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Después de unos interminables cinco o seis minutos delante de la guillotina, mi captor dio la orden de seguir adelante. Entonces comenzó lo que a mí se me antojó como un largo peregrinar de puerta en puerta. Y es que en ninguna de las cárceles de París había lugar para la ciudadana Cabarrús, para la ci–devant marquesa de Fontenay, para la extranjera traidora y aristócrata. Recorrimos tres de ellas y en todas nos recibía el mismo carteclass="underline" Pas de place. No hay sitio; las cárceles de la ciudad estaban repletas. «A ver si ponemos a funcionar con más presteza la navaja revolucionaria–escupió el tipo que estaba a mi derecha-, o tendremos que ahogarlos en el Sena, así no hay quien trabaje».

Por fin, después de horas de idas y venidas, encontramos una en la que sí había lugar: se trataba de la prisión de La Force. Me bajaron del coche y me indicaron que caminara hacia la puerta. Ésta no tardó en abrirse y entonces pude ver a un tipo grueso y maloliente que debía de ser un viejo conocido de uno de mis captores, porque se saludaron con mucha efusión preguntándose mutuamente por la familia. Yo estaba tan exhausta que me permití apoyar levemente la cabeza contra las oscuras piedras del muro. En ese momento, detrás del corpachón de aquel hombre, vi a Frenelle, y fue tal mi alegría que instintivamente di un paso hacia ella. Este gesto inocente pareció contrariar a ambos porque de inmediato acabaron con los comentarios familiares y banales. Mi captor me empujó entonces con una carcajada en brazos del tipo grueso de aliento inmundo.

— Toma, Pierrot–dijo-. No todos los días puedo traerte un regalito tan bueno como éste. Creo que esta vez tú y tus amigos disfrutaréis mucho del rapiotage. Nos vemos el nonidi en casa de Boulanger, da recuerdos a la familia.

De toda esta conversación entre burocrática y familiar yo sólo retuve una palabra de la que ya he hablado al amable lector con anterioridad, me refiero a rapiotage. «¡Dios mío!», pensé temblando de pies a cabeza, porque si durante mi primer cautiverio, en la fortaleza de Hâ, había tenido la suerte de librarme de semejante humillación, nada hacía presagiar que ahora iba a ser tan afortunada. Como se recordará, dicha «operación» consistía en que, al ingresar en la cárcel, lo primero que se hacía era someter a los prisioneros a una concienzuda exploración íntima para comprobar que no llevaban escondidas monedas ni joyas. El cacheo de los hombres, así como el de las mujeres no muy agraciadas, solía ser benévolo; o si no benévolo, al menos no tan humillante. No se les desnudaba, sino que debían, simplemente, levantarse la falda o bajarse los pantalones. Después de introducirles bien un dedo o bien otro utensilio adecuado para comprobar que estaban «limpios» se les permitía seguir adelante en su vía crucis camino de la celda. En cambio, cuando se trataba de alguien como Frenelle o yo…

— ¡A ver, vosotras, venid aquí! — gritó, señalando con la barbilla hacia donde ambas nos habíamos fundido en un emocionado abrazo-. ¿No estáis acaso felices de haberos encontrado en este agradable hotel? ¡Qué dos amigas tan guapas! Venid con papá, vamos a jugar un poco a cache–cache.

Quien así se dirigía a nosotras era el mismo ciudadano que me había recibido a la puerta, el tal Pierrot. Nos condujo entonces por un estrecho pasillo mal iluminado y luego, con una reverencia burlesca, abrió una puerta para introducirnos en una estancia grande de paredes desnudas. Ahora, a la mortecina luz de la lámpara que allí había, pude fijarme en más detalles de su persona. Debía de tener unos treinta años, pero la vaharada maloliente en la que yo había reparado en nuestro encuentro venía sin duda propiciada por una boca llena de dientes cariados, así como por el sudor que empapaba sus ropas. Sudor, por cierto, que él se secaba a intervalos con el enorme gorro frigio que llevaba sobre la cabeza.

— Adelante, ma colombe–le dijo a Frenelle-, quítate toda la ropa, papá Pierrot está deseando ver qué esconde tan lindo envoltorio. Y tú también, ma belle–continuó dirigiéndose a mí-. A ver cuál de estas palomitas es más veloz en quedarse desnuda.

