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Fawcett impuso un estricto régimen. Según Henry Costin, antiguo cabo británico que acompañó en varias expediciones posteriores a Fawcett, la partida se levantaba con la primera luz del día; una persona se encargaba de dar el toque de diana.

Luego los hombres se dirigían al río, se aseaban, se lavaban los dientes y recogían el campamento, mientras la persona encargada del desayuno prendía una hoguera. «Vivíamos de forma sencilla -recordó Costin-. El desayuno solía consistir en gachas, leche enlatada y mucho azúcar.»44 En cuestión de minutos, los hombres estaban en marcha. La recopilación de infinidad de datos para los informes de Fawcett a la RGS -entre otros, inspecciones del entorno, bocetos del paisaje, lecturas barométricas y de temperatura, y catálogos de la flora y fauna- requería un trabajo concienzudo, y Fawcett se esforzaba con ahínco. «La inactividad era lo que no soportaba»,45 dijo en una ocasión. La jungla parecía exacerbar sus rasgos más sobresalientes: el coraje y la resistencia, junto con la irascibilidad y la intolerancia frente a las debilidades ajenas. Permitía que sus hombres hiciesen una breve pausa para almorzar -un aperitivo consistente en varias galletas- durante caminatas que llegaban a prolongarse hasta doce horas al día.

Justo antes de la puesta de sol, indicaba a sus hombres que montasen el campamento. Willis, el cocinero, estaba a cargo de la preparación de la cena y complementaba la sopa en polvo con los animales que el grupo hubiese cazado. El hambre lo convertía todo en un manjar: armadillos, pastinacas, tortugas, anacondas, ratas. «A los monos se los considera una buena comida -observó Fawcett-. Su carne tiene un sabor bastante agradable, pero al principio la idea me repugnaba porque, extendido sobre el fuego para quemarle el pelo, su aspecto parecía horriblemente humano.»46

Mientras avanzaban por la selva, Fawcett y sus hombres eran más vulnerables a los depredadores. En una ocasión, una piara de cerdos salvajes corrieron en estampida hacia Chivers y el intérprete, que dispararon sus armas en todas las direcciones mientras Willis se encaramó rápidamente a un árbol para evitar recibir un disparo de sus compañeros. Incluso las ranas podían resultar mortales al tacto: un solo ejemplar de Phyllobates terribilis, que se encuentra en el Amazonas colombiano, posee suficientes toxinas para matar a un centenar de personas. Un día, Fawcett tropezó con una serpiente coral, cuyo veneno inhabilita el sistema nervioso central de su víctima, asfixiándola. En el Amazonas, se maravilló Fawcett, el reino animal «es contrario al hombre como en ningún otro lugar del mundo».47

Pero no eran los grandes depredadores lo que más preocupaba a Fawcett y a sus compañeros: eran las interminables plagas. Las hormigas bravas podían reducir a jirones la ropa y los morrales de los hombres en una sola noche. Las garrapatas, que se adherían como sanguijuelas (otro azote), y las niguas rojas peludas, que consumían tejido humano. Los milpiés, secretores de cianuro. Los gusanos parásitos que causaban ceguera. Las moscas tórsalo, que introducían el ovopositor a través de la ropa y depositaban los huevos bajo la piel, donde eclosionaban y luego anidaban las larvas. Las casi invisibles moscas llamadas pium, que dejaban el cuerpo de los exploradores sembrado de heridas. Y también estaban las «chinches besadoras», que picaban a la víctima en los labios, transfiriéndole un protozoo denominado Trypanosoma cruzi; veinte años después, la persona afectada, creyendo que había escapado ilesa de la jungla, moría a consecuencia de una inflamación del corazón o del cerebro. No obstante, nada resultaba más peligroso que los mosquitos. Transmitían toda clase de enfermedades y dolencias, desde la malaria hasta la fiebre «aplasta huesos», pasando por la elefantiasis y la fiebre amarilla. «[Los mosquitos] constituyen el principal motivo por el que la selva del Amazonas es aún una frontera sin conquistar»,48 escribió Willard Price en su obra de 1952 The Amazing Amazon [El maravilloso Amazonas: un mundo de riquezas sin límite].

