Выбрать главу

– ¿Te gusta la seda? -El hombre acaricia la camisa-. Es japonesa. Todavía tienen gusanos de seda.

Kanya se encoge de hombros.

– No me gusta nada de ti, Narong.

El hombre sonríe.

– Venga ya, Kanya. Mírate, ascendida a capitana y con la misma cara de asco de siempre.

Con un gesto, pide café al tarjeta amarilla. Ambos observan cómo el cálido líquido marrón se vierte en un vaso. El tarjeta amarilla coloca un cuenco de sopa delante de Kanya, trozos de pescado, limoncillo y pollo. Kanya empieza a coger fideos U-Tex con la cuchara.

Narong continúa sentado en silencio, sin impacientarse.

– Fuiste tú la que solicitó esta reunión -dice, transcurrido un momento.

– ¿Mataste a Chaya?

Narong endereza los hombros.

– Nunca has tenido el menor tacto. Después de todos estos años en la ciudad y de todo el dinero que hemos invertido en ti, sigues pareciendo una pescadora del Mekong.

Kanya lo observa con expresión glacial. Lo cierto es que Narong la asusta, pero se obliga a disimularlo. Tras ella, una nueva ovación resuena en la radio.

– Eres igual que Pracha. Asqueroso.

– No opinabas lo mismo cuando acudimos a ti, una chiquilla desamparada, y te invitamos a venir a Bangkok. No opinabas lo mismo cuando ayudamos a tu tía hasta el fin de sus días. No opinabas lo mismo cuando te ofrecimos la oportunidad de vengarte del general Pracha y los camisas blancas.

– Todo tiene un límite. Chaya no había hecho nada.

Narong la observa fijamente, inmóvil como una araña.

– Jaidee se extralimitó -responde al fin-. Tú misma se lo advertiste. Ten cuidado de no meterte tú también en la boca de la cobra.

Kanya empieza a decir algo, pero se muerde la lengua. Cuando vuelve a hablar, su voz suena controlada.

– ¿Me harías lo mismo que hiciste con Jaidee?

– Kanya, ¿cuánto hace que nos conocemos? -Narong sonríe-. ¿Cuánto hace que cuido de tu familia? Eres nuestra hija más querida. -Desliza un grueso sobre por encima de la mesa hacia ella-. Jamás te haría daño. No somos como Pracha. -Hace una pausa-. ¿Cómo está afectando la pérdida del Tigre al departamento?

– Mira a tu alrededor. -Kanya inclina la cabeza en dirección al sonido de los disturbios-. El general está furioso. Jaidee era como un hermano para él.

– He oído que pretende atacar a Comercio directamente. Quizá incluso reducir el ministerio a cenizas.

– Pues claro que quiere atacar a Comercio. Sin Comercio, nuestros problemas se reducirían a la mitad.

Narong encoge los hombros. El sobre aguarda entre ellos, intacto. Quizá sea el corazón de Jaidee lo que yace encima del mostrador. La recompensa de Kanya por tantos años consagrados a la venganza.

«Lo siento, Jaidee. Intenté avisarte.»

Kanya coge el sobre, saca el dinero y lo guarda en una bolsa que cuelga de su cinto mientras Narong observa todos sus movimientos. Incluso las sonrisas del hombre son afiladas. Lleva el pelo peinado hacia atrás, engominado. Pese a su inmovilidad absoluta, resulta sobrecogedor.

«Y esta es la clase de personas con las que te codeas», musita alguien dentro de la cabeza de Kanya.

La capitana da un respingo. Es como si acabara de escuchar la voz de Jaidee. Posee sus rasgos característicos, su humor y su implacabilidad. La insinuación de una sonrisa acompañada de una crítica. Jaidee nunca perdió el sentido del sanuk.

«No soy como tú», piensa Kanya.

De nueva la sonrisa y la risita. «Eso ya lo sabía.»

«¿Por qué no me mataste si lo sabías?»

La voz guarda silencio. El sonido del combate de muay thai continúa crepitando a sus espaldas. Charoen y Sakda. Un duelo interesante. Pero o bien Charoen ha mejorado radicalmente, o Sakda ha recibido dinero a cambio de dejarse ganar. Kanya va a perder su apuesta. El combate apesta a amañado. Puede que el Señor del Estiércol se haya interesado por el resultado. Kanya compone un gesto de irritación.

