– Usted no parece explorador.
– No mucho.
– Bueno, es mejor que esté bien alimentado si va a ir a la selva.
Empezó a abrir armarios y a sacar de ellos cazuelas y sartenes, y encendió la cocina de gas. La mesa pronto estuvo llena de cuencos con risotto, verduras al vapor, pan casero y pastel caliente de manzana.
– Todo es vegetariano -dijo-. P. H. F. creía que así aumentaba la resistencia física. Además, nunca mataba animales a menos que se viera obligado a hacerlo.
Cuando nos sentamos a comer apareció Isabelle, la hija de Rolette, de veintitrés años. Llevaba el pelo más corto que su madre y sus ojos poseían algo de esa intensidad que desprendían los de su bisabuelo. Era piloto de la British Airways.
– En realidad, envidio a mi bisabuelo -dijo Isabelle-. En sus tiempos, uno podía marcharse con el fin de descubrir alguna parte recóndita del mundo. Ahora, ¿adónde se puede ir?
Rolette colocó un cáliz de plata antiguo en el centro de la mesa.
– He traído esto especialmente para usted -dijo-. Es el cáliz con el que bautizaron a P. H. E.
Lo alzó contra la luz. En un lado tenía grabadas flores y retoños; en el otro, la inscripción del número 1876, el año en que había nacido Fawcett.
Después de cenar charlamos un rato. Le pregunté algo sobre lo que había reflexionado mucho: si, al decidir mi ruta, debía basarme, como habían hecho muchas otras expediciones, en las coordinadas del Dead Horse Camp que se citaban en A través de la selva amazónica.
– Bien, debe tener cuidado con eso -dijo Rolette.
– ¿Qué quiere decir?
– P. H. F. las escribió para despistar a la gente. Eran un subterfugio.
La noticia me dejó atónito e inquieto al mismo tiempo: si eso era cierto, significaba que muchas personas habían emprendido, tal vez con consecuencias trágicas, el camino erróneo. Cuando pregunté por qué Brian Fawcett, que había editado A través de la selva amazónica, habría perpetrado ese engaño, ella me explicó que deseaba cumplir los deseos de su padre y de su hermano. Cuanto más hablaba, mejor comprendía yo que lo que para muchos era un misterio fascinante, para su familia suponía una tragedia. Cuando acabamos de cenar, Rolette comentó:
– Cuando alguien desaparece, no es como si se produjese una muerte corriente. No hay un final, una clausura.
(Más tarde, me confesó: «¿Sabe?, cuando mi madre se estaba muriendo, le dije: "Al menos, finalmente sabrás qué les pasó a P. H. F. y a Jack"».) Rolette hizo una larga pausa, como intentando tomar una decisión al respecto de algo, y luego preguntó:
– ¿Realmente quiere descubrir qué le ocurrió a mi abuelo?
– Si es posible, sí.
– Quiero enseñarle algo.
Me llevó a una habitación de la parte posterior de la casa y abrió un gran baúl de madera. Dentro había varios libros encuadernados en cuero. Algunos estaban unidos con cordeles atados con lazos.
– ¿Qué son? -pregunté.
– Los diarios y los cuadernos de bitácora de P. H. F. -Me los tendió-. Puede consultarlos, pero debe tratarlos con mucho cuidado.
Abrí uno de ellos, datado en 1909. La cubierta dejó una mancha negra en las yemas de mis dedos, una mezcla, imaginé, de polvo Victoriano y lodo selvático. Las hojas prácticamente se desprendían al pasarlas, y las sujeté con extrema delicadeza entre el índice y el pulgar. Reconocí la caligrafía microscópica de Fawcett, y me invadió una sensación extraña. Ahí tenía algo que Fawcett también había tocado, algo que contenía sus pensamientos más íntimos y que muy pocos habían visto. La escritora Janet Malcolm comparó en una ocasión al biógrafo con un «ladrón profesional que allana una casa, husmea en ciertos cajones que tiene buenas razones para creer que contienen las joyas y el dinero, y se marcha triunfante con el botín».1
Me senté en el sofá del salón. Había aproximadamente un libro por año entre 1906 (la primera expedición) y 1921 (el penúltimo viaje). Como cabía esperar, había llevado un diario de cada una de sus expediciones en el que había anotado sus observaciones. Muchos estaban repletos de mapas y cálculos topográficos. En las guardas había poemas que había copiado para leerlos en la jungla, en momentos de soledad y desesperación. Uno parecía dedicado a Nina:
¡Oh, amor, mi amor! Conserva la voluntad […].
Soy tuyo hasta el final.
Fawcett también garabateó versos de «Soledad», de Ella Wheeler Wilcox:
Pero nadie puede ayudarte a morir.
Hay espacio en los salones del placer
para un largo y digno tren,
pero uno por uno todos tenemos que desfilar
por los estrechos pasillos del dolor.
Muchos de los diarios estaban repletos de información prosaica, del día a día, de alguien sin expectativas de hacer historia: «9 de julio. […] Noche en vela […] Mucha lluvia, empapados ya al mediodía […] 11 de julio. […] Lluvia fuerte a partir de la medianoche. Llegamos [al campamento] siguiendo nuestras huellas, pescamos […] 17 de julio. […] Cruzamos a nado para coger una balsa». Luego, de pronto, un comentario casual revelaba la naturaleza angustiosa de su existencia: «Me encuentro muy mal […]. Anoche tomé una [ampolla] de morfina debido al dolor de pies para poder descansar. Me provocó un intenso dolor de estómago y tuve que introducirme un dedo en la garganta para vomitar».2
En la otra sala se oyó un fuerte ruido y alcé la mirada. Era Isabelle, que se había enzarzado con un videojuego en el ordenador. Cogí otro libro. Tenía un cerrojo para proteger su contenido. «Ese es su "Libro de los Tesoros"», dijo Rolette. El cerrojo estaba abierto, y dentro había historias sobre tesoros enterrados que Fawcett había recopilado, como el de Galla-pita-Galla, y mapas de supuestas ubicaciones: «En esa cueva hay un tesoro, cuya existencia conozco yo y solo yo».
En diarios posteriores, mientras desarrollaba su teoría sobre Z, Fawcett hizo más anotaciones arqueológicas. Había dibujos de extraños jeroglíficos. Los indios botocudo, en la actualidad prácticamente extintos, le habían hablado de la leyenda de una ciudad «inmensamente rica en oro, tanto que refulge como el fuego». Fawcett añadía: «Es solo concebible que pudiera tratarse de Z». A medida que parecía aproximarse a su objetivo, se tornaba más reservado. En el cuaderno de 1921, esbozaba un «código» que al parecer había ideado, junto con su esposa, para el envío de mensajes:
78804 Kratzbank = Hallazgos tal como se describen
78806 Kratzfuss = Rico, importante y maravilloso
78808 Kratzka = Ciudades localizadas; futuro ahora asegurado
Examinando el diario, reparé en una palabra que figuraba en el margen de una página: dead. Lo observé más de cerca y vi dos palabras más al lado de la primera. Juntas, decían: dead horse camp. Debajo estaban las coordenadas; me apresuré a hojear mi cuaderno, donde había anotado la posición del campamento según A través de la selva amazónica. Diferían significativamente.