Cuando Raleigh toca el suelo, Emiko ya ha empezado a cruzar el local a la carrera, en dirección a la puerta de la sala VIP y al hombre que más se ensañó con ella. El hombre que está sentado con sus amigos, riéndose, sin pensar en el daño que inflige.
Embiste la puerta. Los hombres levantan la cabeza, sorprendidos. Las miradas apuntan hacia ella, las bocas se abren para gritar. Los guardaespaldas buscan sus pistolas de resortes, pero todos ellos se mueven demasiado despacio.
Ninguno de ellos es un neoser.
30
Pai gatea hasta colocarse a la altura de Kanya y contempla la aldea en sombra a sus pies.
– ¿Es ahí?
Kanya asiente con la cabeza y echa un vistazo por encima del hombro al resto del escuadrón, cuyos integrantes se han dispersado ya para cubrir todas las rutas de acceso a las piscifactorías repletas de gambas resistentes al agua amarga, destinadas a abastecer los mercados de Krung Thep.
Todas las casas se erigen sobre balsas de bambú varadas en estos momentos, pero cuando lleguen las lluvias, las viviendas flotarán, elevándose, mientras el agua y los sedimentos inundan las charcas y los arrozales. Su familia utilizaba un sistema parecido hace muchos años en el Mekong, antes de que apareciese el general Pracha.
– El soplo era bueno -murmura.
Ratana se había mostrado entusiasmada. Un indicio, una pista: ácaros acuáticos entre los dedos de los pies de la tercera víctima.
Si había ácaros acuáticos, era lógico pensar en los criaderos de gambas, concretamente en aquellos que pudieran haber enviado algún empleado a Bangkok. Eso significaba piscifactorías donde se hubiera producido alguna muerte. Y eso la había conducido a este asentamiento medio flotante de Thonburi con todos sus hombres al borde del terraplén, listos para cargar al amparo de la oscuridad.
Abajo, unas pocas velas oscilan dentro de las casas de bambú. Un perro ladra. Todos se han puesto los trajes de contención. Ratana insistió en que las probabilidades de infección eran escasas, pero no inexistentes. Un mosquito zumba junto al oído de Kanya, que le pega un manotazo y afianza la capucha del traje. Empieza a sudar copiosamente.
El sonido de unas risas se extiende sobre las charcas. Una familia, reunida en la calidez de su choza. Incluso ahora, pese a todas las penurias, la gente sigue encontrando motivos para reír. Kanya no. Algo en su interior debe de estar defectuoso.
Jaidee siempre había insistido en que el reino era una nación alegre, la vieja leyenda del País de las Sonrisas. Pero a Kanya no se le ocurre una época en la que haya visto sonrisas más amplias que las de las fotos de los museos de antes de la Contracción. A veces se pregunta si los retratados estarían actuando, si la Galería Nacional tal vez se proponía deprimirla, o si es realmente cierto que alguna vez hubo personas capaces de sonreír con tanto abandono, sin el menor temor.
Kanya se cubre el rostro con la máscara.
– Que avancen.
Pai hace una señal a los hombres y las tropas desbordan el terraplén, caen sobre la aldea y la rodean como ocurre siempre antes de que empiecen los incendios.
Cuando atacaron el poblado de Kanya, los camisas blancas aparecieron entre dos cabañas en cuestión de segundos, empuñando bengalas que siseaban y escupían chispas. Esta vez es distinto. No atruena ningún megáfono. Ningún agente corre con el agua por los tobillos, arrastrando a personas aterrorizadas fuera de sus casas de bambú mientras el WeatherAll estalla en llamaradas anaranjadas.
El general Pracha quiere discreción.
– Jaidee habría convertido esto en una emergencia -dijo mientras firmaba las órdenes de cuarentena-, pero no tenemos recursos para remover el nido de cobras con Comercio y ocuparnos de esto al mismo tiempo. Podrían utilizarlo en nuestra contra. Llévalo con discreción.
– Desde luego. Con discreción.
El perro empieza a ladrar como un poseso. Se le unen otros cuando los agentes se acercan. Un puñado de aldeanos salen a los porches, escudriñando la oscuridad. Atisban las sombras blancas en la noche. Avisan a gritos a sus familias mientras las tropas de Kanya aceleran el paso.
