Narong la atrae hacia él.
– Es el somdet chaopraya. Hemos perdido al protector de Su Majestad la Reina.
Kanya siente cómo se le doblan las rodillas. Narong la sostiene en pie mientras sigue hablando, con intensa ferocidad:
– La política se ha vuelto más desagradable desde que empecé en este juego. -Su sonrisa no consigue ocultar la rabia que hierve tras ella-. Eres una buena chica, Kanya. Siempre hemos respetado nuestra parte del trato. Pero esta es tu razón de ser. Sé que es difícil. También eres leal a tus superiores en el Ministerio de Medio Ambiente. Rezas a Phra Seub. Eso está bien. Te honra. Pero necesitamos que nos ayudes. Aunque ya no sientas la menor simpatía por Akkarat, el palacio te necesita.
– ¿Qué queréis?
– Saber si esto es obra de Pracha. Se ha dado mucha prisa en asumir el mando de la operación. Es imprescindible que sepamos si fue él quien hundió el cuchillo. Tu líder y la seguridad del palacio dependen de ello. Es posible que Pracha oculte algo. Creemos que algunos de los artífices del doce de diciembre podrían estar conspirando contra nosotros.
– No es posible…
– Es perfectamente plausible. Hemos sido bloqueados por completo porque la asesina es un neoser. -La voz de Narong restalla con inesperada intensidad-. Debemos averiguar si el neoser es un topo del ministerio. -Entrega un fajo de billetes a Kanya, que se queda mirando la cantidad fijamente, asombrada-. Soborna a todo el que se interponga en tu camino.
La capitana se recupera de su parálisis, acepta el dinero y se lo guarda en los bolsillos. Narong le da un delicado apretón en el brazo.
– Lo siento muchísimo, Kanya. Eres mi única esperanza. Dependo de ti para descubrir a nuestros enemigos y sacarlos a la luz.
El calor de una torre de Ploenchit a medio día es sofocante. Los investigadores abarrotan las lóbregas habitaciones del club, contribuyendo al bochorno. Es un lugar asqueroso para morir. Un lugar de ansia, desesperación y apetitos insatisfechos. Los agentes del palacio se amontonan en los pasillos. Observándolo todo, consultando, preparándose para recoger el cadáver del somdet chaopraya antes de introducirlo en la urna funeraria, aguardando mientras los hombres de Pracha realizan sus pesquisas. La preocupación y la rabia flotan en el aire, afilada al máximo la cortesía en este momento de humillación y temor extremos. En las habitaciones se respira el ambiente de un monzón a punto de estallar, cargado de energía, preñado con la ominosa oscuridad de las nubes de tormenta.
El primer cuerpo yace en el exterior, un farang de avanzada edad, exótico y surrealista. Se aprecian escasos daños físicos en él, salvo la magulladura que indica el lugar donde le han aplastado la garganta, la lívida tortura practicada sobre su tráquea. Está tendido junto a la barra con el aspecto jaspeado de los cadáveres rescatados del río. La comida para peces de los gángsteres. El anciano mira fijamente a Kanya con grandes ojos azules, dos mares muertos. La capitana inspecciona el daño en silencio antes de dejar que el secretario del general Pracha la conduzca a las habitaciones interiores.
Se le corta el aliento.
Todo está cubierto de sangre, grandes remolinos carmesíes salpican las paredes y se escurren por el suelo. Los cadáveres se amontonan en marañas deformes. Y entre ellos yace el somdet chaopraya, con la garganta no aplastada como la del viejo farang, sino arrancada de cuajo, como si un tigre se hubiera cebado con él. Sus guardaespaldas yacen inertes: uno de ellos con una pistola de resortes incrustada en la cuenca de un ojo, el otro empuñando aún la suya pero erizado de cuchillas.
– Kot rai -murmura Kanya. Titubea sin saber cómo actuar en presencia del macabro espectáculo. La espuma sanguinolenta está infestada de cerambicidos que se arrastran y reptan por todas partes, trazando estelas coaguladas.
