Выбрать главу

Esta balsa se hunde.

27

Carlyle ya está esperándole en el rickshaw, frenético, cuando Anderson sale del edificio. La mirada del hombre salta de izquierda a derecha, catalogando la oscuridad que le rodea en un arco atemorizado. Lo envuelve el aire de temblorosa precaución de una liebre asustada.

– Pareces nervioso -observa Anderson mientras monta.

Carlyle hace una mueca de disgusto.

– Los camisas blancas acaban de ocupar el Victoria. Lo han confiscado todo.

Anderson mira de reojo en dirección a su apartamento, alegrándose de que el bueno de Yates decidiera instalarse lejos de los demás farang.

– ¿Has perdido mucho?

– El dinero en efectivo que tenía en la caja fuerte. Algunos listados de clientes que no quería guardar en el despacho. -Carlyle le pide al conductor del rickshaw que se ponga en marcha, dándole instrucciones en tailandés-. Será mejor que tengas algo que ofrecer a esta gente.

– Akkarat ya sabe lo que puedo ofrecerle.

Empiezan a circular a través de la noche cargada de humedad. Una manada de cheshires se desbanda. Carlyle mira furtivamente detrás de ellos, comprobando que no los siga nadie.

– Aunque nadie vaya detrás de los farang oficialmente, ya sabes que somos los próximos en la lista. No sé hasta cuándo podremos quedarnos en el país.

– Míralo por el lado positivo. Si van detrás de los farang, Akkarat será el siguiente.

Ruedan por la ciudad en penumbra. Un puesto de control se materializa ante ellos. Carlyle se seca la frente. Está sudando como un cerdo. Los camisas blancas hacen señas al rickshaw y este aminora.

Anderson siente un cosquilleo de tensión.

– ¿Seguro que esto va a funcionar?

Carlyle vuelve a enjugarse la frente.

– Pronto lo averiguaremos.

El rickshaw se detiene y los camisas blancas les rodean. Carlyle pronuncia unas frases rápidas. Presenta una hoja de papel. Los camisas blancas debaten un momento, y a continuación obsequian a los farang con una serie de wais y les indican que sigan su camino.

– Que me aspen.

Carlyle se ríe. El alivio que siente es palpable en su voz.

– Los sellos adecuados en un trozo de papel obran maravillas.

– Me sorprende que Akkarat todavía tenga influencia.

Carlyle sacude la cabeza.

– Akkarat no podría hacer algo así.

Los edificios dan paso a casuchas cuando se acercan al rompeolas. El rickshaw sortea cascotes de cemento desprendidos de las alturas de un antiguo hotel de la Expansión. Anderson tiene la impresión de que debió de ser una belleza en su día. La luna siluetea las terrazas escalonadas que se elevan sobre sus cabezas. Pero ahora está rodeado de chabolas, y los últimos restos de sus ventanas de cristal centellean como dientes rotos. El rickshaw frena hasta detenerse al pie del terraplén del rompeolas. La pareja de nagas guardianes que flanquea la escalera que conduce a lo alto del malecón los observa mientras Carlyle paga al conductor del rickshaw.

– Vamos. -Carlyle guía a Anderson escalones arriba, acariciando las escamas de los nagas con una mano. Desde lo alto del dique disfrutan de una vista perfecta de toda la ciudad. El Palacio Real resplandece a lo lejos. Sus altos muros ocultan los patios interiores que albergan a la Reina Niña y a su séquito, pero sus chedi con agujas de oro se elevan por encima, rutilando delicadamente a la luz de la luna. Carlyle tira de la manga de Anderson-. No te embobes.

Anderson titubea mientras inspecciona las tinieblas de la orilla a sus pies.

– ¿Dónde están los camisas blancas? Deberían vigilar este lugar con mil ojos.

– No te preocupes. Aquí no tienen ninguna autoridad. -Se ríe de algo que solo él entiende y se agacha para pasar por debajo del saisin que se extiende a lo largo del dique-. En marcha. -Empieza a bajar por la pedregosa cara del terraplén, zigzagueando en dirección a la espuma de las olas. Anderson vacila, escudriñando aún la zona, antes de seguirlo.

