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Kanya desciende a las profundidades, como si estuviera bajando al infierno. Piensa en los fantasmas hambrientos que pueblan estas tétricas instalaciones. Los espíritus de los muertos que se sacrificaron para contener a los demonios del mundo. Un escalofrío recorre toda su piel.

Abajo.

Abajo.

Se abren las puertas del ascensor. Un pasillo blanco y una compuerta. Se desnuda. Recibe una ducha cargada de cloro. Cruza al otro lado.

Un muchacho le ofrece ropa de laboratorio y vuelve a confirmar su identidad en una lista. Le informa que no necesitará medidas de contención auxiliares y conduce a Kanya por más pasillos.

Los científicos que trabajan aquí lucen la expresión angustiada de quienes se saben asediados. Saben que detrás de unas pocas puertas acechan toda clase de horrores apocalípticos dispuestos a devorarlos. Cuando Kanya se para a pensarlo, se le revuelve el estómago. Esa era la fortaleza de Jaidee. Tenía fe en sus vidas pasadas y en las futuras. ¿Pero Kanya? Renacerá para morir de cibiscosis mil veces antes de que se le permita avanzar. Kamma.

«Tendrías que haberlo pensado antes de venderme a ellos», dice Jaidee.

El sonido de su voz hace que Kanya se tambalee. Jaidee la sigue a escasos pasos de distancia. Kanya apoya la espalda en una pared, sin aliento. Jaidee ladea la cabeza, estudiándola. Kanya no puede respirar. ¿La estrangulará aquí mismo para hacerle pagar su traición?

Su guía se detiene.

– ¿Estás mareada? -pregunta.

Jaidee se ha esfumado.

El corazón de Kanya late desbocado. Está sudando. Si quisiera adentrarse en la zona de contención, tendría que pedir que la pusieran en cuarentena, implorar que no le permitieran salir, aceptar que alguna bacteria o algún virus habían escapado y que iba a morir.

– Me… -Jadea, recordando la sangre de la escalinata del edificio de administración del general Pracha. El cuerpo descuartizado de Jaidee, un envoltorio cruelmente meticuloso. Una muerte fragmentada.

– ¿Quieres que te vea un médico?

Kanya se esfuerza por controlar la respiración. Jaidee la persigue. Su phii está siguiéndola. Intenta dominar el miedo.

– Estoy bien. -Asiente con la cabeza hacia su guía-. Vamos. Terminemos cuanto antes.

Instantes después, el guía indica una puerta y, por señas, sugiere que Kanya la cruce sola. Cuando la capitana abre la puerta, Ratana levanta la cabeza de sus archivos. Sonríe ligeramente a la luz del monitor.

Todos los ordenadores de aquí abajo están dotados de unas pantallas enormes. Algunos de ellos son modelos que dejaron de existir hace cincuenta años y consumen más energía que cinco de los nuevos, pero hacen su trabajo y a cambio reciben un mantenimiento exhaustivo. Así y todo, la cantidad de energía que circula por sus entrañas hace que a Kanya le tiemblen las rodillas. Casi puede ver el océano elevándose en respuesta. Estar junto a algo así es sobrecogedor.

– Gracias por venir -dice Ratana.

– No podía negarme.

Nadie menciona citas pasadas. Nadie menciona su malograda historia en común. Que Kanya no podía jugar a tom y dee con alguien a quien inevitablemente iba a terminar traicionando. Sería demasiado hipócrita, hasta para ella. Pero eso no impide que Ratana siga siendo preciosa. Kanya recuerda las risas compartidas con ella mientras cruzaban el Chao Phraya en esquife, contemplando los brillantes barcos de papel que flotaban a su alrededor durante el Loi Kratong. Recuerda el tacto de Ratana acurrucada contra ella mientras las olas salpicaban iluminadas por miles de velas, los deseos y las plegarias de toda la ciudad convertidos en un manto sobre las aguas.

Ratana le indica que se acerque. Le enseña las fotos abiertas en su pantalla. Repara en los galones de capitán que adornan el cuello blanco de Kanya.

– Lamento lo de Jaidee -dice-. Era… bueno.

Kanya arruga la frente, intentando sacudirse el recuerdo del phii del pasillo.

– Era más que eso. -Inspecciona los cuerpos que resplandecen ante ella-. ¿Qué estoy mirando?

– Dos hombres. En dos hospitales distintos.

