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Fawcett y Reeves finalmente subieron a la tercera planta, donde se impartían las clases. Francis Galton advertía a cada uno de los nuevos miembros que pronto sería admitido en «la sociedad de hombres con cuyos nombres llevaba tiempo familiarizado, y a quienes había venerado como sus héroes».7 Al mismo tiempo que Fawcett asistieron al curso Charles Lindsay Temple, que podía obsequiar a sus colegas con historias de sus tiempos en la administración pública de Brasil; el teniente T. Dannreuther, obsesionado por coleccionar mariposas e insectos raros, y Arthur Edward Symour Laughton, abatido a tiros por bandidos mexicanos en 1913 a los treinta y ocho años.

Reeves se puso manos a la obra. Si Fawcett y los demás alumnos seguían sus instrucciones, podrían convertirse en la siguiente generación de grandes exploradores. Reeves les enseñó a hacer algo que los cartógrafos de épocas pasadas desconocían: determinar la posición de uno en cualquier lugar. «Si vendáramos los ojos a un hombre y le lleváramos a cualquier punto de la superficie de la tierra, pongamos a algún lugar situado en el centro de África, y después le quitáramos la venda, el hombre en cuestión podría [de estar adecuadamente adiestrado] indicar en un mapa, en un breve espacio de tiempo, su ubicación exacta»,8 dijo Reeves. Además, si Fawcett y sus colegas se atrevían a escalar los picos más altos y a penetrar en las selvas más densas, podrían cartografiar las zonas del mundo aún por descubrir.

Reeves mostró una serie de objetos extraños. Uno parecía un telescopio acoplado a una rueda circular metálica que lucía varios tornillos y cámaras. Reeves explicó que se trataba de un teodolito, capaz de calcular el ángulo entre el horizonte y los cuerpos celestes. Exhibió otras herramientas -horizontes artificiales, aneroides y sextantes- y luego llevó a Fawcett y a los demás al tejado del edificio para poner a prueba el equipamiento. La niebla a menudo dificultaba la observación del sol o de las estrellas, pero en aquel momento la visibilidad era buena. La latitud, dijo Reeves, podía calcularse midiendo el ángulo del sol al mediodía sobre el horizonte o la altura de la Estrella Polar, y cada uno de los alumnos intentó determinar su posición con los instrumentos, una tarea en extremo compleja para un principiante. Cuando le llegó el turno a Fawcett, Reeves lo observó atónito. «Fue asombrosamente rápido aprendiéndolo todo -recordó Reeves-. Y, aunque nunca antes había utilizado un sextante ni un horizonte artificial para la observación de las estrellas, recuerdo que la primera noche que lo intentó consiguió desplazar las estrellas al horizonte artificial y enseguida alcanzó una excelente altitud sin ninguna dificultad. Todos los que hayan probado a hacerlo sabrán que, habitualmente, es algo que tan solo se consigue tras una práctica considerable.»9

Fawcett aprendió no solo a examinar su entorno sino también a ver: registrar y clasificar todo cuanto le rodeaba, en lo que los griegos denominaban una autopsis.10 Existían dos manuales principales que le sirvieron de ayuda: uno era Art of Travel, escrito por Francis Galton para el público en general; el otro, Hints to Travellers, que había sido editado por Galton y que hacía las veces de Biblia no oficial de la Royal Society.11 (Fawcett llevó un ejemplar con él en su último viaje.) La edición de 1893 afirmaba: «Supone una pérdida, tanto para él como para los demás, que el viajero no observe».12 El manual proseguía: «Recuerde que los primeros y mejores instrumentos son los propios ojos. Utilícelos constantemente, y tome nota in situ de sus observaciones, llevando a tal efecto un cuaderno de notas con páginas numeradas y un mapa […]. Anote, según se vayan sucediendo, todos los objetos importantes: los arroyos, su cauce, su color; las cadenas montañosas, su naturaleza, y su estructura y glaciación aparentes; los tonos y las formas del paisaje; los vientos dominantes; el clima […]. En suma, describa para usted mismo todo cuanto vea».13 (La necesidad de registrar hasta la última observación estaba tan arraigada que, durante la frenética carrera hacia el polo Sur, Robert Falcon Scott siguió tomando notas incluso cuando él y todos sus hombres estaban ya moribundos. Entre las últimas palabras que garabateó en su diario figuran las siguientes: «De haber sobrevivido, habría tenido una historia que contar sobre la audacia, la resistencia y el coraje de mis compañeros que habría conmovido el corazón de todos los ingleses. Estas sobrias notas y nuestros cadáveres deberán narrarla».)14