Pracha está presente en la sala, conversando con sus subordinados. Levanta la cabeza al oír el jadeo contenido de Kanya. Los demás lucen sus expresiones particulares de pasmo, ansiedad y vergüenza, reflejándose por turnos en sus semblantes. A Kanya se le revuelve el estómago al contemplar la posibilidad de que Pracha pudiera haber orquestado semejante carnicería. El somdet chaopraya no era amigo del Ministerio de Medio Ambiente, pero la enormidad de esta acción la pone enferma. Una cosa es urdir golpes y contragolpes de Estado, y otra muy distinta sabotear los cimientos del palacio. Se siente como una hoja de bambú arrastrada por una riada.
«Así sucumbimos todos. Hasta los más ricos y poderosos no son más que comida para cheshires al final. Somos meros cadáveres ambulantes y no tiene sentido intentar olvidarlo. Meditar sobre la naturaleza de la muerte nos enseña esta lección», se dice.
Lo que no impide que se sienta sobrecogida, aterrorizada casi por la imagen de la mortalidad de un semidiós. «General, ¿qué has hecho?» La idea es demasiado espantosa. Las aguas embravecidas amenazan con arrastrarla a las profundidades.
– ¿Kanya? -Pracha le indica que se acerque. La capitana escruta el rostro del general en busca de algo que sugiera que carga con la culpa de este acto, pero Pracha parece sencillamente perplejo-. ¿Qué haces aquí?
– Me… -Había preparado un discurso. Pretextos. Pero con el protector de la Corona y su séquito diseminados por toda la habitación, se queda en blanco. Los ojos de Pracha siguen su mirada hasta el cadáver del somdet chaopraya. La toma del brazo con delicadeza.
– Ven. Esto es demasiado.
La conduce afuera.
– Me…
Pracha sacude la cabeza.
– Ya te has enterado. -Suspira-. Antes de que acabe el día, lo sabrá toda la ciudad.
Kanya recupera por fin la voz y escupe la mentira, representando el papel que le ha otorgado Narong.
– No pensé que pudiera ser cierto.
– Peor que eso. -Pracha mueve la cabeza con gesto fúnebre-. Ha sido un neoser.
Kanya se obliga a fingir sorpresa. Observa de reojo el baño de sangre.
– ¿Un neoser? ¿Solo uno? -Sus ojos recorren la colección de cuchillas de resortes clavadas en las paredes. En uno de los cadáveres reconoce a un agente del Ministerio de Comercio, el hijo de un patriarca de segunda fila. En otro, a un miembro de un clan de empresarios chaozhou que empezaba a abrirse camino en la prensa del sector. Todos ellos rostros habituales de las circulares. Todos ellos tigres importantes-. Es horrible.
– Parece imposible, ¿verdad? Seis guardaespaldas. Tres víctimas adicionales. Y un solo neoser, según los testigos. -Pracha menea la cabeza-. Hasta la cibiscosis mata más limpiamente.
El cuello de su eminencia el somdet chaopraya ha sido desgarrado con una fuerza descomunal, partido, fragmentado y triturado de modo que, aunque la columna aún sigue estando en su sitio, actúa más como una bisagra que como sostén.
– Es como si un demonio se hubiera ensañado con él.
– Una bestia salvaje, en cualquier caso. Es lo que cabría esperar de una modificación genética militar. He visto este tipo de actividad en el norte, donde operan los vietnamitas. Utilizan los neoseres japoneses como exploradores y tropas de asalto. Es una suerte que tengan tan pocos. -Observa a Kanya con gesto serio-. Esto nos costará caro. Comercio dirá que hemos fracasado. Que permitimos que esta bestia entrara en el país. Intentarán sacarle partido. Usarlo como excusa para obtener más poder. -Su expresión se ensombrece aún más-. Debemos averiguar qué hacía aquí ese neoser. Es posible que Akkarat nos haya tendido una trampa, que haya usado al protector como si de un simple peón se tratara.
– Él nunca…
Pracha compone un gesto de escepticismo.
– La política es desagradable. No subestimes lo que cualquiera sería capaz de hacer con tal de conseguir más poder. Creemos que Akkarat ha estado aquí antes. Algunos de los empleados dicen reconocer su cara, parece que recuerdan… -Se encoge de hombros-. Por otra parte, todos están asustados. Nadie quiere hablar más de la cuenta. Pero todo apunta a que Akkarat y algunos de sus amigos comerciantes farang condujeron al somdet chaopraya hasta la heechy-keechy.