Emiko sacude la cabeza. Empieza a sollozar de nuevo.
– Deja que te lave.
La conduce al cuarto de baño, abre el grifo de agua fría de la ducha y la coloca debajo del chorro. Ahora Emiko está tiritando y mira a su alrededor con un brillo febril y aterrado en los ojos. Parece que se haya vuelto medio loca. Anderson intenta quitarle la chaquetilla, librarse de la ropa empapada de sangre, pero las facciones de Emiko se crispan de rabia.
– ¡No! -Dispara una mano y Anderson retrocede de golpe, frotándose la mejilla.
– ¡¿Qué diablos?! -Se queda mirándola fijamente, consternado. Dios, qué rápida. Duele. Retira la mano, está manchada de sangre-. ¿Qué narices te pasa?
El brillo de animal asustado se apaga en los ojos de Emiko, que lo mira desconcertada un momento antes de dominarse y recuperar una expresión más humana.
– Lo siento -susurra-. Lo siento mucho. -Se desploma, se encoge bajo el agua-. Lo siento mucho. Lo siento. -Empieza a hablar en japonés.
Anderson se acuclilla a su lado; el agua de la ducha empieza a empaparle la ropa.
– No te preocupes -responde con delicadeza-. ¿Por qué no te quitas eso? Te buscaremos otra cosa. ¿De acuerdo? ¿Puedes hacerlo?
Emiko asiente sin fuerzas. Se despoja de la chaqueta. Desata el pha sin. Encoge las piernas contra el cuerpo, desnuda, arropada en el agua helada. Anderson la deja debajo del chorro. Recoge el atuendo ensangrentado, lo envuelve en una sábana y baja las escaleras con ella; sale a la oscuridad. La calle está abarrotada de personas. Sin prestarles la menor atención, se adentra rápidamente en las sombras, cargando con el fardo hasta llegar a un khlong. Arroja las prendas empapadas de sangre al agua, donde los cabezas de serpiente y las carpas boddhi darán cuenta de ellas con obsesiva determinación. El agua se agita y burbujea cuando los peces empiezan a llegar, atraídos por el olor de la sangre.
Cuando vuelve al apartamento, Emiko ha salido ya de la ducha, convertida en una criaturita asustada con mechones de cabello negro pegados al rostro. Anderson se dirige al botiquín. Lava los cortes con alcohol y los frota con antivíricos. Emiko no grita. Tiene las uñas rotas y estropeadas. Los moratones florecen por todo su cuerpo. Pero a pesar de toda la sangre que llevaba encima, parece milagrosamente ilesa.
– ¿Qué ha pasado? -pregunta con ternura Anderson.
Emiko se acurruca contra él.
– Estoy sola -susurra-. No hay lugar para los neoseres. -Sus temblores se recrudecen.
Anderson la abraza con fuerza, sintiendo el calor abrasador de su piel.
– Está bien. Pronto cambiará todo. Será distinto.
Emiko sacude la cabeza.
– No. No lo creo.
Instantes después se queda dormida, respira plácidamente, su cuerpo por fin ha conseguido eliminar la tensión y se refugia en la inconsciencia.
Anderson despierta sobresaltado. El ventilador de manivela se ha parado, agotados los julios. Está empapado de sudor. Junto a él, Emiko gime y se retuerce, hecha un horno. Anderson se aparta de ella rodando y se sienta.
Una suave brisa procedente del mar corre por el apartamento, un alivio. Contempla la negrura de la ciudad a través de las mosquiteras. El suministro de metano se ha cortado durante la noche. A lo lejos pueden distinguirse destellos en las comunidades flotantes de Thonburi, donde crían pescado y flotan de una variedad modificada a la siguiente, perpetuamente en pos de la supervivencia.
Alguien aporrea la puerta. Golpea con insistencia.
Emiko abre los ojos de golpe. Se sienta.
– ¿Qué pasa?
– Alguien está llamando a la puerta. -Anderson hace ademán de levantarse pero Emiko se lo impide clavándole las uñas rotas en el brazo.
– ¡No abras! -sisea. La luna ilumina su piel pálida, los ojos desorbitados por el pánico-. Por favor. -Siguen golpeando la puerta. Machaconamente, con insistencia.
– ¿Por qué no?
– Por… -Emiko hace una pausa-. Seguro que son los camisas blancas.
