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Fawcett se quedó conmocionado al oír aquello, porque eran tantos los obreros que morían en la jungla que los magnates del caucho, para nutrir sus reservas de mano de obra, enviaban partidas de hombres armados a la selva para secuestrar y esclavizar a tribus enteras. En una ocasión, a orillas del río Putumayo, en Perú, los horrores infligidos a los indígenas se hicieron tan notorios que el gobierno británico puso en marcha una investigación que reveló que los autores habían vendido acciones de su compañía en la Bolsa de Londres.29 Las pruebas demostraban que la Peruvian Amazon Company había cometido un genocidio al tratar de pacificar y esclavizar a la población nativa: castraron y decapitaron a indígenas, los rociaron con gasolina y les prendieron fuego, los crucificaron boca abajo, los golpearon, los mutilaron, los hicieron morir de hambre, los ahogaron y los convirtieron en comida para perros. Los secuaces de la empresa también violaron a todas las mujeres, y abrieron la cabeza de niños a golpes. «En algunos sectores, los numerosos cuerpos de las víctimas emanan un hedor tal de carne putrefacta que el lugar debe abandonarse temporalmente»,30 comentó un ingeniero que visitó la región, apodada como el «paraíso del demonio». Sir Roger Casement, cónsul general británico a cargo de la investigación, calculó que unos treinta mil indígenas habían muerto a manos de esta compañía cauchera. Un diplomático británico concluyó: «No es una exageración afirmar que esta información, al igual que los métodos empleados en la recolección de caucho por parte de los agentes de la compañía, sobrepasa en horror a todo lo conocido del mundo civilizado durante el último siglo».31

Mucho antes de que, en 1912, el informe de Casement se hiciera público, Fawcett denunció estas atrocidades en editoriales de un periódico británico y en reuniones con altos cargos del gobierno. En una ocasión llamó a los traficantes de esclavos «salvajes» y «escoria». Además, sabía que el boom del caucho había hecho que su propia misión resultara mucho más difícil y peligrosa. Tribus anteriormente amistosas se mostraban hostiles con los extranjeros. A Fawcett le hablaron de una partida de ochenta hombres en la que «tantos miembros murieron por flechas envenenadas que los demás abandonaron el viaje y se retiraron»;32 a otros viajeros se los encontró enterrados hasta la cintura para que fueran devorados por las hormigas de fuego, los gusanos y las abejas. En la revista de la Royal Geographical Society, Fawcett escribió que «la espantosa política que generaba el comercio de esclavos, y que fomentaba abiertamente la despiadada matanza de los indios indígenas, muchos de ellos razas inteligentes»33 había imbuido a los indígenas de una sed de «venganza mortal contra el extranjero», y constituía uno de «los grandes peligros para la exploración en Sudamérica».34

El 25 de septiembre de 1906, Fawcett y Chivers partieron de Riberalta, acompañados por veinte forajidos y guías nativos que habían reclutado en la frontera. Con ellos iban un cateador jamaicano llamado Willis, quien, pese a su afición al alcohol, era un cocinero y un pescador de primera («Era capaz de oler la comida y la bebida como el sabueso huele al conejo»,35 bromeó Fawcett), y un antiguo oficial militar boliviano que hablaba inglés con fluidez y hacía las veces de intérprete. Fawcett se había asegurado de que todos los hombres comprendieran en qué se estaban metiendo. Cualquiera que se rompiera una pierna o enfermara en el interior de la jungla tendría pocas probabilidades de sobrevivir. Cargar con esa persona supondría arriesgar la supervivencia de toda la partida. La lógica de la selva dictaba que fuera abandonada, o, según las sombrías palabras de Fawcett: «Puede elegir entre las pastillas de opio, el hambre o la tortura si los salvajes le encuentran».36

