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– Si tienes razón, todos podemos darnos por muertos. Habrá que informar al general Pracha. Y al palacio.

– Con discreción -le ruega Ratana. Con expresión angustiada, estira un brazo y agarra la manga de Kanya-. Podría equivocarme.

– No lo creo.

– No estoy segura de que pueda saltar, ni en qué circunstancias. Quiero que vayas a ver a Gi Bu Sen. Él lo sabrá.

Kanya hace una mueca.

– De acuerdo. Lo intentaré. Mientras tanto, avisa a los hospitales y a las clínicas callejeras para que presten atención a los síntomas. Escribe una lista. Con todo el mundo tan preocupado por la campaña de castigo, ni siquiera les extrañará que les pidamos más información. Pensarán que solo estamos intentando que no se confíen. Al menos así averiguaremos algo.

– Se producirán disturbios si tengo razón.

– Se producirán cosas peores. -Kanya se dirige a la puerta, sintiéndose mareada-. Cuando hayas terminado con los ensayos y la información esté lista para que la examine, me reuniré con tu demonio. -Pone cara de asco-. Tendrás la confirmación que necesitas.

– ¿Kanya?

La capitana se gira.

– Lamento de veras lo de Jaidee -dice Ratana-. Sé que estabais muy unidos.

Kanya hace una mueca.

– Era un tigre. -Abre la puerta y deja a Ratana sola en su cubil infernal. Un edificio entero dedicado a la supervivencia del reino, kilovatios de energía consumidos de día y de noche, y todo ello sin una sola utilidad real.

25

Anderson-sama aparece sin previo aviso, se sienta a su lado en un taburete frente a la barra, pide agua con hielo para ella y whisky para él. No sonríe, apenas si le presta la menor atención, pero aun así Emiko siente una oleada de gratitud.

Lleva los últimos días escondida en el bar, aguardando el momento en que los camisas blancas decidan fundirla. Subsiste a base de sufrimiento y sobornos astronómicos, y ahora, cuando Raleigh la mira, sabe que es poco probable que la deje en libertad. Ya ha invertido demasiado en ella como para permitir que se vaya.

Pero entonces aparece Anderson-sama, y por un momento se siente a salvo; es como si volviera a estar en los brazos de Gendosama. Sabe que esto es fruto de su adiestramiento y, sin embargo, no puede evitarlo. Sonríe cuando lo ve sentado junto a ella, bajo la luz fosforescente de las luciérnagas, acentuado el exotismo de sus rasgos de gaijin en medio del mar de thais y de los pocos japoneses que saben de su existencia.

Como corresponde, no da muestras de reconocerla, sino que se pone en pie y se acerca a Raleigh, y Emiko sabe que en cuanto termine su actuación, dormirá a salvo esta noche. Por primera vez desde que empezaron las acciones de castigo, no deberá tener miedo de los camisas blancas.

Se sorprende cuando Raleigh se dirige a ella inmediatamente.

– Por lo visto estás haciendo algo bien. El farang quiere pagar para sacarte antes de tiempo.

– ¿No actúo esta noche?

Raleigh se encoge de hombros.

– Ha pagado.

Emiko siente una oleada de alivio. Se apresura a cambiarse y baja las escaleras corriendo. Raleigh lo ha organizado para que los camisas blancas solo efectúen redadas a horas determinadas, por lo que Emiko tiene la tranquilidad de poder hacer lo que le plazca dentro de los confines de Ploenchit. A pesar de todo, es precavida. Se produjeron tres redadas al principio, antes de que se fijaran los nuevos horarios. Varios propietarios terminaron escupiendo sangre antes de que se acordara una nueva tregua. Pero no Raleigh. Es como si Raleigh poseyera un conocimiento sobrenatural de los entresijos de las fuerzas del orden y la burocracia.

Fuera de Ploenchit, Anderson la espera en su rickshaw, oliendo a whisky y a tabaco, ásperas las mejillas con la barba incipiente del final de la jornada. Emiko se reclina contra él.

– Esperaba que vinieras.

