Murray, mientras tanto, parecía estar desarmándose literalmente. Uno de los dedos se le inflamó tras rozar una planta venenosa. Luego se le desprendió la uña, como si alguien se la hubiese extirpado con unas tenazas. A continuación, en la mano derecha se le abrió, según la describió él mismo, «una herida supurante, profunda y muy enferma», que convertía en una «agonía» incluso tender la hamaca. Luego tuvo diarrea. Un día se despertó y vio que en una rodilla y en un brazo tenía algo que parecían lombrices. Lo examinó más de cerca. Eran gusanos que habían anidado y crecían bajo su piel. Solo en el codo contó cincuenta. «Resulta muy doloroso cuando se mueven, cosa que hacen a todas horas», escribió Murray.
Asqueado, intentó, a pesar de las advertencias de Fawcett, envenenarlos. Se introducía en las heridas cualquier cosa -nicotina, sublimado corrosivo, permanganato de potasio- y luego intentaba sacar los gusanos con una aguja o apretando la carne de alrededor. Algunos gusanos murieron por efecto del veneno y empezaron a pudrírsele dentro. Otros alcanzaron los dos centímetros y medio y ocasionalmente asomaban la cabeza de su cuerpo, como el periscopio de un submarino. Era como si se estuvieran apoderando de él las criaturas diminutas que había estudiado tiempo atrás. Su piel desprendía un olor pútrido. Tenía los pies hinchados. ¿Estaría contrayendo también la elefantiasis? «Tengo los pies demasiado grandes para las botas -escribió-. La piel es como pulpa.»
Solo Fawcett parecía tranquilo. Descubrió uno o dos gusanos bajo su piel -una especie de mosca parasítica inocula los huevos en un mosquito que después deposita las larvas en los humanos-, pero él no los envenenó, y las heridas que le provocaron no se infectaron. Pese al debilitamiento, el grupo siguió avanzando. En un momento dado, oyeron un grito terrorífico. Según Costin, un puma se había abalanzado sobre uno de los perros y lo arrastraba hacia la espesura de la selva. «Yendo desarmados, salvo por el machete, era inútil seguirlo»,68 escribió Costin. Poco después, el otro perro se ahogó.
Hambrientos, empapados, enfebrecidos, acosados por los mosquitos, el grupo empezó a consumirse por dentro, del mismo modo que los gusanos devoraban el cuerpo de Murray. Una noche, Murray y Manley discutieron agriamente por quién iba a dormir a qué lado de la hoguera. Para entonces, Fawcett había llegado a creer que Murray era un cobarde, un impostor de enfermedades, un ladrón y, lo peor de todo, un cáncer que se extendía por su expedición. En su opinión, no se trataba de si la lentitud de Murray podía provocar el fracaso de la expedición, sino de si llegaría incluso a impedir que esta regresara.
Murray creía que Fawcett carecía de empatía: «No tiene misericordia para con el hombre enfermo o cansado». Fawcett podía ralentizar el paso para «conceder al débil la oportunidad de sobrevivir», pero se negó a hacerlo. Mientras la partida volvía a avanzar, Murray empezó a obsesionarse con el cernedor de Fawcett, hasta que ya no pudo soportarlo. Abrió su mochila y se deshizo de él, y también de la mayor parte de sus pertenencias, incluso de la hamaca y de la ropa. Fawcett le advirtió que necesitaría todo aquello, pero Murray insistió en que estaba intentando salvar la vida, ya que Fawcett se negaba a esperarle.
El peso reducido de la mochila permitió a Murray avanzar a paso más ligero, pero sin la hamaca se vio obligado a dormir en el suelo bajo la lluvia torrencial y envuelto en chinches. «Para entonces, el biólogo […] sufría enormemente por las heridas y por no cambiarse de ropa, pues la que llevaba puesta apestaba -escribió Fawcett-. Empezaba a comprender lo insensato que había sido tirando todo cuanto llevaba en la mochila salvo aquello que iba a necesitar de inmediato, y se fue volviendo taciturno y temeroso -añadió-. Dado que caían tormentas a diario, auténticos diluvios, su estado, lejos de mejorar, empeoró. Yo estaba francamente preocupado por él. Si se le infectaba la sangre, sería hombre muerto, pues nada podía hacerse al respecto.»69
«La perspectiva de salir con vida disminuye; la comida está a punto de agotarse», escribió Murray en su diario.