– ¿Qué? -El corazón de Anderson da un vuelco en su pecho-. ¿Te han seguido hasta aquí? ¿Por qué? ¿Qué te ha pasado?
Emiko menea la cabeza, abatida. Anderson la observa fijamente, preguntándose qué clase de animal ha invadido su vida.
– ¿Qué ocurrió anoche realmente?
Emiko no contesta. Su mirada permanece fija en la puerta mientras continúan los golpes. Anderson se levanta de la cama y corre hasta la puerta.
– ¡Un momento! ¡Me estoy vistiendo!
– ¡Anderson! -La voz que suena al otro lado de la hoja pertenece a Carlyle-. ¡Abre! ¡Es importante!
Anderson se vuelve y arquea las cejas en dirección a Emiko.
– No son los camisas blancas. Y ahora, escóndete.
– ¿No? -Por un momento, el alivio se refleja en los rasgos de Emiko. Pero desaparece casi igual de rápido. Mueve la cabeza de un lado a otro-. Te equivocas.
Anderson la fulmina con la mirada.
– ¿Has tenido problemas con los camisas blancas? ¿Por eso tienes tantos cortes?
Emiko continúa meneando la cabeza, angustiada, pero no dice nada. Se encoge en actitud defensiva.
– Jesús y Noé. -Anderson empieza a sacar ropa del armario y la arroja en su dirección, regalos que le ha comprado en señal de la embriaguez que le provoca-. Tú a lo mejor estás lista para salir a la luz, pero yo no estoy dispuesto a tirarlo todo por la borda. Vístete. Escóndete en el armario.
Emiko vuelve a sacudir la cabeza. Anderson intenta controlar la voz, mostrarse razonable. Es como hablar con un trozo de madera. Se arrodilla y toma su barbilla en las manos, gira su rostro hacia él.
– Se trata de uno de mis socios. No tiene nada que ver contigo. Pero necesito que te ocultes hasta que se vaya. ¿Lo entiendes? Tienes que esconderte un momento. Será solo hasta que se marche. No quiero que nos vea juntos. Eso podría darle ventaja.
Los ojos de Emiko se aclaran lentamente. Su hipnotizada expresión de fatalismo se desvanece. Carlyle vuelve a aporrear la puerta. Emiko mira a la puerta y de nuevo a Anderson.
– Son los camisas blancas -susurra-. Hay muchos ahí fuera. Puedo oírlos. -Parece recuperar la compostura de repente-. Son los camisas blancas. Esconderse no servirá de nada.
Anderson reprime el impulso de zarandearla.
– No son los camisas blancas.
Los golpes siguen sacudiendo la puerta.
– ¡Abre de una puta vez, Anderson!
– ¡Un momento! -replica este. Se pone los pantalones sin dejar de mirar a Emiko, enfadado-. No son los puñeteros camisas blancas. Carlyle se rebanaría el cuello antes de colaborar con ellos.
La voz de Carlyle resuena otra vez a través de la puerta.
– ¡Date prisa, maldita sea!
– ¡Ya voy! -Anderson se da la vuelta y apremia a Emiko-. Escóndete ahora mismo. -Ya no es un ruego, sino una orden que apela directamente a la herencia genética y al adiestramiento de la chica mecánica.
Emiko se queda paralizada un momento, y de pronto recupera la movilidad. Asiente con la cabeza.
– Sí. Haré lo que me pidas.
Ya ha empezado a vestirse. Sus movimientos sincopados son rápidos, casi un visto y no visto. Su piel resplandece mientras se pone una blusa y unos pantalones holgados. De repente es asombrosamente ágil. Fluida en sus gestos, exótica e inesperadamente grácil.
– Esconderse no servirá de nada. -Emiko gira sobre los talones y corre en dirección al balcón.
– ¿Qué haces?
Emiko se da la vuelta y sonríe, parece estar a punto de decir algo, pero en vez de eso salta por encima de la barandilla y se zambulle en la oscuridad.
– ¡Emiko! -Anderson se apresura a llegar al balcón.
Abajo, no hay nada. Nadie, ni un grito, ni un golpe, ninguna queja de la calle al estrellarse el cuerpo de Emiko contra el suelo. Nada. Tan solo el vacío. Como si la noche la hubiera devorado por completo. Se reanuda el martilleo en la puerta.