Ha visto antes a ejecutivos de calorías como este. Personas ebrias de poder e influencia, capaces de doblegar a naciones enteras con la amenaza de un embargo de SoyPRO. Es un sádico implacable. Anderson se pregunta si la Reina Niña será capaz de desarrollar todo su potencial con este hombre tan cerca. Parece poco probable.
La conversación en torno a la mesa continúa evitando escrupulosamente el motivo de su cita nocturna. Hablan de las cosechas del norte, y discuten el problema del Mekong ahora que los chinos han construido más diques en sus fuentes. Comentan los nuevos diseños de los clíperes que Mishimoto está a punto de empezar a producir.
– ¡Cuarenta nudos con el viento a favor! -Carlyle da un puñetazo en la mesa, exultante-. Equipados con hidroalas y con capacidad para transportar mil quinientas toneladas. ¡Pienso comprarme toda una flota!
Akkarat se ríe.
– Creía que el futuro estaba en el transporte aéreo. En los dirigibles pesados.
– ¿Con esos barcos? Estoy dispuesto a apostar por los dos. Durante la antigua Expansión había una mezcla de opciones de tránsito. Por aire y por mar. No veo por qué no podría ocurrir lo mismo esta vez.
– La nueva Expansión está en boca de todos últimamente. -La sonrisa de Akkarat se borra de sus labios. Mira de reojo al somdet chaopraya, que asiente discretamente con la cabeza. El ministro de Comercio prosigue, dirigiéndose directamente a Anderson-: Algunos elementos del reino se oponen a este progreso. Elementos ignorantes, sin duda, pero también inconvenientemente tenaces.
– Si necesitáis ayuda -replica Anderson-, estaríamos encantados de proporcionárosla.
Otra pausa. Akkarat vuelve a buscar discretamente al somdet chaopraya con la mirada. Carraspea.
– No obstante, la naturaleza de tu ayuda suscita algunos interrogantes. El historial de los tuyos no invita a la confianza.
– Sería algo así como meterse en la cama con un nido de escorpiones -añade el somdet chaopraya.
Anderson esboza una ligera sonrisa.
– Se diría que ya estáis rodeados por multitud de nidos. Con vuestro permiso, se podrían eliminar unos cuantos. Eso beneficiaría a ambas partes.
– El precio que pides es demasiado elevado -dice Akkarat.
Anderson mantiene un tono de voz neutro.
– Lo único que pedimos es accesibilidad.
– Y un hombre, ese tal Gibbons.
– Entonces, ¿lo conocéis? -Anderson se inclina hacia delante-. ¿Sabéis dónde está?
La mesa enmudece. Akkarat vuelve a mirar de soslayo al somdet chaopraya. Este se encoge de hombros, pero Anderson no necesita otra respuesta. Gibbons está aquí. En algún lugar del país. Probablemente en la ciudad. Diseñando sin duda su siguiente triunfo después de los ngaw.
– No pedimos que nos entreguéis la nación -asegura Anderson-. El reino de Tailandia no se parece en nada a Birmania ni a la India. Tiene su propia historia, marcada por la independencia. Eso es algo que respetamos profundamente.
Los reunidos adoptan una expresión pétrea.
Anderson se maldice. «Estúpido. Les estás recordando sus miedos.» Decide cambiar de táctica.
– Lo que tenemos aquí son grandes oportunidades. La cooperación beneficia a ambas partes. Mi gente está dispuesta a contribuir con grandes ayudas al reino si podemos llegar a un acuerdo. La resolución de las disputas fronterizas, suministros de calorías como no se han visto desde la Expansión… todo eso puede ser vuestro. Se trata de una oportunidad para todos.
Anderson pierde el hilo de lo que estaba diciendo. El general asiente con la cabeza. El almirante tiene el ceño fruncido. Akkarat y el somdet chaopraya se mantienen inexpresivos. Es imposible saber qué piensa cada uno de ellos.
– Por favor, si nos disculpan -dice Akkarat.
No es ninguna petición. Los guardias indican que Anderson y Carlyle deberían salir. Instantes después se encuentran en el pasillo, rodeados por cuatro agentes de seguridad.
Carlyle fija la mirada en el suelo.
– No parecen convencidos. ¿Se te ocurre algún motivo para que no se fíen de nosotros?
– Las armas y el dinero de los sobornos ya están listos para aterrizar. Si pueden establecer un diálogo con los generales de Pracha, estaré preparado para comprarlos y equiparlos. ¿Dónde está el riesgo para ellos? -Anderson menea la cabeza, irritado-. Deberían abalanzarse sobre esta oportunidad. Es el trato más equitativo que hayamos puesto nunca encima de la mesa.
– No se trata de la oferta. Eres tú. Tú, y AgriGen, y toda vuestra condenada historia. Todo depende de que confíen en ti. Si no… -Carlyle se encoge de hombros.
La puerta se abre y les invitan a entrar de nuevo.
– Muchas gracias por vuestro tiempo -dice Akkarat-. Estoy seguro de que tendremos en consideración vuestra oferta.
Carlyle deja caer los hombros, desinflado por el educado rechazo. El somdet chaopraya sonríe ligeramente mientras Akkarat anuncia su respuesta. Satisfecho, quizá, por el revés que supone esto para los farang. Alrededor del camarote se elevan más palabras de cortesía, pero Anderson no tiene oídos para ellas. Rechazo. Está tan cerca que casi puede saborear los ngaw, pero se empeñan en seguir levantando barreras. Debe de haber alguna manera de reabrir el debate. Mira fijamente al somdet chaopraya. Necesita una baza. Algo que le permita desequilibrar la balanza…
Está a punto de soltar una carcajada. Las piezas encajan en su sitio. Carlyle sigue refunfuñando, decepcionado, pero Anderson sonríe y hace wais a un lado y a otro, buscando una brecha. La manera de prolongar la conversación un poco más.
– Entiendo perfectamente vuestros reparos. No nos hemos ganado la confianza necesaria. Quizá podríamos hablar de otra cosa. Un proyecto amistoso, por así decirlo. Algo menos ambicioso.
El almirante tuerce el gesto.
– No queremos nada de vuestras manos.
– Por favor, no nos precipitemos. Lo que ofrecemos lo hacemos de buena fe. Y en cuanto a ese otro proyecto, si cambiáis de opinión acerca de nuestra ayuda, bien sea dentro de una semana, o de un año, o de diez, siempre estaremos a vuestra disposición.
– Bonito discurso -dice Akkarat. Sonríe mientras fulmina al almirante con la mirada-. Estoy seguro de que no hay ningún resentimiento por nuestra parte. Por favor, disfrutad al menos de una última copa. Ya que os habéis tomado tantas molestias por nuestra culpa, qué menos que despedirnos como amigos.
De modo que la partida continúa. Anderson siente una oleada de alivio.
– Nos habéis leído el pensamiento.
El alcohol no tarda en fluir libremente, y Carlyle asegura que estaría encantado de importar un pedido de azafrán de la India en cuanto se levante el embargo, mientras Akkarat relata la anécdota de un camisa blanca que intenta aceptar tres sobornos de otros tantos puestos de comida y no deja de perder la cuenta, y en todo momento Anderson observa al somdet chaopraya, aguardando una oportunidad.
Cuando el hombre se acerca a una ventana para contemplar las aguas, Anderson se sitúa a su lado.
– Es una lástima que no hayan aceptado tu oferta.
Anderson se encoge de hombros.
– Me conformo con salir de aquí con vida. Hace unos años me hubieran arrojado a los megodontes para morir pisoteado por el simple hecho de intentar reunirme contigo.