frío.
Unas manos se cierran en torno a ella. Exclamaciones. La sueltan. Vuelven a agarrarla. A continuación está rodeada de camisas blancas que la arrastran escaleras abajo, y se alegra, agradece que por fin vayan a sacarla al delicioso aire nocturno, aunque la cubran de insultos y manotazos.
Sus palabras no significan nada para ella. No logra entender nada. Son solo sonidos que resuenan en medio de la oscuridad y el calor mareante. No hablan japonés, ni siquiera son seres civilizados. Ninguno de ellos es óptimo…
Salpicaduras de agua. Se atraganta, se asfixia. Otra inundación, en su boca, en su nariz, ahogándola.
La zarandean. Le gritan a la cara. La abofetean. Le hacen preguntas. Exigen respuestas.
Le agarran el pelo y le hunden la cara en un cubo de agua, intentando ahogarla, castigarla, matarla, y ella solo es capaz de pensar «gracias gracias gracias gracias» porque un científico la diseñó óptima, y este despojo de chica mecánica que ahora debe soportar sus insultos y sus bofetadas pronto se habrá enfriado.
22
Hay camisas blancas por todas partes: inspeccionando permisos, registrando puestos de comida, confiscando metano. Hock Seng ha tardado horas en cruzar la ciudad. Circulan rumores de que todos los chinos malayos han sido internados en las torres de los tarjetas amarillas. De que están a punto de ser embarcados al sur, de regreso al otro lado de la frontera, donde estarán a merced de los pañuelos verdes. Hock Seng presta atención a todos los susurros mientras recorre furtivamente los callejones en dirección a su dinero en efectivo y sus gemas, enviando a la nativa Mai por delante de él, aprovechando su acento local para sondear el terreno.
Cuando anochece, se encuentran aún lejos de su destino. El dinero robado de SpringLife pesa como una losa. A veces le asalta el temor de que Mai se vuelva en su contra de repente y lo denuncie a los camisas blancas a cambio de una parte del botín que lleva encima. Otras, la confunde con una boca que alimentar, y desearía ser capaz de protegerla de todo lo que se avecina.
«Me estoy volviendo loco. Confundir a una estúpida mocosa tailandesa con una de mis hijas», piensa.
Y sin embargo sigue confiando en la delgaducha muchacha, hija de pescadores, quien antes demostró ser tan obediente cuando a él aún le quedaba un ápice de autoridad, y por quien reza para que no se vuelva contra él ahora que es un blanco humano.
La oscuridad es absoluta.
– ¿Por qué tienes tanto miedo? -pregunta Mai.
Hock Seng se encoge de hombros. La niña no comprende, no puede comprender, los matices que les rodean. Para ella se trata de un juego. Aterrador, sí, pero un juego al fin y al cabo.
– Cuando los morenos se rebelaron contra los amarillos en Malasia, fue igual que ahora. En un abrir y cerrar de ojos, todo había cambiado. Los fanáticos religiosos se presentaron con sus pañuelos verdes en la cabeza y sus machetes… -Se encoge de hombros-. Cuanto más precavidos seamos, mejor.
Se asoma a la calle desde su escondrijo y vuelve a agachar la cabeza. Un camisa blanca está encolando otro retrato del Tigre de Bangkok, enmarcado en caracteres negros que rezan: Jaidee Rojjanasukchai. Qué rápido ha pasado de caer en desgracia a levantar el vuelo como un pájaro hacia la santidad. Hock Seng hace una mueca. Un ejemplo de cómo funciona la política.
El camisa blanca sigue su camino. Hock Seng vuelve a inspeccionar la calle. La gente empieza a salir, animada por el relativo frescor de la noche. Caminan envueltos en la penumbra cargada de humedad, haciendo recados, comprando alimentos, buscando su carro de som tam predilecto. Los uniformes blancos se tiñen de verde con el resplandor del metano legal. Las patrullas husmean como chacales en busca de animales heridos. Delante de los escaparates y los hogares se han erigido pequeños altares en honor a Jaidee. Su rostro aparece rodeado de velas titilantes y margaritas en señal de solidaridad, implorando su protección frente a la ira de los camisas blancas.