– ¿Mala pelea? -pregunta Narong.

– Siempre apuesto por la persona equivocada.

Narong se ríe.

– Por eso resulta útil tener información de primera mano. -Le entrega una hoja de papel.

Kanya pasea la mirada por los nombres de la lista.

– Estos son amigos de Pracha. Generales, algunos de ellos. Los protege igual que hizo la cobra con Buda.

Narong sonríe.

– Por eso se sorprenderán tanto cuando se vuelva contra ellos. Atácales. Que sufran. Que se den cuenta de que el Ministerio de Medio Ambiente no tolera las intromisiones. Que el ministerio trata todas las infracciones del mismo modo. Se acabaron los favoritismos. Se acabaron los amiguismos y los acuerdos beneficiosos. Que aprendan que el nuevo Ministerio de Medio Ambiente es inflexible.

– ¿Quieres sembrar la discordia entre Pracha y sus aliados? ¿Que se enfaden con él?

Narong encoge los hombros. Guarda silencio. Kanya termina los fideos. Al ver que no va a recibir más instrucciones, se levanta.

– Tengo que irme. No puedo dejar que mis hombres me vean contigo.

Narong asiente con la cabeza, despidiéndola. Kanya sale de la cafetería con paso airado, seguida de renovados gemidos de decepción procedentes de los radioyentes cuando Sakda se rinde ante la recién encontrada ferocidad de Charoen.

En la esquina, bajo el resplandor verde del metano, Kanya se alisa el uniforme. Tiene una mancha en la chaqueta, recuerdo de la destrucción que ha sembrado esta noche. Frunce el ceño, contrariada. La frota con la mano. Vuelve a abrir la lista que le ha dado Narong y memoriza los nombres.

Estos hombres y mujeres son los amigos más íntimos del general Pracha. Y ahora van a recibir un correctivo tan severo como si fueran simples tarjetas amarillas encerrados en sus torres. Un correctivo tan severo como el que el general Pracha aplicó una vez a una pequeña aldea del nordeste, dejando a su paso familias sin nada que llevarse a la boca y hogares incendiados.

Será difícil. Pero, por una vez, justo.

Kanya hace una pelota con la hoja de papel. «Así funciona nuestro mundo. Ojo por ojo hasta que hayamos muerto todos y los cheshires calmen la sed en charcos formados con nuestra sangre», piensa.

Se pregunta si realmente sería mejor en el pasado, si realmente existió alguna vez una edad de oro impulsada por el petróleo y la tecnología. Una época en que la solución a cualquier problema no generaba otro. Le dan ganas de maldecir a los farang pioneros. Fabricantes de calorías que prometían acabar con el hambre en el mundo gracias a sus laboratorios de investigación y sus variedades de cultivos, escrupulosamente rediseñadas. Gracias a sus animales modificados, capaces de trabajar con mayor eficiencia a cambio de menos calorías. Agentes de AgriGen y PurCal que aseguraban conformarse con alimentar al mundo, con exportar sus semillas patentadas, y que luego siempre encontraban alguna excusa para posponerlo.

«Ay, Jaidee. Lo siento. No sabes cuánto lo siento. Todo lo que te he hecho a ti y a los tuyos. No quería hacerte daño. Si hubiera sabido cuál era el precio de contrarrestar la codicia de Pracha, jamás habría venido a Krung Thep», piensa.

En vez de ir en busca de sus hombres, se encamina hacia un templo. Es pequeño, un altar callejero más que otra cosa, atendido tan solo por un puñado de monjes. Hay un muchacho arrodillado con su abuela ante la resplandeciente imagen de Buda, pero por lo demás, el lugar está vacío. Kanya le compra incienso al vendedor que hay en la puerta y entra. Enciende el incienso y se arrodilla, se lleva las varitas a la frente y las eleva tres veces, una por cada una de las Tres Joyas: buddha, damma, sanga. Empieza a rezar.

¿Cuántos pecados ha cometido? ¿Por cuánto mal kamma debe rendir cuentas? ¿Qué era más importante, honrar a Akkarat y su prometido ajuste de cuentas, u honrar a su padre adoptivo, Jaidee?