Выбрать главу

Pero una vez consumada su unión, la depresión sigue allí.

Anderson-sama le trae agua fría, solícito, para recompensarla por el desgaste físico. Se tumba a su lado, desnudo, con cuidado de no tocarla, de no añadir más calor al ya acumulado en su cuerpo.

– ¿Qué ocurre? -pregunta.

Emiko se encoge de hombros, intenta convertirse en un neoser sonriente.

– No es nada. Nada que se pueda arreglar. -Poner voz a sus necesidades es poco menos que imposible. Va en contra de su misma naturaleza. Mizumi-sensei la azotaría por ello.

Anderson-sama la observa con unos ojos sorprendentemente llenos de ternura para tratarse de alguien con el cuerpo surcado de cicatrices. Emiko puede catalogarlas. Cada una de ellas sugiere un misterio de violencia en su piel blanca. Quizá los hoyuelos de su pecho provinieran de los disparos de una pistola de resortes. Quizá la cicatriz de su hombro proviniera de un machete. Las de su espalda parecen marcas de latigazos, casi sin duda. La única que le plantea alguna duda es la del cuello, de su fábrica.

Anderson-sama alarga la mano para acariciarla con ternura.

– ¿Qué tienes?

Emiko se aparta de él rodando. La vergüenza que siente casi no le deja ni hablar.

– Los camisas blancas… jamás permitirán que salga de la ciudad. Y ahora Raleigh-san ha pagado más sobornos para mantenerme. Creo que no quiere liberarme.

Anderson-sama no responde. Emiko puede oír su respiración, suave y acompasada, pero nada más. La vergüenza es abrumadora.

«Estúpida chica mecánica codiciosa. Deberías dar gracias por todo lo que está dispuesto a proporcionarte.»

El silencio se prolonga.

– ¿Seguro que no se podría convencer a Raleigh? -pregunta Anderson al cabo-. Es un hombre de negocios.

Emiko escucha el sonido de la respiración del gaijin. ¿Está ofreciéndose a comprar su libertad? Si fuera japonés, podría tratarse de una oferta sutilmente velada. Pero con Anderson-sama es difícil saberlo.

– Eso es cierto. A Raleigh-san le gusta el dinero. Pero creo que también le gusta verme sufrir.

Se queda esperando, esforzándose por leer los pensamientos de Anderson-sama. Este no solicita más información. Deja su indirecta flotando en el aire. Pero Emiko puede sentir su cuerpo pegado al de ella, el calor de su piel. ¿Todavía está escuchando? Si fuera un ser civilizado, se tomaría esta falta de respuesta como un revés. Pero los gaijin no son tan sutiles.

Emiko se arma de valor. Insiste, enferma de humillación por el esfuerzo de contravenir su adiestramiento y sus imperativos genéticos. Pugnando por no temblar como un perro apaleado, lo intenta de nuevo.

– Ahora vivo en el bar. Raleigh-san paga los sobornos para mantener alejados a los camisas blancas, tres veces más que antes, algunos para los otros bares y algunos para los camisas blancas, para que yo pueda quedarme allí. No sé hasta cuándo resistiré así. Creo que mi nicho empieza a encogerse.

– Podrías… -Anderson-sama se interrumpe, titubeante-. Podrías quedarte aquí.

A Emiko le da un vuelco el corazón.

– Creo que Raleigh-san me seguiría.

– Hay formas de encargarse de las personas como Raleigh.

– ¿Puedes liberarme de él?

– Dudo que disponga del capital necesario para comprarte. -Emiko siente un nudo en la garganta mientras Anderson-sama continúa-: Con la tensión que hay ahora, no puedo provocarle raptándote. Podría echarme encima a los camisas blancas. Sería demasiado arriesgado. Pero creo que podría arreglarlo para que durmieras aquí, por lo menos. Es posible que Raleigh agradeciera incluso quitarse ese peso de encima.