Cuando llegan a la orilla, un esquife de muelles percutores surge de las sombras y se dirige raudo hacia ellos. Anderson está a punto de echar a correr, pensando que se trata de una patrullera de los camisas blancas.

– Son de los nuestros -susurra Carlyle.

Se adentran en los bajíos y suben a bordo. La lancha pivota bruscamente y se alejan de la orilla a gran velocidad. La luna se refleja en las olas, tejiendo un manto de plata. Lo único que se escucha en la embarcación es el batir de las olas contra el casco y el chasquido de los muelles percutores al desenroscarse. Ante ellos se cierne una barcaza, oscura salvo por unos cuantos pilotos de posición.

Su esquife se pega al costado. Instantes después, una escala de cuerda se descuelga por el mismo lado y ascienden en la oscuridad. Los tripulantes los reciben con wais respetuosos cuando suben a bordo. Carlyle le indica a Anderson que guarde silencio mientras los conducen abajo. Al final del pasillo, unos guardias flanquean una puerta. Llaman al otro lado, anunciando la llegada de los farang, y la puerta se abre, revelando un grupo de personas sentadas a una gran mesa de comedor, todas ellas riendo y bebiendo.

Uno de los presentes es Akkarat. Anderson reconoce en otro a un almirante que acosa a los barcos de calorías que llegan a Koh Angrit. Le parece que otro es tal vez un general del sur. En un rincón, un tipo alto y delgado vestido con un uniforme militar negro monta guardia, atento a todo. Otro…

Anderson se queda sin respiración.

– Muestra un poco de respeto -susurra Carlyle. Él ya se ha puesto de rodillas y está haciendo un khrab. Anderson se apresura a imitarlo sin perder tiempo.

El somdet chaopraya aguarda hierático mientras le rinden pleitesía.

Akkarat se carcajea al verles hacer tantas reverencias y genuflexiones. Rodea la mesa y les ayuda a ponerse en pie.

– Venid. Uníos a nosotros. Aquí todos somos amigos.

– Desde luego. -El somdet chaopraya sonríe y levanta una copa-. Venid y bebed.

Anderson realiza un último wai, doblando la columna hasta el límite de su elasticidad. Hock Seng asegura que el somdet chaopraya ha matado a más personas que pollos el Ministerio de Medio Ambiente. Antes de que lo nombraran protector de la Reina Niña era general, y sus campañas en el este han inspirado cruentas leyendas. De no ser por el accidente de su origen plebeyo, se especula que podría pensar incluso en suplantar a la realeza. En vez de eso, su sombra se cierne sobre el trono, y todos prodigan khrabs ante él.

El corazón de Anderson martillea en su pecho. Con el respaldo del somdet chaopraya a un cambio de gobierno, todo es posible. Tras años de investigación y el fiasco de Finlandia, por fin hay un banco de semillas cerca. Y con él, la respuesta a las solanáceas, los ngaw y otros mil enigmas genéticos. Este hombre de mirada cruel que brinda con él con una sonrisa cordial o voraz, según cómo se mire, es la clave de todo.

Un criado ofrece vino a Anderson y a Carlyle. Se reúnen con el resto de los invitados sentados alrededor de la mesa.

– Estábamos hablando de la guerra del carbón -les informa Akkarat-. Los vietnamitas han renunciado a Phnom Penh por ahora.

– Buena noticia.

La conversación continúa, pero Anderson presta atención solo a medias. Prefiere observar furtivamente al somdet chaopraya. La última vez que lo vio fue frente al templo en honor a Phra Seub del Ministerio de Medio Ambiente, cuando los dos contemplaban boquiabiertos a la chica mecánica de la delegación japonesa. En persona, el tipo parece mucho mayor que en las imágenes que adornan la ciudad y lo describen como el leal defensor de la Reina Niña. El alcohol ha poblado su rostro de manchas, y en sus ojos hundidos se atisba la depravación que le atribuyen los rumores. Hock Seng asegura que su brutal reputación en el campo de batalla le acompaña también en su vida privada, y aunque los thais hagan khrabs ante su efigie, no goza del cariño que suscita la Reina Niña. Y ahora, cuando el somdet chaopraya levanta la cabeza y cruza la mirada con Anderson, este cree conocer el motivo.