Jaidee observa la acción arrodillado junto a ella.
– Pracha habla de mí como si fuera un megodonte al que le gusta pisotear tallos de arroz -dice.
Kanya intenta no hacerle caso, pero Jaidee continúa:
– Tendrías que haberlo visto cuando éramos cadetes. Cada vez que salíamos al campo se meaba en los pantalones.
Kanya mira a Jaidee de reojo.
– Basta. Que estés muerto no te da derecho a faltarle al respeto.
Las linternas táctiles de sus hombres iluminan la aldea con un fulgor despiadado. Las familias corren en desbandada como gallinas asustadas, intentando ocultar alimentos y animales. Alguien trata de burlar el cordón a la carrera, chapoteando en el agua, zambulléndose en una charca y braceando hasta la otra orilla… donde se levanta otra de las redes de Kanya. El hombre bate los pies en el centro del fangoso criadero de gambas, atrapado.
– ¿Cómo puedes llamarle líder cuando ambos sabemos a quién eres leal en realidad? -pregunta Jaidee.
– Cállate.
– ¿Es difícil ser una yegua montada por dos jinetes a la vez? Montada como si…
– ¡Que te calles!
Pai da un respingo.
– ¿Qué ocurre?
– Lo siento. -Kanya sacude la cabeza-. Culpa mía. Estaba pensando.
Pai asiente con la cabeza en dirección a los aldeanos.
– Parece que te están esperando.
Kanya se pone en pie y desciende en compañía de Pai y Jaidee, que sonríe con cara de satisfacción a pesar de que nadie le haya invitado a estar aquí. La capitana lleva encima una foto del difunto, una imagen en blanco y negro revelada en el laboratorio con temblorosos dedos oscuros. Se la enseña a los campesinos bajo el haz de su linterna táctil, que apunta de la fotografía a sus ojos, intentando descubrir en ellos un destello de reconocimiento.
Con algunas personas, el uniforme blanco puede abrir puertas, pero con los piscicultores siempre supone un problema. Ella los conoce bien, sabe interpretar los callos de sus manos, huele sus éxitos y sus fracasos en la penetrante fragancia de las charcas. Se ve a través de sus ojos, y sabe que daría lo mismo que fuera una agente de seguridad a sueldo de cualquier fábrica de calorías, tras la pista de un gorgojo. A pesar de todo la farsa continúa, todos ellos niegan con la cabeza, Kanya les apunta a los ojos con la linterna. Uno a uno, todos apartan la mirada.
– ¿Sabes quién es? -pregunta más tarde, agitando la foto delante de un hombre-. Su familia debe de estar buscándolo.
El hombre contempla primero el retrato, y después el uniforme de Kanya.
– No tiene familia.
Kanya da un respingo, sorprendida.
– ¿Lo conoces? ¿Cómo se llamaba?
– ¿Eso es que está muerto?
– ¿No lo parece?
Los dos se quedan mirando fijamente la imagen exangüe, el rostro demacrado.
– Le dije que había cosas mejores que trabajar en una fábrica. No me hizo caso.
– Según eso, trabajaba en la ciudad.
– Correcto.
– ¿Sabes dónde?
El hombre niega con la cabeza.
– ¿Dónde vivía?
El hombre indica la negra silueta de una casa elevada. Kanya hace una señal a sus hombres.
– Quiero esa choza en cuarentena.
Se ajusta la máscara y entra, barriendo el interior con la linterna. El lugar es tétrico. Está lleno de cosas rotas y extrañas, y al mismo tiempo vacío. El polvo se arremolina en el rayo de luz. Saber que su propietario ya está muerto le produce aprensión. Su espíritu podría morar aquí. Un fantasma voraz al acecho, furioso por estar atrapado en este mundo, por haber sucumbido a la enfermedad. Por haber sido asesinado. Pasa los dedos por las contadas pertenencias del hombre y deambula por la vivienda. Nada. Regresa al exterior. La ciudad se yergue a lo lejos, envuelta en un halo verde, el lugar al que corrió el hombre cuando la cría de peces se volvió insostenible. Vuelve a dirigirse al campesino que lo conocía.