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– ¿Las condiciones son las mismas? ¿No vas a cambiar nada?

– Acceso al banco de semillas de Bangkok, y un hombre llamado Gibbons. Eso es todo.

– ¿Y qué ofreces a cambio?

– ¿Qué necesita Akkarat? ¿Dinero para los sobornos? ¿Oro? ¿Diamantes? ¿Jade? -Hace una pausa-. Tropas de asalto.

– Dios. Dices en serio lo de Birmania.

Anderson agita el vaso en dirección a la noche que se extiende tras los cristales.

– Mi tapadera aquí ha saltado por los aires. Puedo aceptarlo y seguir adelante o hacer la maleta y volver a Des Moines con el rabo entre las piernas. Seamos sinceros. AgriGen siempre ha jugado para ganar. Desde que Vincent Hu y Chitra D’Allessa fundaron la compañía. No nos asusta ensuciarnos las manos.

– Como en Finlandia.

Anderson sonríe.

– Espero que esta vez podamos sacar más provecho del esfuerzo invertido.

Carlyle hace una mueca.

– Dios. Vale. Prepararé la reunión. Pero será mejor que te acuerdes de mí cuando acabe todo esto.

– AgriGen siempre se acuerda de sus amigos.

Anderson acompaña a Carlyle a la puerta y la cierra tras él, pensativo. Resulta interesante ver cómo una crisis transforma a las personas. Carlyle, siempre tan fanfarrón y confiado, hostigado ahora tras descubrir que desentona como si estuviera pintado de azul. Que los camisas blancas podrían empezar a internar o ejecutar a los farang en cualquier momento, y que nadie derramaría una sola lágrima por ellos. De pronto, la confianza de Carlyle tiene tanto valor como una mascarilla desechable usada.

Anderson sale al balcón y contempla la oscuridad, las aguas a lo lejos, la isla de Koh Angrit y las fuerzas que tan pacientemente aguardan al acecho en los límites del reino.

Ya casi ha llegado el momento.

24

Kanya está sentada en medio del caos sembrado por las represalias de los camisas blancas, tomando café. En la otra punta de la tienda de fideos, un puñado de hombres taciturnos, en cuclillas, escuchan un combate de muay thai en una radio de manivela. Kanya, que monopoliza el banco reservado para los clientes, no les presta la menor atención. Nadie se atreve a sentarse a su lado.

Es posible que antes se hubieran arriesgado a acercarse, pero ahora los camisas blancas han enseñado los dientes y Kanya disfruta de su soledad. Sus hombres se han adelantado a ella, feroces como chacales, borrando la historia antigua y las alianzas indebidas, empezando de nuevo.

Regueros de sudor se deslizan por la barbilla del dueño, encorvado sobre humeantes tazones de fideos de pasta de arroz. Las gotitas de agua que le perlan el rostro rutilan azules con el fulgor del metano ilegal. Rehúye la mirada de Kanya, maldiciendo seguramente el día en que decidió comprar combustible en el mercado negro.

El diminuto crepitar de la radio y el griterío lejano del público del Lumphini compiten con el borboteo del wok donde se cuece la sopa de sen mi. Ninguno de los oyentes osa mirar en su dirección.

Kanya prueba un sorbo de café y esboza una sonrisa forzada. La violencia es algo que entienden. Desobedecían o se burlaban de un Ministerio de Medio Ambiente blando. Pero este ministerio, el de las porras contundentes y las armas de resorte listas para reducir un cuerpo a jirones, inspira una respuesta distinta.

¿Cuántos puestos ha arrasado ya por quemar combustible ilegal? ¿Cuántos exactamente iguales que este? ¿Cuántos propiedad de algún pequeño comerciante de café o fideos que no podía costearse el metano gravado y aprobado por el gobierno? Cientos, calcula. El metano es caro. Los sobornos salen más baratos. Y si el combustible del mercado negro carecía de los aditivos que dotan al metano legal de su característico tinte verdoso, en fin, era un riesgo que todos asumieron voluntariamente.

«Qué fácil era sobornarnos.»