Poco a poco Frenelle y yo nos fuimos despojando de lo que llevábamos puesto; primero de nuestros vestidos, después de las enaguas, las medias, las camisas interiores. A pesar del calor reinante temblábamos y yo procuré mirarla para infundirnos valor. Fue así, buscando desesperadamente la mirada cómplice de Frenelle, que mis ojos cayeron en una mujer, una tricoteuse que había al fondo de la estancia afanada en su revolucionario e implacable trabajo de hacer calceta mientras cumplía con su deber de vigilante. Su cara me era familiar, pero era tal mi estado de ánimo que no lograba acordarme de qué la conocía. Ahora estábamos Frenelle y yo desnudas delante de aquella gente, ocho hombres y la mujer. «¡Que se besen! — dijo uno de los tipos-. ¡Sí, que se besen mientras nosotros procedemos a hacer nuestro trabajo! júntalas y que se abracen». El tal Pierrot me asió entonces por detrás, un segundo carcelero hizo otro tanto con Frenelle y en ese momento sentí un dolor agudísimo que me taladraba las entrañas y pude notar el calor húmedo de un hilo de sangre correr por mis piernas abajo. Al mismo tiempo, como en un baile grotesco, tenía muy cerca la cara de Frenelle; tanto, que podía sentir su aliento junto a mi oído. «¡Que se besen! ¡Que se besen!», canturreaban aquellas voces. Creí que iba a desmayarme, pero cejó de pronto el dolor. Aquel hombre había terminado su labor de registro íntimo. ¿Pero cuántos más esperaban para deleitarse conmigo en esa humillante ceremonia? En ese momento, cuando esperaba un segundo embate, Frenelle acercó sus labios a mi cara y pronunció un nombre: «Mathilde». Tardé en entender lo que decía. Lo comprendí sólo cuando, terminado el registro del segundo carcelero, se me permitió tener un breve descanso. La mujer que tricotaba, sí, aquella ciudadana, había sido en tiempos ayudante de cocina en nuestra casa de Fontenay–aux–Roses. Lancé entonces hacia ella una mirada llena de desesperación. «Mathilde–dije muy bajo para que no me oyeran los demás-. Mathilde, por amor del cielo…». Ella, por un instante, me miró sobresaltada. Pude descubrir entonces un atisbo de conmiseración en sus ojos, pero fue sólo un segundo. Inmediatamente, como quien intenta espantar un pensamiento que le es desagradable, o peor aún, como quien aventa una mosca inmunda, dejó aletear una mano ante sus ojos y toda conmiseración se desvaneció. Con febril determinación la vi retomar su labor de punto, haciendo entrechocar de forma cada vez más veloz las agujas mientras un tercer carcelero se acercaba a mí por detrás. «¡Mueran los aristócratas! — gritó, y su voz fue secundada por la de todos los demás-: ¡Sí, que mueran! ¡Que mueran!».

DEL CIELO AL INFIERNO EN POCAS HORAS

Dicen los estudiosos que los treinta y tantos días que me dispongo a narrar son de los más notables ejemplos de fulgor y muerte que ha dado la Historia y de los que mejor sintetizan la idea de cómo se puede pasar de la gloria al oprobio en pocas horas. Frenelle y yo fuimos detenidas a principios de junio, y sucedió que mientras nos reponíamos de la operación de rapiotage, mientras aprendíamos a convivir con los gusanos y las ratas que infestaban nuestra celda a la espera de lo que nos deparase el destino, Robespierre por su parte ultimaba los detalles de lo que él creía su gran jugada maestra. Todo había comenzado un mes atrás, el 7 de mayo, cuando pronunció en la Convención un hermoso discurso en el que invitaba a todos a «reconocer la existencia de un Ser Supremo y por tanto de la inmortalidad como potencia conductora del Universo».

Nunca había pronunciado un discurso tan inspirado, tan bello y en el que, de dogmático y turbio, logró convertirse en poeta e idealista. Según explicó a los diputados, su idea era crear una religión nueva que se elevara por encima no sólo del cristianismo rancio y adorador de imágenes, sino también del ateísmo materialista que, en su opinión, embrutecía al hombre. Con vibrantes palabras destinadas a demostrar lo sensible que era, Robespierre aprovechó para hacer otra jugada de consumado tahúr, una más: arremeter contra un personaje que, junto con Tallien, se estaba volviendo demasiado «visible» en la Asamblea. Se trataba del «ametrallador» de Lyon, el hombre que, hasta hacía muy poco, se había ocupado con gran eficacia de devolver dicha ciudad a la obediencia revolucionaria a base de guillotinar y masacrar incontables personas.