– ¿Sí?

– Tenían algo. Algo preocupante. Al parecer se trata de una variedad de la roya.

– ¿Sí? ¿Y? Comieron algo contaminado. Murieron. ¿Y?

Ratana sacude la cabeza.

– Estaba dentro de ellos. Propagándose. Nunca lo había visto alojarse en un mamífero.

Kanya echa un vistazo a los informes médicos.

– ¿Quiénes son?

– No lo sabemos.

– ¿No les visitó ningún familiar? ¿Nadie les vio llegar? ¿No han dicho nada?

– Uno deliraba cuando lo ingresaron. El otro ya estaba en un coma profundo inducido por la roya.

– ¿Seguro que no comieron sencillamente fruta contaminada?

Ratana se encoge de hombros. La vida bajo tierra ha vuelto su piel tersa y pálida. No como Kanya, cuya piel se ha tostado como la de una campesina patrullando bajo un sol de justicia. Y sin embargo Kanya elegiría siempre trabajar en la superficie, no aquí abajo, en la oscuridad. Ratana es la más valiente de las dos. A Kanya no le cabe la menor duda. Se pregunta qué demonios personales habrán llevado a Ratana a trabajar en este lugar infernal. Cuando estaban juntas, Ratana no hablaba nunca de su pasado. De sus pérdidas. Pero están ahí. Tienen que estar, como rocas bajo las olas y la espuma de la costa. Siempre hay rocas.

– No, claro que no estoy segura. No al ciento por ciento.

– ¿Y al cincuenta por ciento?

Ratana vuelve a encoger los hombros, incómoda, y consulta otra vez sus papeles.

– Sabes que no puedo hacer afirmaciones tan tajantes. Pero el virus es distinto, las proteínas alteradas de las muestras son variaciones. La descomposición del tejido no coincide con el modus operandi habitual de la roya. Los ensayos apuntan a tipos de roya que ya hemos visto antes. Variedades de AgriGen y TotalNutrient, AG134.s y TN249.x.d. Ambas ofrecen grandes similitudes. -Hace una pausa.

– ¿Sí?

– Pero estaba en los pulmones.

– Cibiscosis, entonces.

– No. Era roya. -Ratana mira a Kanya-. ¿Ves el problema?

– ¿Y no sabemos nada de su historial, si han viajado recientemente? ¿Han estado en el extranjero, tal vez? ¿A bordo de algún clíper? ¿Han visitado Birmania, o el sur de China? ¿Proceden de aldeas distintas, quizá?

Ratana se encoge de hombros.

– Desconocemos el historial de los dos. La enfermedad es lo único que tienen en común. Antes contábamos con una base de datos demográfica con informes de ADN, historiales familiares, datos laborales y geográficos, pero la anularon a fin de dedicar más capacidad de procesamiento a la investigación preventiva. -Encoge los hombros-. En cualquier caso, eran tan pocas las personas que se tomaban la molestia de apuntarse que no tenía sentido.

– Así que no tenemos nada. ¿Más casos?

– No.

– De momento, querrás decir.

– Eso escapa a mi competencia. Si nos dimos cuenta fue solo gracias a la campaña de castigo. Los hospitales están denunciándolo todo, mucho más de lo que es normal en ellos, para demostrar que están de nuestro lado. Fue casualidad que dieran la voz de alarma, como lo fue también que yo me fijara con la cantidad de informes que estamos recibiendo. Necesitamos la ayuda de Gi Bu Sen.

A Kanya se le pone la piel de gallina.

– Jaidee está muerto. Gi Bu Sen no querrá ayudarnos ahora.

– A veces demuestra interés en algo más aparte de sus propias investigaciones. En este caso, es posible. -Cuando mira a Kanya, un destello de esperanza le ilumina los ojos-. Acompañaste a Jaidee alguna vez. Le viste convencer al hombre. Quizá también tú consigas despertar su interés.

– Lo dudo.

– Mira esto. -Ratana revuelve los partes médicos-. Tiene todas las características de un virus de diseño. Las mutaciones del ADN no tienen pinta de haberse producido espontáneamente. La roya no tiene ningún motivo para saltar la barrera del reino animal. No hay ningún incentivo, la transferencia no es fácil. Las diferencias son notables. Es como si estuviéramos vislumbrando su futuro. Lo que será después de haber renacido diez mil veces. Es un auténtico enigma. Y muy preocupante.