El cuerpo de Murray se había hinchado por efecto del pus, los gusanos y la gangrena; las moscas se arremolinaban a su alrededor como si ya fuese un cadáver. Con más de la mitad de la ruta aún por cubrir, había llegado el momento más crítico: Fawcett había advertido a todos los miembros de la expedición que en caso de que enfermaran hasta el punto de no poder continuar se los abandonaría.
Aunque Fawcett se había preparado para tal contingencia, en realidad nunca la había puesto en práctica, y consultó con Costin y con Manley mientras Murray los miraba con expresión apesadumbrada. «Esta noche ha habido una curiosa discusión en el campamento sobre la posibilidad de abandonarme -escribió Murray-. Al viajar por la selva despoblada, sin más recursos que los que uno puede llevar consigo, todo hombre comprende que si enferma o no puede seguir el paso al grupo debe asumir las consecuencias. Los demás no pueden esperar y morir con él.» Aun así, Murray creía que estaban bastante cerca de un puesto fronterizo donde podrían dejarle. «Esta serena aceptación de la predisposición a abandonarme […] resultaba extraña viniendo de un inglés, aunque no me sorprendió, porque ya había calibrado su carácter mucho tiempo antes.»
Al final, Fawcett, con su habitual impetuosidad, dio un paso que para él era casi tan radical como dejar morir a un hombre: desvió el rumbo de su misión, al menos lo bastante para intentar sacar a Murray de allí. Con acritud y a regañadientes, buscó el asentamiento más próximo. Ordenó a Costin que se quedara con Murray y garantizara su evacuación. Según Costin, Murray dio muestras de delirio. «No detallaré los métodos de fuerza física que tuve que adoptar con él -recordó Costin tiempo después-. Bastará con decir que le quité el revólver para que no pudiese dispararme […]. Pero era la única alternativa a dejarle morir allí.»70
Finalmente, la partida encontró a un hombre de la frontera a lomos de una muía que prometió intentar llevar al biólogo de vuelta a la civilización. Fawcett ofreció a Murray dinero para comida, pese a que la enemistad entre ambos aún persistía. Costin le dijo a Murray que confiaba en que las duras palabras que se habían intercambiado en la jungla pudieran olvidarse. Luego miró su rodilla infectada. «¿Sabe? Esa rodilla está mucho peor de lo que cree»,71 le dijo.
Murray dedujo de su actitud que Costin y los demás esperaban que muriese, que no esperaban volver a verlo. Los hombres lo cargaron sobre la muía. Sus extremidades, al igual que la rodilla, habían empezado a segregar una sustancia fétida. «Es sorprendente la cantidad que sale del brazo y de la rodilla -escribió Murray-. La sustancia del brazo es muy inflamatoria y hace que todo el antebrazo se me enrojezca y duela mucho. La de la rodilla es más copiosa; se derrama en regueros desde media docena de orificios y me empapa las medias.» Apenas podía sentarse sobre la muía. «Me encuentro más enfermo que nunca, la rodilla muy mal, el talón muy mal, los riñones afectados por la comida o el veneno, y tengo que orinar con frecuencia.» Se preparó para morir: «He pasado en vela toda la noche preguntándome cómo será el final, y si es justificable hacerlo más fácil, con fármacos o por algún otro medio»; una alusión al suicidio. Proseguía: «No puedo decir que me asuste el final en sí, pero me pregunto si será muy difícil». Fawcett, Manley y Costin, mientras tanto, siguieron avanzando, tratando de llevar a cabo al menos parte de la misión. Un mes después, cuando salieron de la jungla en Cojata (Perú), no tuvieron noticia de Murray. Había desaparecido. Más tarde, en La Paz, Fawcett envió una carta a la Royal Geographical Society: