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«Al ascender por la ribera opuesta -dijo Fawcett-, tuve la desagradable impresión de que iba a recibir un disparo en la cara o una flecha en el estómago.»7

Los indígenas se lo llevaron consigo. «[Fawcett] desapareció en la selva, ¡y nosotros nos quedamos allí, preguntándonos qué sería de él!»,8 dijo Costin. La partida temía que hubiesen matado a su jefe hasta que, una hora después, este apareció de nuevo junto a un alegre indio que llevaba calado su sombrero Stetson.

De ese modo Fawcett entabló amistad con un grupo de guarayo. «[Los indios] nos ayudaron a montar el campamento, se quedaron toda la noche con nosotros y nos dieron mandioca, plátanos, pescado, collares, loros y, de hecho, todo cuanto tenían»,9 escribió Fawcett en uno de sus comunicados.

Fawcett no llevaba consigo ningún craneómetro y se basó en su capacidad de observación para tomar nota del aspecto que presentaban los indígenas. Se había acostumbrado a encontrar tribus que se hallaban bajo el dominio de los blancos y sometidos a un proceso de aculturación, con sus miembros debilitados a consecuencia de las enfermedades y de la brutalidad con que se los trataba. Aquellos aproximadamente ciento cincuenta indígenas de la selva, en cambio, parecían robustos. «Los hombres están correctamente desarrollados, tienen una cabellera castaña oscura, buen aspecto y van bien vestidos, con camisas de algodón teñido que ellos mismos confeccionan en gran parte en sus chozas»,10 escribió Fawcett. Le impresionó el hecho de que, a diferencia de los exploradores, demacrados y debilitados, dispusieran de sustanciosos recursos alimentarios. Un guarayo trituró una planta con una piedra y vertió su jugo en un arroyo hasta que este formó una pequeña nube lechosa. «A los pocos minutos apareció en la superficie un pez nadando en círculos y boqueando; acto seguido, se dio la vuelta y quedó con el vientre arriba, aparentemente muerto -recordó Costin-. Pronto había una docena de peces flotando del mismo modo.»11 Los habían envenenado. Un niño indígena entró en el agua y sacó los más grandes para la comida. Aquella cantidad de veneno tan solo los aturdía y no suponía ningún riesgo para las personas una vez cocinados. De forma igualmente asombrosa, los peces que el chico había dejado en el agua enseguida revivieron y se alejaron, ilesos. El mismo veneno era utilizado en ocasiones para mitigar el dolor de muelas. Observando a los indígenas, Fawcett descubrió que eran maestros en farmacología, expertos en la manipulación del entorno para satisfacer sus necesidades, y llegó a la conclusión de que los guarayo eran «una raza en extremo inteligente».12

Tras la expedición de 1910, Fawcett, que sospechaba que los indígenas del Amazonas guardaban secretos que los historiadores y los etnólogos habían pasado por alto, empezó a buscar varias tribus, sin importarle lo feroz que fuese su reputación. «Aquí hay problemas por resolver […] que piden a gritos que alguien se haga cargo de ellos -informó a la RGS-, pero la experiencia resulta esencial. Sin ella, es una locura internarse en las regiones inexploradas, y en estos tiempos es también suicida.»13 En 1911 presentó su renuncia a la comisión fronteriza para llevar a cabo pesquisas en el nuevo y pujante terreno de la antropología. En una ocasión, no lejos del río Heath, Fawcett almorzaba con Costin y el resto de su equipo cuando un grupo de indígenas los rodearon con los arcos alzados. «Sin la menor vacilación -escribió Costin-, Fawcett dejó caer el cinturón y el machete, para mostrar que estaba desarmado, y avanzó hacia ellos, con las manos por encima de la cabeza. Se produjo una pausa vacilante y luego uno de los bárbaros dejó las flechas en el suelo y se encaminó a su encuentro. ¡Nos habíamos hecho amigos de los echoja!»14

Con el tiempo, esta se convirtió en la táctica de aproximación habitual de Fawcett. «Siempre que se encontraba con salvajes -dijo Costin-, caminaba despacio hacia ellos […] con las manos en alto.»15 Al igual que su manera de viajar en grupos muy reducidos, sin la protección de soldados armados, su forma de establecer contacto con las tribus, algunas de las cuales nunca habían visto a un hombre blanco, sorprendió a muchos, pues la consideraban tan heroica como suicida. «Sé, por personas que me han informado, que cruzaba el río frente a toda una tribu de salvajes hostiles, y recurriendo únicamente a su valentía los inducía a dejar de disparar, para luego acompañarlos a su poblado -informó un oficial boliviano a la Royal Geographical Society al respecto del encuentro de Fawcett con los guarayo-. Debo decir que son de hecho muy hostiles, porque yo mismo he estado entre ellos, y en 1893 el general Pando no solo perdió a algunos de sus hombres sino también a su sobrino, y al ingeniero, el señor Muller, quien, fatigado por el viaje, decidió atajar desde uno de los ríos hasta Modeidi, y a fecha de hoy aún no hemos sabido nada de ellos.»16

