En el seno de la Royal Society proliferaron los debates acerca del curso de ríos y cordilleras, de los límites de pueblos y ciudades, y del tamaño de los océanos. No menos intensas eran las disputas sobre quién merecía un reconocimiento, y posteriormente la fama y la fortuna, por haber hecho un descubrimiento. También se discutía a menudo sobre los principios fundamentales que definían la moralidad y sobre los posibles orígenes del hombre: ¿eran salvajes o civilizadas las tribus recién descubiertas?, ¿debían ser convertidas al cristianismo?, ¿procedía toda la humanidad de una civilización ancestral o de varias? El afán por responder a estas preguntas con frecuencia enfrentaba a los llamados geógrafos y teóricos «de sillón», que estudiaban la información que iba llegando, y a los curtidos exploradores, que trabajaban sobre el terreno. Un alto cargo de la Royal Society reprendió a un explorador del continente africano por elaborar sus propias teorías, diciéndole: «Lo que debe hacer usted es relatar con precisión lo que ha visto, dejando que los hombres de ciencia, los académicos, recopilen los datos de todos los viajeros para elaborar una teoría».15 El explorador Speke, por su parte, denunció a esos geógrafos «que se sientan en zapatillas y critican a quienes trabajan sobre el terreno».16
Tal vez la contienda más encarnizada sea la que se produjo al respecto de las fuentes del Nilo. Después de que Speke proclamara en 1858 que había encontrado el nacimiento del río, en un lago al que bautizó con el nombre de Victoria, muchos miembros de la Royal Society, liderados por Burton, su antiguo compañero de viaje, se negaron a creerle. Speke dijo de Burton: «B. es uno de esos hombres que no pueden equivocarse y que nunca admitirá un error».17 En septiembre de 1864, los dos hombres, que durante una expedición habían cuidado el uno del otro y se habían salvado la vida mutuamente, al parecer se retaron a enfrentarse en una reunión pública. El Times de Londres lo definió como una «exhibición de gladiadores».18 Pero, cuando el enfrentamiento estaba a punto de producirse, se informó a los congregados de que Speke no comparecería: el día anterior había salido de caza y había sido hallado muerto a consecuencia de una herida de bala que él mismo se había ocasionado. «¡Cielo santo! ¡Se ha matado!»,19 se sabe que exclamó Burton, tambaleándose sobre el escenario. Más tarde, fue visto llorando y repitiendo el nombre de su antiguo compañero una y otra vez. Aunque nunca llegó a saberse a ciencia cierta si el disparo fue intencionado, muchos sospecharon, como Burton, que la prolongada pugna entre ambos había desgastado al hombre que había conquistado el desierto hasta el punto de quitarse la vida. Una década después, se demostró que la insistencia de Speke en reivindicar haber sido el primero en descubrir las fuentes del Nilo era legítima.
Durante los primeros años de existencia de la Royal Society, ningún miembro personificó mejor las excentricidades de la institución ni sus audaces misiones como sir Francis Galton. Primo de Charles Darwin,20 había sido un niño prodigio que, a los cuatro años, ya sabía leer y recitar en latín. A lo largo de su vida ingenió un sinfín de inventos, entre ellos un sombrero con ventilación; una máquina llamada Gumption-Reviver («reanimador del sentido común») que periódicamente le humedecía la cabeza para mantenerle despierto durante sus interminables horas de estudio; unas gafas subacuáticas, y un motor de vapor con aspas rotatorias. Aquejado de crisis nerviosas periódicas -«distensión del cerebro», llamaba él a su afección-, estaba obsesionado con medir y contarlo todo. Cuantificó la sensibilidad del oído animal empleando un bastón que producía un silbido apenas audible; la eficacia del rezo; el promedio de la edad de defunción en todas las profesiones (abogados: 66,51 años; médicos: 67,04 años); la longitud exacta de soga que se precisa para desnucar a un criminal evitando la decapitación, y el grado de tedio que podía alcanzar un individuo (en las reuniones de la Royal Geographical Society contaba las veces que cada uno de los miembros del público se rebullía en el asiento). Se sabe también que Galton, que, al igual que muchos de sus colegas, era un racista recalcitrante, intentó medir los niveles de inteligencia en seres humanos. Más tarde se le conocería como el padre de la eugenesia.