Para afinar la capacidad de observación de los aspirantes a explorador, los manuales, junto con los seminarios impartidos por la Royal Society, ofrecían nociones básicas de botánica, geología y meteorología. A los estudiantes se los iniciaba asimismo en el joven ámbito de la antropología, a la que a menudo se denominaba «ciencia de los salvajes». Pese al vertiginoso contacto que los Victorianos empezaban a establecer con culturas ajenas, esta doctrina la componían aún casi por entero aficionados y entusiastas. (En 1896, Gran Bretaña solo contaba con un profesor universitario de antropología.)15 Del mismo modo que se le había enseñado a observar los contornos de la tierra, Fawcett aprendió también a observar a los Otros, aquellos a los que en Hints to Travellers se hacía referencia como «salvajes, bárbaros o naciones menos civilizadas».16 El manual advertía al estudiante contra «los prejuicios que han marcado su mentalidad europea»,17 aunque señalaba que «está demostrado que algunas razas son inferiores a otras en volumen y complejidad del cerebro, estando en este sentido los australianos y los africanos por debajo de los europeos».18

Igual que para cartografiar el mundo, había también herramientas para tomar las medidas de una persona: cintas métricas y calibradores para calcular las proporciones del cuerpo, dinamómetros para estimar la fuerza muscular, balanzas de resortes para determinar el peso, yeso de París para hacer impresiones y un craneómetro para averiguar el tamaño del cráneo.19 «Cuando resulte factible hacerlo, deberán enviarse esqueletos de nativos, y especialmente cráneos, para someterlos a un examen minucioso»,20 decía el manual. Obviamente, esto podía resultar delicado: «No siempre será fácil arriesgarse a despertar el desagrado de los nativos arrebatándoles a sus difuntos».21 Se ignoraba si «las distintas razas expresan las emociones de forma diferente, por lo que es recomendable prestar especial atención a si su modo de sonreír, reír, fruncir el entrecejo, llorar, ruborizarse, etcétera, difiere perceptiblemente del nuestro».22

A Fawcett y a sus compañeros de clase se les enseñaban también los rudimentos para organizar y llevar a término una expedición: todo, desde cómo confeccionar almohadas con barro hasta escoger los mejores animales de carga. «Pese a su empedernida obstinación, el asno es una pequeña bestia excelente y sobria, despreciada en exceso por nosotros»,23 señalaba Galton, y calculaba, con su habitual obsesión, que un asno podía cargar unos treinta kilos de peso; un caballo, unos cuarenta y cinco, y un camello, hasta ciento treinta y cinco.

Se instruía al explorador para que antes de embarcarse en el viaje hiciera firmar a todos los miembros de su expedición un consentimiento formal, una especie de pacto. Galton proporcionaba un ejemplo:

Nosotros, los abajo firmantes, componentes de una expedición destinada a explorar el interior de____________________, al mando del señor X, damos nuestro consentimiento para ponernos (y poner también nuestros caballos y equipamiento) por entero y sin reservas a sus órdenes para el propósito mencionado más arriba, desde la fecha de hoy hasta nuestro regreso a ____________________, o, si fracasáramos en el empeño, acatar todas las consecuencias que pudieran derivarse de ello. […]