La capacidad de Fawcett para salir airoso donde tantos otros habían fracasado contribuyó al creciente mito de su invencibilidad, en la que él mismo empezaba a creer. ¿Cómo podía explicarse, se preguntaba, «estar deliberadamente de pie delante de salvajes con quienes era crucial trabar amistad, con flechas volando sobre la cabeza, entre las piernas, incluso entre los brazos y el cuerpo, durante varios minutos, y aun así seguir ileso»?17 Nina también creía que era indestructible. En una ocasión, después de que él se hubiese acercado a una tribu indígena hostil con su habitual modus operandi, ella informó a la RGS: «Su encuentro con los salvajes y el modo en que los trató constituye uno de los episodios de los que he oído hablar, y me alegro de que actuara como lo hizo. Personalmente, no albergo el menor temor con respecto a su seguridad, tan convencida estoy de que en ocasiones como esta hará lo correcto».18

Costin escribió que, en sus cinco expediciones, Fawcett trabó invariablemente amistad con las tribus que encontró a su paso. Hubo, no obstante, una excepción. En 1914, Fawcett fue en busca de un grupo de maricoxi en Bolivia. Otros indígenas de la región les habían advertido que fueran precavidos con ellos. Cuando puso en práctica su tentativa habitual, los indios reaccionaron de forma violenta. Al ver que se disponían a masacrarlos, los hombres suplicaron permiso a Fawcett para emplear las armas contra ellos. «¡Tenemos que disparar!»,19 gritó Costin.

Fawcett dudó. «No quería hacerlo, pues nunca antes habíamos disparado»,20 recordó Costin. Pero, al final, Fawcett transigió. Tiempo después dijo que había ordenado a sus hombres disparar solo al suelo o al aire. Pero, según Costin, «vimos que uno [indígena], al menos, había sido alcanzado en el estómago».21

Si la versión de Costin es correcta, y no existe motivo para dudar de ello, aquella fue la única ocasión en que Fawcett transgredió su propio decreto, y al parecer quedó tan mortificado que amañó los informes oficiales para la RGS y ocultó la verdad durante el resto de su vida.

Un día, estando con una tribu de indios echoja en la región boliviana del Amazonas, Fawcett topó con otras pruebas que parecían contradecir el concepto preponderante de que la jungla era una trampa mortal en la que pequeñas bandas de cazadores-recolectores llevaban una existencia penosa, abandonando y matando & los suyos para sobrevivir. Fawcett había reforzado esta imagen con relatos de sus angustiosos viajes, por lo que le pasmó descubrir que, al igual que los guarayo, los echoja disponían de inmensas reservas de comida. Con frecuencia utilizaban las tierras que inundaba el río, que eran más fértiles que el resto, para cultivar, y habían desarrollado elaborados métodos de caza y pesca. «La cuestión de la comida nunca les preocupaba -relató Fawcett-. Cuando tenían hambre, se internaban en la selva y atraían a los animales. Yo acompañé a uno de ellos en una ocasión para ver cómo lo hacía. No vi indicios de presencia animal en la maleza, pero el indio sencillamente sabía más que yo. Profirió unos gritos estridentes y me indicó con un gesto que no hiciera ruido. En pocos minutos, un pequeño ciervo asomó tímidamente de entre la maleza […] y el indio lo derribó con el arco y la flecha. He visto cómo monos y aves salían en desbandada de los árboles más próximos con estos peculiares gritos.»22 Costin, tirador galardonado, se quedó igualmente atónito al ver que los indígenas daban en un flanco que él, con el rifle, fallaba una y otra vez. Y no solo fue la capacidad de los indígenas para procurarse un abundante suministro de alimento -condición indispensable para que una población crezca y evolucione- lo que impactó a Fawcett. Aunque los echoja carecían de defensas contra las enfermedades importadas por los europeos, como el sarampión, habían desarrollado un notable surtido de hierbas medicinales y tratamientos nada convencionales para protegerse contra las constantes agresiones de la jungla. Eran incluso expertos en extirpar los gusanos que habían torturado a Murray. «[Los echoja] emitían una especie de silbido con la lengua y al instante la cabeza de la larva asomaba por la herida -escribió Fawcett-. Luego el indio estrujaba la herida con un movimiento rápido y el invasor salía despedido.»23 Y añadió: «Yo he succionado, silbado, protestado e incluso tocado la flauta a los míos, sin absolutamente ningún efecto».24 Un médico occidental que viajaba con Fawcett opinaba que estos métodos eran propios de la brujería, pero Fawcett los consideraba, junto con el surtido de hierbas curativas, una maravilla. «Con semejante prevalencia de enfermedades y dolencias no es de extrañar que empleen hierba medicinales -dijo Fawcett-. Da la impresión de que todo desorden tenga su correspondiente cura natural aquí. -Y añadió-: Por supuesto, la profesión médica no fomenta su uso. Sin embargo, las curas que ellos practican son con frecuencia notables, y hablo como alguien que ha probado varias con un éxito rotundo.»25 Adoptando las hierbas medicinales y los métodos de caza de los nativos, Fawcett estuvo mejor capacitado para sobrevivir en la jungla. «En 99 casos de cada 100 no hay necesidad de pasar hambre»,26 concluyó.