– ¿Pero eso no te causaría problemas? A los camisas blancas tampoco les gustan los farang. Tu situación es muy precaria. -«Ayúdame a escapar de este lugar. Ayúdame a buscar los poblados de los neoseres. Ayúdame, por favor»-. Si pagara las deudas de Raleigh-san… podría ir al norte.

Anderson-sama tira suavemente de su hombro. Emiko se deja atraer hacia él.

– Apuntas demasiado bajo. -Desliza una mano por su estómago. Distraído. Pensativo-. Dentro de poco van a cambiar muchas cosas. Quizá también para los neoseres. -Le dedica una sonrisita enigmática-. Los camisas blancas y sus reglas no durarán eternamente.

Emiko le implora por su supervivencia, y él habla de fantasías.

Intenta disimular su desilusión. «Deberías darte por satisfecha, chiquilla codiciosa. Dar gracias por lo que tienes Pero no puede evitar que sus palabras rezumen amargura:

– Soy una chica mecánica. No va a cambiar nada. Me despreciarán siempre.

Anderson-sama se ríe, la abraza con fuerza.

– No estés tan segura. -Le roza la oreja con los labios, susurrando. Conspirador-. Si le rezas a ese dios cheshire bakeneko tuyo, es posible que pueda ofrecerte algo mejor que una aldea en la selva. Con un poco de suerte, podrías terminar con una ciudad entera.

Emiko se aparta y le dirige una mirada cargada de tristeza.

– Entiendo que no puedas cambiar mi suerte. Pero no deberías burlarte de mí.

Anderson-sama se limita a reírse de nuevo.

26

Hock Seng está agazapado en un callejón justo enfrente del polígono industrial farang. Es de noche, pero hay camisas blancas por todas partes. Adondequiera que va, se encuentra con cordones de uniformes. En los muelles, los clíperes, esperan en una zona aparte a que alguien les dé permiso para vaciar sus bodegas. En el distrito industrial hay agentes del ministerio en todas las esquinas, denegando el acceso a obreros, directores y comerciantes por igual. Solo pueden entrar y salir unos pocos privilegiados, aquellos dotados de permisos de residencia. Nativos.

Con una tarjeta amarilla por todo documento de identidad, Hock Seng ha tardado toda la tarde en cruzar la ciudad, evitando los controles. Echa de menos a Mai. Los ojos y los oídos de la pequeña le dan seguridad. Ahora debe ocultarse rodeado de cheshires y efluvios de orines, viendo cómo los camisas blancas comprueban la identidad de otro hombre y maldiciendo la distancia que lo separa de la fábrica de SpringLife. Debería haberle echado valor. Tendría que haber reventado la caja cuando tuvo ocasión. Debería haberlo arriesgado todo. Y ahora es demasiado tarde. Ahora, los camisas blancas controlan cada palmo de la ciudad, y los tarjetas amarillas son su presa favorita. Les gusta probar las porras en sus cabezas para darles una lección. Si el Señor del Estiércol no tuviera tanta influencia, Hock Seng está seguro de que los habitantes de las torres ya habrían sido masacrados. El Ministerio de Medio Ambiente ve en los tarjetas amarillas a otra especie invasora, otra plaga que debe ser contenida. Si se les concediera la oportunidad, los camisas blancas matarían hasta al último chino tarjeta amarilla y después se disculparían con un khrab ante la Reina Niña por su exceso de celo. Pero solo después.

Una joven enseña su pase y cruza el cordón. Se pierde de vista calle abajo, adentrándose en el polígono industrial. Todo está tan tentadoramente cerca, y sin embargo tan imposiblemente lejos…

Si lo piensa fríamente, es probable que lo mejor sea que la fábrica esté cerrada. Sería lo más seguro para todos. Si no dependiera tanto del contenido de la caja fuerte, denunciaría las infecciones de la línea y se olvidaría de este tamade asunto de una vez por todas. No obstante, en medio de toda esa enfermedad, envueltos en el miasma de los baños de algas, los planos y los manuales de instrucciones continúan llamándolo.

A Hock Seng le dan ganas de arrancarse hasta el último pelo de la cabeza, tanta es su frustración.