Asimismo, se sorprendía de su habilidad para eludir a los depredadores. En una ocasión, tras esquivar de un salto a una serpiente lora, escribió en su diario: «Lo que me pasmó, más que cualquier otra cosa, fue la advertencia de mi subconsciente, y la respuesta muscular inmediata […]. No la había visto hasta que refulgió entre mis piernas, pero el "hombre interior" (si así puedo llamarlo) no solo la vio a tiempo, ¡sino que además calculó con exactitud la altura y la distancia de su ataque, y envió las subsiguientes órdenes al cuerpo!».35 Su colega de la RGS William Barclay, que trabajaba en Bolivia y conocía mejor que nadie los métodos de exploración de Fawcett, dijo que con los años había desarrollado «la convicción de que ningún, peligro podría tocarle» y de que, al igual que un héroe mítico, «sus actos y sus reacciones estaban predestinados».36 O, como a Fawcett le gustaba decir: «Estoy en manos de los dioses».37
No obstante, esas mismas características que hacían de Fawcett un gran explorador -furia demoníaca, resolución y un sentido casi divino de inmortalidad-, también lo convertían en una compañía terrible. No permitía que nada interfiriese en su camino hacia el objetivo que se había marcado… o en su destino. Estaba «preparado para viajar con menos peso y más esfuerzo de lo que la mayoría de las personas consideran posible o adecuado»,38 reproducía la revista de la Royal Geographical Society. En una carta a la Royal Society, Nina informó: «Por cierto, les divertirá saber que el comandante Fawcett contempló la posibilidad de cruzar ciento sesenta kilómetros de selva… ¡en un mes! ¡Los otros casi se quedaron sin aliento ante la idea!».39
Mostraba una gran lealtad hacia aquellos que eran capaces de seguirle el paso. Con quienes no lo eran…, bien, Fawcett llegó a creer que la enfermedad, incluso la muerte de estos, confirmaba una cobardía subyacente. «Estos viajes no pueden ejecutarse a la ligera -escribió Fawcett a Keltie-, o yo no habría llegado nunca a ninguna parte. Para con quienes puedan hacerlos, no tengo sino gratitud y elogios; para con quienes no puedan, solo tengo compasión, pues aceptan el trabajo con los ojos abiertos; pero para los perezosos o incompetentes, no tengo nada en absoluto.»40 En sus documentos privados, Fawcett tildaba a un antiguo ayudante de «¡sinvergüenza inútil! ¡El típico vago!»,41 y así lo escribió bajo el obituario del hombre. (Se había ahogado en un río de Perú.) Expulsó a varios hombres de sus expediciones, y otros tantos, ofendidos y amargados, le abandonaron. «No nos permitía detenernos para comer o dormir -se quejó un antiguo componente de su equipo a otro explorador sudamericano-. Trabajábamos veinticuatro horas al día y nos trataba como a bueyes espoleados con un látigo.»42
«La presión siempre ha sido excesiva para los miembros de mis partidas»,43 informó Fawcett a Keltie, y añadió: «No tengo compasión con la incompetencia».44
Keltie reprendió amablemente a su amigo: «Me alegra mucho saber que te mantienes en tan buena forma. Debes de tener una constitución maravillosa para soportar todo lo que has soportado y no haber empeorado. Me temo que quizá esto te haga ser un poco intolerante con los hombres que no son tan fuertes como tú».45
Keltie sin duda tenía en mente a un hombre en particular, un explorador cuya colaboración con Fawcett, en 1911, acabó siendo nefasta.
Parecían el tándem perfecto: James Murray, el gran científico polar, y Fawcett, el gran explorador del Amazonas. Juntos se abrirían camino a lo largo de kilómetros de jungla inexplorada en las inmediaciones del río Heath, siguiendo la frontera noroccidental entre Bolivia y Perú, para cartografiar la región y estudiar a sus habitantes y su fauna. La Royal Geographical Society había alentado la expedición, de modo que ¿por qué no? Nacido en Glasgow en 1865,46 Murray era el hijo brillante y singular de un tendero. De joven, había vivido obsesionado con el reciente descubrimiento de criaturas microscópicas y, pertrechado con poco más que un microscopio y un recipiente para muestras, se convirtió en un experto en la materia, prácticamente autodidacta y de renombre mundial. En 1902 ayudó a inspeccionar las profundidades lodosas de los lagos escoceses. Cinco años después, Ernest Shackleton alistó a Murray para su expedición a la Antártida, donde recabó datos que revolucionaron la biología marina, la física, la óptica y la meteorología. Más tarde, fue coautor de un libro titulado Antarctic Days, en el que describía el uso de un trineo en la nieve: «Mientras tiras, tienes un calor que te incomoda; mientras descansas, tienes un frío que también te incomoda. Siempre tienes hambre. Al frente tan solo tienes la superficie del hielo, que se prolonga hasta el horizonte».47 De una curiosidad voraz, soberbio, rebelde, excéntrico, audaz y autodidacta, Murray parecía el Doppelgänger de Fawcett, su clon. Incluso era artista. Y en septiembre de 1911, cuando llegó a San Carlos, un puesto fronterizo situado entre Bolivia y Perú, Fawcett afirmó en una carta a la Royal Geographical Society: «Es un hombre admirable para el trabajo».48
Pero, de haber estudiado alguien con detenimiento el carácter de ambos, habría advertido señales de alarma. Aunque solo era dos años mayor que Fawcett, Murray, de cuarenta y seis, tenía un aspecto ajado; su rostro, con un bigote bien recortado y el pelo algo canoso, estaba repleto de surcos; y no gozaba de buena forma física. Durante la expedición escocesa, había sufrido un colapso que había afectado todo su cuerpo. «Tuve reumatismo, inflamación de ojos, y sabe Dios qué no tuve»,49 dijo. En la expedición con Shackleton, había estado a cargo del campamento base y no había tenido que soportar las condiciones más brutales del entorno.
Asimismo, los requisitos para un gran explorador polar y para un explorador amazónico no eran necesariamente los mismos. De hecho, las dos modalidades de exploración son, en muchos sentidos, antitéticas. El explorador polar tiene que soportar temperaturas de casi cien grados bajo cero, y los mismos horrores una y otra vez: congelación, grietas en el hielo y escorbuto. Mira a su alrededor y ve una y otra vez nieve y hielo: un entorno de un blanco implacable. Saber que ese paisaje no cambiará produce un terror psicológico, y el reto consiste en soportar, al igual que un prisionero sin ningún contacto con el mundo exterior, la privación sensorial. En contraste, el explorador amazónico, inmerso en una caldera de calor, sufre una agresión constante a los sentidos. En vez de hielo hay lluvia, y el explorador topa por todas partes con algún peligro que le acecha: el mosquito de la malaria, una lanza, una serpiente, una araña, una piraña. La mente debe bregar con el terror del cerco perpetuo.
Fawcett llevaba tiempo convencido de que el Amazonas era un lugar que entrañaba más dificultades y de mayor trascendencia científica -en los aspectos botánico, zoológico, geográfico y antropológico- que lo que él desdeñaba como la exploración de «estériles regiones de hielo perpetuo».50 Y le contrariaba la popularidad de la que gozaban los exploradores polares entre el público y la extraordinaria financiación que recibían. Murray, por su parte, estaba seguro de que su viaje con Shackleton -un viaje más publicitado que ninguno de los que Fawcett había emprendido hasta entonces- elevaba su persona por encima del hombre al cargo de su última expedición.
Mientras los dos exploradores se tomaban las medidas, se les unió Henry Costin, un cabo británico que en 1910, aburrido de la vida militar, había respondido a un anuncio que Fawcett había publicado en la prensa buscando un acompañante aventurero. Bajo y fornido, con un atrevido bigote kiplinesco y pobladas cejas, Costin había demostrado ser el ayudante más incondicional y eficaz de Fawcett. Estaba sobradamente en forma -había sido instructor de gimnasia en el ejército- y era un tirador de talla mundial. Uno de sus hijos lo describió tiempo después de este modo: «Un tipo duro que detestaba las sandeces».51