Fawcett y sus hombres se protegían con mosquiteras, pero incluso estas resultaban insuficientes. «Las moscas pium caían sobre nosotros en nubes -escribió Fawcett-. Nos veíamos obligados a cerrar con mosquiteras los dos extremos del cobertizo de hojas de palmera [del barco] y a cubrirnos la cabeza con velos, y pese a ello nuestras manos y nuestra cara enseguida se convertían en un tapiz de ampollas diminutas y sangrantes que picaban horrores.»49 Mientras tanto, las polvorinas, tan pequeñas que parecen polvo, se ocultaban en el pelo de Fawcett y de sus compañeros. A menudo, lo único en que podían pensar los hombres era en los insectos. Llegaron a identificar los diferentes sonidos que producía el roce de las alas de cada uno de ellos. («El tábano llegaba en solitario, pero anunciaba su presencia con una sonda similar a una aguja»,50 dijo Fawcett.) Las chinches atormentaban a los exploradores hasta el punto de la locura, como demostraba el diario de un naturalista que tiempo después acompañó a Fawcett en otra expedición:

20/10: Atacados en las hamacas por jejenes diminutos de poco más de dos milímetros de longitud; las mosquiteras no ofrecen protección contra ellos; los jejenes pican toda la noche y no dejan dormir.

21/10: Otra noche en vela debido a los jejenes succionadores de sangre.

22/10: Mi cuerpo es una masa de bultos por las picaduras de insectos; muñecas y manos hinchadas por las picaduras de los diminutos jejenes. Dos noches casi sin dormir: simplemente horrible. […] Lluvia al mediodía, toda la tarde y casi toda la noche. Se me empaparon los zapatos desde que empezó. […] Lo peor hasta ahora, las garrapatas.

23/10: Noche espantosa con las peores picaduras de jején hasta ahora; ni siquiera el humo los ahuyenta.

24/10: Más de la mitad de los hombres enfermos por las picaduras. Muñecas y manos hinchadas. Me embadurno las piernas con yodo.

25/10: Me he despertado y he encontrado cubierto de termitas todo lo que dejamos en el suelo. […] Los jejenes succionadores de sangre siguen con nosotros.

30/10: Abejas del sudor, jejenes y polverinas (jejenes succionadores de sangre), horrible.

2/11: Veo borroso con el ojo derecho a consecuencia de los jejenes.

3/11: Abejas y jejenes peor que nunca; ciertamente, «no hay descanso para el cansado».

5/11: Mi primera experiencia con las abejas comedoras de carne y carroña. Jejenes en nubes (los peores que hemos encontrado), que estropean la comida porque se llena de cuerpos repugnantes, con el vientre rojo y asquerosamente hinchado con la sangre de uno.51

A los seis meses de expedición, la mayoría de los hombres, entre ellos Chivers, estaban enfermos y con fiebre. Les aquejaba una sed insaciable, jaquecas insufribles y temblores incontrolables. Sus músculos palpitaban de tal modo que les resultaba difícil caminar. Habían contraído, en la mayor parte de los casos, fiebre amarilla o malaria. Si se trataba de fiebre amarilla, lo que los hombres más temían era esputar sangre -el llamado «vómito negro»-, lo cual significaba que la muerte les rondaba. Cuando se trataba de malaria -que, según una estimación,52 contraían más del ochenta por ciento de las personas que trabajaban en el Amazonas-, los hombres experimentaban a veces alucinaciones, y podían entrar en coma y morir. En un momento dado, Fawcett compartió una embarcación con cuatro pasajeros que enfermaron y murieron. Con la ayuda de los remos, los demás cavaron sus tumbas en la orilla. Su único monumento, comentó Fawcett, consistió en «un par de ramas cruzadas y atadas con hierba».53

Una mañana, Fawcett advirtió una serie de hendiduras en una ribera fangosa. Se agachó para inspeccionarlas. Eran huellas humanas. Fawcett inspeccionó el entorno, y encontró ramas rotas y hojas pisoteadas. Los indígenas seguían sus pasos.