En otra época, la monomanía de Galton por la cuantificación le habría hecho parecer un bicho raro. Pero, tal como observó en una ocasión el biólogo evolucionista Stephen Jay Gould, «ningún hombre expresó tanto la fascinación de su era por los números como el célebre primo de Darwin».21 Y tampoco nadie compartía tanto su fascinación por las mediciones como la Royal Geographical Society. En la década de 1850, Galton, que había heredado suficiente dinero para no tener que dedicarse a una profesión, ingresó en la Royal Society y, con el respaldo y la orientación de esta, exploró el sur de África. «La pasión por el viaje se apoderó de mí -escribió- como si fuera un ave migratoria.»22 Cartografió y documentó todo lo que pudo: latitudes y longitudes, topografía, animales, clima, tribus… A su regreso, y con notable fanfarria, recibió la medalla de oro de la Royal Geografical Society, la condecoración más prestigiosa en su ámbito. En 1854 fue elegido para formar parte del cuerpo rector de aquella, en el que, durante las cuatro décadas siguientes, prestó sus servicios en diferentes cargos, entre ellos el de secretario honorario y vicepresidente. Juntos, Galton y sus colegas -todos eran hombres hasta que a finales del siglo xix un voto divisivo admitió a veintiuna mujeres- empezaron a criticar, según describió Joseph Conrad, la actitud de esa clase de geógrafos militantes, «de norte a sur y de este a oeste, conquistando una pequeña verdad aquí y otra pequeña verdad allá, y a veces engullidos por el misterio que con tanto tesón sus corazones se obcecaban en desvelar».23
– ¿Qué materiales está buscando? -me preguntó una de las chicas que se ocupaban de los archivos.
Había bajado a la pequeña sala de lectura del sótano. Las estanterías, iluminadas por fluorescentes, estaban atestadas de guías de viaje, atlas y ejemplares encuadernados de los Proceedings of the Royal Geographical Society. La mayor parte de la colección de más de dos millones de mapas, artefactos, fotografías e informes de expediciones había sido trasladado allí hacía pocos años: ya no se hallaba en un entorno, como se había dado en llamar, de «condiciones dickensianas». Ahora estaban ubicados en unas catacumbas aclimatadas. Por uno de los accesos laterales vi a miembros del personal entrando y saliendo apresuradamente.
Cuando le dije a la chica que buscaba la documentación de Fawcett, me miró con aire socarrón.
– ¿Qué ocurre? -le pregunté.
– Bien, digamos que muchas de las personas que se interesan por Fawcett son un poco…
Su voz fue apagándose a medida que se alejaba. Mientras esperaba, hojeé varios informes de expediciones financiadas por la Royal Society. Uno de ellos describía uno de los viajes de 1844, encabezado por Charles Sturt y su segundo de a bordo, James Poole, quienes exploraron el desierto australiano en busca de un legendario mar interior. «La intensidad del calor es tal que […] el pelo ha dejado de crecernos y las uñas se nos han vuelto tan frágiles como el cristal -escribió Sturt en su diario-. El escorbuto se manifiesta en todos nosotros. Nos aquejan violentas jaquecas, dolores en las extremidades, inflamación y úlceras en las encías. El señor Poole fue empeorando; al final, la piel que cubría sus músculos ennegreció y el hombre perdió el uso de las extremidades inferiores. El día 14 murió repentinamente.»24 El mar interior no existía, y me di cuenta, tras leer estos informes, que el progresivo conocimiento de la tierra se basó, más que en el éxito, en el fracaso, en errores tácticos y en sueños imposibles. La Royal Society bien podía conquistar el mundo, pero no antes de que el mundo hubiese conquistado a sus miembros. Entre la larga lista de miembros que se sacrificaron, Fawcett ocupaba una categoría aparte: la de los ni vivos ni muertos, o, como un escritor los apodó, la de «los muertos vivientes».