– ¿Pero a quién le pueden interesar estas tonterías? -había dicho el marqués de Ut cuando les hubo leído el esquema argumental de aquel primer largometraje que luego sus estudios repitieron hasta la náusea. Se había encerrado en su despacho y allí había trabajado él solo días y noches. Lo había concebido todo: las situaciones, las escenas, los decorados, los vestuarios, no se le había pasado por alto ningún detalle.
Transcurridos varios días, su mujer quiso saber que hacía, fue al despacho y encontró la puerta cerrada. Alarmada tocó la puerta: Onofre, soy yo; ¿te encuentras bien?, ¿por qué no me contestas? Como sólo le respondía el silencio había empezado a golpear la puerta con los puños, frenéticamente; ahora acudían allí los criados, alertados por la barahúnda. Viéndose rodeada por la servidumbre gritó:!Onofre, abre o haré que echen la puerta abajo¡ Ante esta amenaza se oyó su voz tranquila: Tengo un revólver en la mano y dispararé contra el primero que vuelva a importunarme, les dijo a todos. Pero, Onofre, insistió ella aun sabiendo que él bien podía cumplir lo que anunciaba, llevas dos días sin comer ni beber. Tengo todo lo que me hace falta, dijo él. Una doncella pidió permiso para hablar con la señora; éste le fue concedido y ella dijo haber llevado al despacho por orden del señor provisiones y agua para dos semanas. También dijo haber llevado algunas mudas y todos los orinales de que disponía en aquel momento el cacharrero del barrio. El señor le había dicho que no dijera nada a nadie de aquello, que no quería ser molestado por ningún concepto. Ella se mordió los labios y se limitó a decir: Debiste haberme informado antes. En la voz de la doncella había creído percibir un retintín; ahora creía leer un atisbo de desafío en sus ojos negros. No tendrá más de quince o dieciséis años, pensó, y ya me trata como si yo fuera la criada y ella la señora. Vivía convencida de que todo el mundo se burlaba de ella, a sus espaldas y en la cara también.
No hay duda de que me la pega con ésta, pensó. Seguro que ella huele a ajo y a requesón y que a él esto le gusta; prefiere estos olores a los perfumes franceses y a las sales de baño que uso diariamente. Seguro que se meten en la cama y se tapan la cabeza con la sábana para embriagarse con el olor corporal que desprenden después de haber estado traqueteando como dos locomotoras. Lo harán varias veces, como la noche aquella en que entró en mi cuarto por la ventana, escalando la pared de casa de papá. Seguro que él se lo ha contado, habrá profanado el secreto de aquella primera noche contándoselo a todas las que ha tenido luego. Con esta historia se habrán reído a mi costa de lo lindo hasta la madrugada. Debería ponerla en la calle sin contemplaciones, pensó, pero no se atrevía a llevar a cabo esta idea. Ella se lo tomará como una afrenta, pensaba, comprenderá el motivo verdadero del despido y me insultará delante de los demás criados; pensará: de perdidos al río, me pondrá como un trapo, me dirá el nombre del puerco, se lo contará todo al servicio y yo seré el hazmerreír. Luego se lo dirá a él; él no me desautorizará, pero le pondrá un piso e irá todas las tardes a verla; con cualquier pretexto se quedará a pasar la noche entera con ella; luego dirá que ha tenido que quedarse en vela trabajando, como ha hecho tantas veces. Al pensar así no se daba cuenta de que esta misma cobardía era lo primero que le había hecho perder su amor.
Esta misma doncella fue a decirle al cabo de dos semanas de ocurrido lo que antecede que el señor estaba saliendo de su encierro. Estaba merendando con su hija mayor y con la modista cuando entró la doncella con la noticia. Ya se había olvidado de sus celos y de la inquina y pensó al verla: Esta chica es de una gran lealtad, habrá que hacer algo para recompensarla.
Con esta actitud incoherente quería mostrar a todos que no era mezquina, sino magnánima. Su hija y la modista también eran pesos pesados. Ahora los tres hipopótamos se apresuraban por los pasillos. Cuando llegaron ante la puerta del despacho él acababa de salir. En aquellos quince días no se había lavado ni peinado ni afeitado; había dormido muy pocas horas y apenas había tocado la comida. Tampoco se había cambiado de ropa.
Estaba demacrado y se movía con inseguridad, como si acabara de despertar de un sueño profundo y conmovedor o volviera de un trance. Del despacho salía un hedor insoportable. Este hedor corría ahora por los pasillos como un alma en pena, asustando a las criadas.