Kanya saca un cigarrillo y lo enciende con la delatora llama azulada del wok. El hombre no se lo impide, hace como si no la viera; una mentira conveniente para ambos. Ella no es una camisa blanca sentada en su local, donde se quema combustible ilegal; él no es un tarjeta amarilla que podría ser arrojado a las torres para morir sofocado, rodeado de compatriotas.

Da una calada, pensativa. Aunque el dueño del establecimiento disimule su temor, ella sabe lo que se siente. Recuerda cuando los camisas blancas llegaron a su aldea. Llenaron de sal y sosa cáustica los estanques de peces de su tía, y sacrificaron sus aves de corral en piras funerarias.

«Tienes suerte, tarjeta amarilla. Cuando los camisas blancas vinieron a por nosotros, no se molestaron en conservar absolutamente nada. Llegaron armados de antorchas y lo incendiaron todo. Recibirás un trato más amable que nosotros.»

El recuerdo de aquellos rostros pálidos tiznados de hollín, de sus ojos diabólicos tras las máscaras de gas, aún le produce escalofríos. Aparecieron de noche. Sin previo aviso. Sus vecinos y sus primos huyeron de las antorchas desnudos, gritando. A sus espaldas, las casas elevadas sobre pilares estallaban en llamas, el bambú y las hojas de palma rugían anaranjados y vivos en la oscuridad. Los remolinos de cenizas que los envolvían les escaldaban la piel, todo el mundo tosía y tenía arcadas. Todavía conserva las cicatrices de aquella purga, cráteres lívidos allí donde las pavesas incandescentes dejaron una marca indeleble en sus brazos de niña flaca. Cómo odiaba a los camisas blancas. Sus primos y ella se acurrucaron formando una piña, contemplando sobrecogidos cómo el Ministerio de Medio Ambiente asolaba su aldea, y los odió con toda su alma.

Y ahora dirige su propia brigada, con la misma misión. Jaidee hubiera sabido apreciar la ironía.

A lo lejos, los gritos de pánico se elevan como columnas de humo negras y viscosas, como las cabañas incendiadas de los campesinos. Kanya sorbe por la nariz. En cierto sentido, siente nostalgia. El humo es el mismo. Da otra calada, exhala. Se pregunta si sus hombres no se habrán excedido. Un incendio en estos suburbios de WeatherAll podría ser problemático. Los aceites que impiden que se pudra la madera prenden fácilmente con el calor. Chupa otra vez el cigarrillo. Ahora no puede hacer nada al respecto. Quizá se trata tan solo de un oficial que está quemando chatarra recogida ilegalmente. Estira el brazo para coger el café y se fija en el moratón que adorna la mejilla del hombre que la sirve.

Si el Ministerio de Medio Ambiente tuviera algo que decir al respecto, todos estos refugiados tarjetas amarillas estarían ya al otro lado de la frontera. Problema de Malasia. Problema de otro estado soberano. En absoluto problema del reino. Pero Su Majestad la Reina Niña es más clemente y compasiva que Kanya.

Apaga el cigarrillo. El tabaco es de buena calidad, Gold Leaf, diseño local, el mejor del reino. Saca otro de la cajetilla envuelta en celofán de polímero de aceite de hierba aguja y lo enciende en la llama azul.

La expresión del tarjeta amarilla se mantiene educada cuando Kanya le indica que le sirva más café con azúcar. La radio crepita con los aplausos del estadio y los hombres agrupados a su alrededor vitorean a su vez, olvidándose por un momento de la camisa blanca con la que comparten el mismo techo.

Los pasos son casi inaudibles, acompasados para pasar desapercibidos, pero la expresión del tarjeta amarilla delata al recién llegado. Kanya no levanta la cabeza. Le indica que se una a ella al hombre que está de pie a su espalda.

– Mátame o siéntate -dice.

Una risita por lo bajo. El hombre se sienta.

Narong lleva puesta una holgada camisa negra de cuello alto y pantalones grises. Ropa decente. Podría pasar por un oficinista. Salvo por sus ojos: sus ojos están demasiado alerta. Y su lenguaje corporal es demasiado relajado. Lo envuelve un aura de confianza. Una arrogancia que encaja difícilmente con su atuendo. Algunas personas son demasiado poderosas como para adoptar una fachada de inferioridad. Fue eso lo que hizo que llamara la atención en los amarraderos. Kanya contiene su rabia y espera en silencio.