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Hay algo oculto. Ve y descúbrelo. Ve y mira

tras las montañas […]

Algo perdido tras las montañas. Perdido

y esperándote. ¡Ve!

Fawcett y Chivers cruzaron los Andes e iniciaron el descenso hacia la jungla. Fawcett, que llevaba calzones de tela de gabardina, botas de cuero, un sombrero Stetson y un pañuelo de seda anudado al cuello -su uniforme habitual de explorador-, avanzó por el borde de despeñaderos que caían a centenares de metros. Viajaron con ventisca, por lo que los hombres apenas alcanzaban a ver varios metros al frente, aunque oían cómo las rocas resbalaban bajo los cascos de sus animales de carga y caían al abismo de los collados. Con el viento azotando los picos de seis mil metros de altitud, resultaba difícil creer que se dirigían a la jungla. La altura les provocaba mareos y náuseas. Los animales avanzaban tambaleantes, casi sin aliento, sangrando por el hocico por la falta de oxígeno. Años después, en las mismas montañas, Fawcett perdería la mitad de una recua de veinticuatro muías. «La carga de las muías a veces topaba contra los salientes rocosos y [el animal] acababa despeñándose entre aullidos al precipicio»,19 escribió.

Fawcett y Chivers fueron encontrando puentes -confeccionados con listones de palmera y cables- de hasta cien metros de largo, que salvaban cañones y oscilaban violentamente a merced del viento, como una bandera hecha jirones. Era preciso vendar los ojos a las muías, demasiado asustadas para cruzar. Tras convencerlas a base de artimañas para que cruzaran el puente, los exploradores proseguían con el descenso rodeando peñascos y acantilados y avistando los primeros indicios de vegetación: magnolias y árboles atrofiados. Hacia los mil metros de altitud, donde el calor ya era palpable, encontraron raíces y plantas trepadoras que reptaban por las laderas. Y entonces Fawcett, bañado en sudor, miró a lo lejos del valle y atisbo árboles con forma de araña y paracaídas, nubes y humo; vías fluviales serpenteando a lo largo de miles de kilómetros; un dosel de jungla tan oscura que parecía casi negra: el Amazonas.

Fawcett y Chivers finalmente abandonaron sus animales de carga para seguir viajando en una balsa hecha con ramas y cordeles hasta la frontera del Amazonas, un conjunto de poblaciones al estilo de Dodge y con nombres socarrones, como Esperanza y Villa Hermosa, construidas recientemente en la selva a manos de colonos que habían sucumbido al hechizo del oro negro. Cristóbal Colón fue la primera persona en informar que había visto a indígenas haciendo botar una bola de esa sustancia extraña y pegajosa que brotaba de los árboles tropicales,20 pero fue en 1896, cuando B. F. Goodrich fabricó los primeros neumáticos de automóvil en Estados Unidos, cuando la locura del caucho asoló el Amazonas, que albergaba un auténtico monopolio de látex de la mejor calidad. En 1912, solo Brasil exportó caucho por valor de más de treinta millones de dólares, el equivalente actual de casi quinientos millones de dólares.21 Los magnates del caucho habían transformado Manaos, ubicada a orillas del río Amazonas, en una de las ciudades más chabacanas del mundo. «No se detenían ante ninguna extravagancia, por absurda que fuera -escribió el historiador Robin Furneaux en The Amazon-. Si un magnate del caucho compraba un yate enorme, otro instalaba un león amaestrado en su villa, y un tercero lavaba su caballo con champán.»22 Y nada era más extravagante que el edificio de la ópera, con su mármol italiano, su cristal de Bohemia, sus plateas doradas, sus arañas de cristal, sus murales Victorianos y su cúpula bañada con los colores de la bandera nacional. Prefabricada en Europa y con un coste aproximado de diez millones de dólares de fondos públicos, la ópera fue trasladada por piezas en barco a lo largo de más de mil quinientos kilómetros por el Amazonas, donde los obreros trabajaron sin respiro hasta montarla, también de noche, bajo las primeras bombillas eléctricas de Brasil. No importaba que prácticamente nadie de Manaos hubiese oído hablar de Puccini ni que más de la mitad de los miembros de una compañía teatral foránea acabara muriendo a consecuencia de la fiebre amarilla. Era la apoteosis del boom del caucho.

La perspectiva de amasar una fortuna había atraído a miles de obreros analfabetos a la jungla, donde pronto se endeudaron con los magnates del caucho que les habían proporcionado el transporte, la comida y el equipamiento a crédito. Pertrechado con una lámpara de minero a modo de linterna, el cauchero se abría paso por la jungla a machetazos, trabajando sin respiro de sol a sol, buscando árboles del caucho, y después, a su regreso, hambriento y afiebrado, pasaba horas encorvado sobre el fuego, inhalando humo tóxico, mientras cocía el caucho sobre un asador hasta que este coagulaba. A menudo se tardaba semanas en producir una única bola del tamaño suficiente para ser vendida, y que raramente bastaba para saldar la deuda. Infinidad de caucheros murieron de inanición, disentería y otras enfermedades. El escritor brasileño Euclides da Cunha denominó este sistema «la más criminal organización de mano de obra jamás concebida». Y observó que el cauchero «en realidad viene a encarnar una contradicción colosaclass="underline" ¡es un hombre que trabaja para esclavizarse!». 23

La primera ciudad fronteriza a la que Fawcett y Chivers llegaron fue Rurrenabaque, en el noroeste de Bolivia. Aunque aparecía en letras mayúsculas en el mapa de Fawcett, consistía en poco más que una hilera de cabañas hechas con barro y bambú, que innumerables buitres sobrevolaban en círculos. «Se me cayó el alma a los pies -escribió Fawcett en sus diarios-, y empecé a comprender lo ciertamente primitivo que era este país fluvial.»24

La región no dependía de ningún centro de poder ni de ninguna autoridad gobernante. En 1872, Bolivia y Brasil habían intentado construir un ferrocarril que cruzara la jungla, pero fueron tantos los obreros que murieron a causa de las enfermedades y de los ataques de los indígenas que el proyecto acabó siendo conocido como el Ferrocarril de la Muerte. Se decía que por cada traviesa moría un hombre. Cuando Fawcett llegó, más de tres décadas después, el ferrocarril se encontraba en fase de construcción a manos de una tercera compañía; aun así, solo se habían colocado ocho kilómetros de una vía que, según comentó Fawcett, iba «de ninguna parte a ninguna parte».25 Dado su aislamiento, la frontera del Amazonas estaba gobernada por sus propias leyes y, tal como lo definió un observador, si se comparaba con el Oeste americano, este resultaba «tan formal y correcto como una reunión de rezo».26 Cuando un viajero británico cruzó la región en 1911, informó de un residente que le dijo: «¿Gobierno? ¿Qué es eso? ¡Aquí no conocemos gobierno!».27 La región había sido refugio de bandidos, fugitivos y cazadores de fortuna que llevaban un arma sobre cada cadera, cazaban jaguares al lazo por puro aburrimiento y mataban sin vacilar.

Fawcett y Chivers siguieron sumergiéndose en ese mundo y alcanzaron la lejana avanzada de Riberalta. Allí, Fawcett observó que un barco amarraba en la ribera. Un obrero gritó: «¡Aquí llega el ganado!»,28 y Fawcett vio a guardias con látigos que hacían desembarcar a unos treinta hombres y mujeres indígenas encadenados. Una vez en tierra, los compradores empezaron a inspeccionarlos. Fawcett preguntó a un oficial de aduana quiénes eran aquellas personas. «Esclavos», contestó el oficial.