– Agustí, prepárame el baño -le dijo al mayordomo. No parecía haberse percatado de que su esposa, su hija y la modista estaban presentes. En la mano llevaba un fajo de papeles manuscritos, cubiertos de tachaduras y correcciones. A unas criadas que acudían con ánimo de adecentar el despacho provistas de cubos y bayetas las detuvo con ademán imperioso-.
No hace falta que limpien; nos mudamos de casa -dijo. Ahora Honesta Labroux prestaba su figura y su expresión a este argumento, encarnaba aquellas fantasías que habían suscitado las dudas del marqués de Ut. Él había montado en cólera cuando aquél le dijo no saber a quién podían interesarle tantas tonterías.
– A todo el mundo -había sido su respuesta tajante.
En efecto, ahora el público lloraba. Aquellos hombres de negocios tan templados no podían contener las lágrimas. Luego dijeron que esta reacción inusitada no se habría producido de no haber mediado la magia de Honesta Labroux. Nunca sabremos en qué consistía esta magia. Pablo Picasso afirma en una carta escrita en fecha muy posterior que el influjo de quella mujer radicaba en su mirada, en sus ojos mesméricos. Esta opinión podría venir a confirmar el rumor recogido luego por algunos biógrafos de este pintor: el de que Picasso llegó a conocerla personalmente, que ofuscado llegó a raptarla en una furgoneta de reparto de una lavandería (con la complicidad y ayuda de Jaume Sabartés), que la llevó consigo al pueblo de Góssol, en el Berguedá, y que la reintegró a los estudios al cabo de dos o tres días sana y salva; en estos dos o tres días había realizado varios bocetos y empezado un óleo; de estas obras saldrían los cuadros cotizadísimos de la llamada "época azul".
Más improbable aún que este amorío es el que una revista le atribuyó haber tenido años atrás con Victoriano Huerta. Este taimado general, que había usurpado la presidencia de México tras haber ordenado el asesinato de Francisco Madero y Pino Suárez, había vivido luego un tiempo en Barcelona, cuando la revuelta encabezada por Venustiano Carranza, Emiliano Zapata y Pancho Villa le obligó a renunciar al cargo y a salir huyendo.
Borracho y pendenciero recorría entonces las tascas del barrio chino. Cuando estaba sereno conspiraba y planeaba el regreso.
Agentes alemanes maquinaban una maniobra diversiva que apartase los ojos de los Estados Unidos de la guerra en Europa; para eso querían usar a Huerta de señuelo. Ellos le proporcionaron el plan que andaba buscando; con el dinero acumulado durante los meses escasos de su período presidencial, ahora depositado en la bóveda de un banco suizo, le había comprado armas y municiones a Onofre Bouvila. Éste había cobrado el importe y enviado la mercancía solicitada, pero también había hecho llegar noticia del envío al gobierno norteamericano. En el puerto de Veracruz el cargamento había sido interceptado; para ello habían tenido que desembarcar los "marines" y ocasionar numerosas víctimas entre la población civil. Puestas las armas a disposición de Bouvila, éste se las volvió a vender a Carranza, que ahora luchaba contra Villa y Zapata, sus antiguos aliados. Según la revista en estas mismas fechas, antes de dedicarse al cine, pero cuando ya trabajaba para Onofre Bouvila, Honesta Labroux había bailado una noche para Huerta; éste había quedado al instante prendado de ella, le había ofrecido sumas de dinero incalculables, le había prometido implantar a su vuelta a México la monarquía otra vez allí para coronarla emperatriz, como a la infeliz Carlota; todo en vano. Esta escena se había producido, según la revista, en la "suite" del hotel Internacional que ocupaba el traidor. Este hotel era el mismo que se había erigido en el plazo increíble de sesenta y seis días para acoger a los visitantes a la Exposición Universal de 1888. El techo y las paredes de la "suite" que ocupaba Huerta presentaban varios impactos de bala; había sido seriamente amonestado por ello por la dirección del hotel; además maltrataba al personal de palabra y de obra y no pagaba. Esa noche de amor dicen que iba descalzo, que llevaba abierta la bragueta y que debajo de la camisa desabotonada dejaba ver una camiseta amarillenta y agujereada: con esta pinta sus promesas eran difíciles de creer. Probablemente esta historia, como la de Picasso, sean apócrifas. Picasso en realidad fue a Góssol a pasar unos meses en 1906 y Victoriano Huerta había muerto en 1916 alcoholizado en una prisión de El Paso, Texas. Para entonces Honesta Labroux aún no había sido lanzada a la fama por Onofre Bouvila, ni siquiera su nombre artístico había sido inventado: