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Completaban la partida Henry Manley, un inglés de veintiséis años, que decía ser «explorador» de profesión, aunque aún no había viajado mucho, y unos cuantos porteadores nativos.

El 4 de octubre de 1911, la expedición se preparó para partir de San Carlos e iniciar la caminata hacia el norte a lo largo de las riberas del río Heath. Un oficial boliviano había advertido a Fawcett de que no viajara en esa dirección. «Es imposible -dijo-. Los [indios] guarayo son peligrosos, ¡hay tantos que incluso se atreven a atacarnos a nosotros, a soldados armados! Penetrar en su territorio es una auténtica locura.»52

Fawcett no se amilanó. Tampoco Murray; al fin y al cabo, ¿qué dificultad podía tener la jungla en comparación con la Antártida? Durante las primeras etapas, los hombres disfrutaron de las ventajas que suponía llevar consigo los animales de carga, por lo que Murray aprovechó para llevar su microscopio y sus recipientes para muestras. Una noche, Murray se quedó atónito al ver el cielo atestado de murciélagos que atacaban a los animales. «Varias muías con heridas terribles y sangrantes»,53 escribió en su diario. Los murciélagos tenían los dientes tan afilados como cuchillas, y perforaban la piel con tal rapidez y precisión que si la víctima estaba dormida a menudo no se despertaba. Empleaban sus lenguas estriadas para chupar sangre durante un intervalo de hasta cuarenta minutos, segregando una sustancia que impedía que la sangre se coagulara y que la herida cicatrizase. También podían transmitir un protozoo letal.

Los hombres se apresuraron a lavar y a curar las heridas de las muías para evitar que se infectaran, pero esa no era su única preocupación: los murciélagos también se alimentaban de sangre humana, como Costin y Fawcett habían descubierto en un viaje anterior. «A todos nos mordieron los murciélagos -recordó Costin tiempo después en una carta-. El comandante tenía heridas en la cabeza, mientras que a mí me mordieron en cada uno de los cuatro nudillos de la mano derecha […]. Es asombroso la cantidad de sangre que puede perderse por esas pequeñas incisiones.»54

«Nos despertamos y vimos las hamacas empapadas de sangre -dijo Fawcett-, ya que cualquier parte de nuestro cuerpo que tocara la mosquitera o asomara bajo ella era atacada por estos detestables animales.»55

En la jungla, un animal de carga tropezaba cada pocos pasos con troncos cubiertos de lodo o se hundía en charcos de barro, y los hombres tenían que atizar, empujar y golpear a las pobres bestias para que siguieran avanzando. «Sin duda se necesita tener el estómago de acero y piedra para caminar detrás [de estos animales] y guiarlos -escribió en su diario un compañero de Fawcett-. A menudo me mancho con coágulos húmedos de sangre putrefacta y otras sustancias hediondas que supuran de sus cabezas ulceradas, constantemente irritadas por las picaduras de insectos. Ayer les extirpé unos gusanos con una rama y embadurné las heridas con una mezcla de cera derretida y azufre, pero dudo que resulte efectivo.»56 Los animales, por lo general, no sobrevivían más de un mes en esas condiciones. Otro explorador del Amazonas escribió: «Los propios animales son una estampa lastimosa: sangran por heridas grandes y con escaras […], les sale espuma de la boca, embisten y se crispan en este auténtico infierno terrenal. Tanto para los hombres como para las bestias, esta es una existencia espantosa, aunque una muerte clemente suele poner fin al sufrimiento de estas últimas».57 Fawcett finalmente anunció que abandonarían a los animales de carga y proseguirían a pie con solo un par de perros, a los que consideraban la mejor compañía: hábiles en la caza, sumisos y leales hasta el final.

Con los años, Fawcett había ido afinando la cantidad de equipaje que su equipo podía cargar a la espalda, de modo que los fardos pesaban unos veintisiete kilos. Cada hombre cargaba con el suyo, pero Fawcett pidió a Murray que llevara una cosa más: el cernedor para cribar oro. El peso de la mochila dejó perplejo a Murray cuando empezó a cargarla por la densa jungla y el barro, que en ocasiones llegaba hasta la cintura. «Estuve a punto de perder las fuerzas, y avanzaba despacio, descansando cada poco»,58 escribió en su diario. Fawcett se vio obligado a enviar a un porteador para que le ayudara a transportar su carga. Al día siguiente, Murray parecía incluso más exhausto y se desplomó en la retaguardia del grupo mientras ascendía una colina repleta de árboles caídos. Los demás no se dieron cuenta y prosiguieron con la ascensión. «Subí y sorteé los árboles durante una hora, una tarea agotadora con la pesada carga, y no recorrí ni cien metros -escribió Murray-. No quedaba rastro del sendero y no podía seguir, no podía ascender la pronunciada colina ni podía retroceder.»

Mientras trataba de encontrar a Fawcett y a los demás, Murray oyó el rumor de un río y, con la esperanza de que pudiera conducir a un sendero más fácil, sacó el machete e intentó descender hasta él, cercenando las enmarañadas enredaderas y las enormes raíces de los árboles. «Sin un machete -advirtió-, perderse en una selva así significa la muerte.» Tenía llagas en los pies debido al roce de las botas, y lanzaba al frente la mochila, luego la recogía y volvía a lanzarla. El rugido del río era cada vez más intenso. Murray se precipitó hacia él, pero llegó a la orilla a demasiada velocidad y perdió el equilibrio, lo que hizo que algo cayera de su mochila: un retrato y cartas de su esposa. Mientras contemplaba cómo el agua los engullía, se apoderó de él «un desánimo supersticioso».

Siguió avanzando, desesperado por encontrar a los otros antes de que la noche consumiera la poca luz que se filtraba en la selva. Vio huellas en el lodo que se acumulaba en la orilla. ¿Serían de los indios guarayo de los que tanto les habían hablado, el nombre de cuya tribu significaba «bélico»? Luego atisbo una tienda en la distancia y se encaminó hacia ella, renqueante. Cuando llegó allí descubrió que se trataba de una roca. Su mente le engañaba. Había estado caminando desde el amanecer, pero apenas había avanzado unos centenares de metros. Empezaba a oscurecer y en un arrebato de pánico disparó el rifle al aire. No hubo respuesta. Le dolían los pies, se sentó y se quitó las botas y los calcetines; la piel se le desprendió de los tobillos. No tenía más comida que medio kilo de caramelos, que Nina Fawcett había preparado para la expedición. Debían repartirse entre todo el grupo, pero Murray devoró la mitad de la caja, con la ayuda de la lechosa agua del río. Tumbado solo en la penumbra, se fumó tres cigarrillos turcos, tratando de sofocar el hambre. Y se durmió.

Por la mañana, el grupo lo encontró y Fawcett le reprendió por ralentizar la progresión de la partida. Pero Murray se rezagaba cada vez más. No estaba habituado a pasar tanta hambre, un hambre incesante, opresiva y lacerante que corroía cuerpo y mente por igual. Más tarde, cuando le dieron unos pocos cereales, se los embutió ávido en la boca con la ayuda de una hoja y dejó que se le deshicieran en la lengua. «No deseo otra cosa que tener asegurada una ración como esta durante el tiempo que me queda», dijo. Las anotaciones de su diario se tornaron más agitadas y frenéticas:

Mucho esfuerzo y calor, muy exhausto; sugiero un descanso breve, Fawcett se niega; me quedo atrás, solo. Cuando consigo avanzar a duras penas, maleza terriblemente densa, no puedo atravesarla, atajo de nuevo por el río, muy duro ir hasta allí […]. Veo otra playa en el siguiente meandro del río; intento alcanzarla vadeándolo, demasiado profundo; vuelvo a la playa de barro, ya ha anochecido; recojo ramas, cañas y lianas y enciendo una hoguera para secar la ropa; no tengo comida, algunos comprimidos de sacarina; me fumo tres cigarrillos; succiono algunos frutos; los mosquitos, muy mal, las picadas no me dejan dormir; frío y cansancio; pruebo con un sedante de opio, no surte efecto; ruidos extraños en el río y en la selva; [un oso hormiguero] baja a beber a la orilla opuesta y arma mucho estrépito. Me parece oír voces al otro lado del río, e imagino que podrían ser los guarayo. Toda la ropa llena de arena, se me mete en la boca; noche terrible.