A bordo de canoas que fabricaron con troncos, Fawcett y sus hombres navegaron hacia el oeste, siguiendo la ruta prevista de casi mil kilómetros a lo largo de la frontera entre Brasil y Bolivia. El río estaba repleto de árboles caídos, y desde las canoas Chivers y Fawcett intentaron abrirse paso con los machetes. Las pirañas abundaban en aquella zona y los exploradores se cuidaban de que sus dedos no rozaran la superficie del agua. Theodore Roosevelt, tras explorar un afluente del Amazonas en 1914, describió la piraña como «el pez más feroz del mundo. -Y añadió-: Desgarra y devora vivo a cualquier hombre o animal herido, ya que la presencia de sangre en el agua lo excita hasta la locura […]. La cabeza, con su boca pequeña, sus penetrantes y malévolos ojos, y sus fauces blindadas, es la encarnación de la ferocidad diabólica».37

Antes de bañarse, Fawcett se inspeccionaba el cuerpo en busca de forúnculos y cortes. La primera vez que nadó en el río, dijo: «Tenía un ligero nudo en la boca del estómago».38 No solo temía a la piraña, sino también al candirú y a la anguila eléctrica, o puraque. Estas últimas -de unos dos metros, con la cabeza plana y los ojos tan prominentes que casi descansan sobre el labio superior- eran pilas vivientes: descargaban hasta seiscientos cincuenta voltios de electricidad en el cuerpo de su víctima. Podían electrocutar una rana o un pez en una charca sin siquiera tocarlo.39 El explorador y científico alemán Alexander von Humboldt,40 que viajó por la región amazónica del río Orinoco a principios del siglo xix, llevó, con la ayuda de indígenas que sujetaban arpones, treinta caballos y muías hasta un pantano lleno de anguilas eléctricas para ver qué ocurría. Los animales, con las crines erizadas y los ojos inflamados, retrocedieron aterrorizados a medida que las anguilas los rodeaban. Algunos caballos intentaron salir del agua, pero los indígenas se lo impidieron con la ayuda de arpones. En cuestión de segundos, dos caballos se habían ahogado, mientras que los demás finalmente consiguieron romper la barrera de los indígenas y se desplomaron, exhaustos y entumecidos. «Una descarga es suficiente para paralizar y ahogar a un hombre, pero la forma de ataque del puraque consiste en repetir las descargas para asegurarse la víctima»,41 escribió Fawcett. Concluyó que una persona debe hacer cosas en estos lares «que no dejan esperanza al epitafio, que hay que hacer con sangre fría y, a menudo, con una secuela de tragedia».42

Un día, Fawcett atisbo algo en la orilla del perezoso río. Al principio le pareció un árbol caído, pero de pronto el objeto empezó a ondularse en dirección a las canoas. Era más grande que una anguila eléctrica y, al verlo, los compañeros de Fawcett gritaron. Fawcett alzó el rifle y disparó al objeto hasta que el humo saturó el aire. Cuando la criatura dejó de moverse, los hombres acercaron a ella una canoa. Era una anaconda. En sus informes a la Royal Geographical Society, Fawcett insistió en que medía más de veinte metros («¡Serpientes enormes!», anunció a toda plana un titular de la prensa británica), aunque gran parte de la anaconda estaba sumergida y seguramente era más pequeña: la más larga de la que se tiene constancia oficial medía ocho metros y medio. (Con esa longitud, una sola anaconda puede pesar más de media tonelada y, gracias a los músculos elásticos de sus mandíbulas, engullir un ciervo entero.) Mientras observaba la serpiente inmóvil que tenía frente a él, Fawcett extrajo su cuchillo. Intentó cortar un trozo de piel para guardarlo en un recipiente para muestras, pero al clavarle el cuchillo la anaconda dio una sacudida hacia él y los demás, que salieron despavoridos.

Mientras la expedición avanzaba, sus miembros observaban la jungla. «Era uno de los viajes más lúgubres que había hecho, pues la quietud del río resultaba amenazadora, y la corriente calma y las aguas profundas parecían augurar males venideros -escribió Fawcett meses después de partir de Riberalta-. Los demonios de los ríos amazónicos estaban fuera de ellos, manifestando su presencia en cielos plomizos, lluvias torrenciales y umbríos muros de vegetación.»43