– Siento haber tardado tanto. Las cosas se han puesto difíciles para mí.

– Te echaba de menos. -A Emiko le sorprende descubrir que es verdad.

Se ponen en marcha entre el tráfico nocturno, sorteando pesados megodontes y cheshires parpadeantes, dejando atrás velas encendidas y familias dormidas. Se cruzan con una patrulla de camisas blancas, pero los agentes están demasiado ocupados inspeccionando un puesto de hortalizas. La iluminación verde de las farolas de gas titila sobre sus cabezas.

– ¿Estás bien? -Anderson hace un gesto en dirección a los camisas blancas-. ¿El ministerio está haciendo muchas redadas?

– Al principio era horrible. Pero ahora es mejor.

Cundió el pánico durante las primeras redadas, cuando las escaleras se inundaron de camisas blancas que sacaban a rastras a las mama-sans, cortaban los suministros de metano piratas y esgrimían sus porras. Los ladyboys chillaban, los dueños de los locales corrían a buscar más dinero en efectivo y se desplomaban apaleados si no lograban comprar su libertad a base de sobornos. Emiko se había acurrucado entre las demás chicas, quieta como una estatua mientras los camisas blancas registraban el bar, señalando problemas, amenazando con molerlas a palos a todas y dejarlas inútiles para seguir trabajando. No había en ellos ni un atisbo de buen humor, tan solo rabia por la pérdida de su Tigre, el impulso de darle una lección a todo aquel que alguna vez se hubiera burlado de las reglas de los camisas blancas.

Terror. A punto de orinarse encima mientras intentaba mimetizarse con las demás chicas, segura de que Kannika iba a empujarla de un momento a otro, delatándola, de que elegiría este preciso momento para buscarle la ruina.

Raleigh, dirigiéndose a todos ellos con estudiadas reverencias, una farsa para algunos de los destinatarios habituales de sus sobornos, algunos de los cuales incluso estaban mirándola directamente (Suttipong, Addilek y Thanachai), todos ellos plenamente conscientes de su existencia y de su papel en el local, pues incluso habían llegado al extremo de catarla, y todos ellos devorándola con la mirada, intentando decidir si deberían «descubrirla». Todo el mundo representaba su papel, y Emiko esperaba que Kannika interrumpiera la farsa, que les obligara a todos a contemplar a la chica mecánica que había sido una fuente de sobornos tan lucrativa.

El recuerdo hace que Emiko se estremezca.

– Ahora es mejor -repite.

Anderson-sama asiente con la cabeza.

El rickshaw se detiene enfrente de su edificio. Es el primero en apearse, comprueba que no haya camisas blancas en los alrededores y la conduce al interior. La pareja de guardias de seguridad pasa escrupulosamente por alto la presencia de Emiko. Cuando se vaya, les dará una propina para garantizar que su amnesia sea completa. Aunque les repugne, le seguirán el juego mientras sea respetuosa, y mientras pague. Con los camisas blancas en pie de guerra, tendrá que darles más dinero. Pero eso se puede arreglar.

Anderson-sama y ella suben al ascensor, y la encargada calcula el peso estimado, meticulosamente inexpresiva.

Una vez a salvo dentro del piso, se funden en un abrazo. Emiko se sorprende al descubrir la felicidad que siente cuando Anderson-sama la adora, cuando recorre todo su cuerpo con las manos, cuando suspira por tocarla. Se le había olvidado lo que es parecer casi humana, ser casi respetada. En Japón, nadie tenía tantos reparos en mirarla. Pero aquí, todos los días se siente como si fuera un animal.

Es un alivio sentirse amada, siquiera físicamente.

Las manos de Anderson-sama se deslizan por sus pechos, por su estómago, entre sus muslos, buscando enterrarse en ella. A Emiko le alivia que resulte tan fácil entregarse al placer. Presiona contra él, sus bocas se encuentran, y por un momento olvida por completo que la gente la llame chica mecánica y heechy-keechy. Por un momento se siente completamente humana, y se rinde al contacto. A la piel de Anderson-sama. A la seguridad del placer y el deber.