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Pero, aunque el Amazonas pudiera sustentar a una gran civilización, como él suponía, ¿realmente habían creado una los indígenas? Aún no había pruebas arqueológicas. No había siquiera pruebas de la existencia de poblaciones de gran densidad en el Amazonas. Y el concepto de civilización compleja contradecía los dos principales paradigmas etnológicos que habían predominado durante siglos y que se habían originado con el primer encuentro entre europeos y nativos americanos, hacía más de cuatrocientos años. Aunque algunos de los primeros conquistadores quedaron maravillados ante las civilizaciones que habían desarrollado los nativos americanos,27 muchos teólogos debatían si aquellas gentes de piel oscura y semidesnudas eran, de hecho, humanas; porque ¿cómo podían los descendientes de Adán y Eva haber llegado hasta tan lejos, y por qué los profetas bíblicos los habían obviado? A mediados del siglo xvi, Juan Ginés de Sepúlveda, uno de los capellanes del Sagrado Imperio Romano, argumentó que los indígenas eran «medio hombres», a quienes había que tratar como a esclavos naturales. «Los españoles tienen perfecto derecho de gobernar a estos bárbaros del Nuevo Mundo -declaró Sepúlveda, y añadió-: Existe entre ambos una diferencia tan grande como entre […] los simios y los hombres.»28

En aquel tiempo, el crítico más contundente a este paradigma genocida fue Bartolomé de Las Casas, un fraile dominico que había viajado por las Américas. En un famoso debate con Sepúlveda y en una serie de tratados, De Las Casas trató de demostrar de una vez por todas que los indígenas también eran humanos («¿No son hombres? ¿Acaso no tienen almas racionales?»),29 y condenar a aquellos que «fingiendo ser cristianos los borraron de la faz de la Tierra».30 En el proceso, no obstante, contribuyó a establecer un concepto de los indígenas que se convirtió en un clásico similar de la etnología europea: el «salvaje noble». Según De Las Casas, los indígenas eran «el pueblo más simple del mundo», «sin malicia ni astucia», «nunca pendenciero, beligerante ni bullicioso», que «no es ambicioso ni codicioso, y que no tiene interés alguno en el poder material».31 Aunque en la época de Fawcett ambos conceptos seguían prevaleciendo en las literaturas erudita y popular, se tamizaban ahora a través de una nueva teoría científica: la evolución. La teoría de Darwin, expuesta en El origen de las especies, de 1859, sugería que el ser humano y el simio compartían un ancestro común, y, sumada a recientes hallazgos de fósiles que revelaban que los seres humanos habían habitado la tierra desde hacía mucho más tiempo de lo que estipulaba la Biblia, contribuyeron de forma irrevocable a escindir la antropología de la teología. Los Victorianos empezaron a abordar la diversidad humana desde una óptica ya no teológica sino biológica. La obra Notes and Queries on Anthropology [Manual de campo del antropólogo], lectura recomendada en la escuela de exploración de Fawcett, incluía capítulos titulados «Anatomía y fisiología», «Cabello», «Color», «Olor», «Gesticulación», «Fisonomía», «Patología», «Anomalías», «Reproducción», «Capacidades físicas», «Sentidos» y «Herencia». Entre las preguntas que se le hacían a Fawcett y a otros exploradores se encontraban las siguientes:

¿Existe alguna peculiaridad destacable en el olor vinculado a las personas de la tribu o al pueblo descrito? ¿Cuál es la postura habitual durante el sueño? ¿Está el cuerpo bien equilibrado al caminar? ¿Llevan el cuerpo erguido y las piernas rectas? ¿Balancean los brazos al caminar? ¿Se encaraman bien a los árboles? ¿Se expresa el asombro en los ojos y la boca, abriéndose estos al máximo, y en las cejas, arqueándose? ¿Provoca rubor la vergüenza?32

Los Victorianos querían saber por qué algunos simios habían evolucionado hasta convertirse en caballeros ingleses y otros no.

Mientras que Sepúlveda argüía que los indígenas eran inferiores en el plano religioso, muchos Victorianos afirmaban ahora que eran inferiores en el biológico, que posiblemente eran incluso un «eslabón perdido» en la cadena entre el simio y el hombre.33 En 1863 se creó la Anthropological Society of London con el fin de investigar estas teorías. Richard Burton, uno de sus fundadores, postuló que los indígenas, al igual que los negros, con su «condición gorilesca»,34 constituían «subespecies».35 (El propio Darwin, que nunca suscribió el racismo extremo que surgió en su nombre, describió a los fueguinos que vio en Sudamérica como «estos pobres desdichados […] atrofiados en el crecimiento, la cara espantosa y embadurnada con pintura blanca, la piel roñosa y grasienta, el pelo enmarañado, la voz discordante, y el gesto violento y exento de dignidad», como si costara «creer que son congéneres y habitantes del mismo mundo».)36 Muchos antropólogos, incluso Burton, practicaban la frenología: el estudio de las protuberancias del cráneo humano, que se consideraban indicativas de la inteligencia y de las peculiaridades del carácter. Un frenólogo que comparó dos cráneos indios con otros europeos dijo que los primeros se caracterizaban por la «dureza» y el «hermetismo»,37 y que su forma explicaba «la magnanimidad que mostraban los indios en su resistencia a la tortura». Francis Galton, en su teoría de la eugenesia, que en un tiempo contó entre sus adeptos con John Maynard Keynes y Winston Churchill,38 sostuvo que la inteligencia humana era hereditaria e inmutable, y que los pueblos nativos del Nuevo Mundo eran, en esencia, «mentalmente niños».39 Incluso muchos Victorianos que creían en una «unidad psíquica de toda la humanidad» asumían que las sociedades indígenas se encontraban en una etapa distinta del desarrollo evolutivo. A principios del siglo xx, la entonces popular escuela difusionista de antropólogos sostenía que si en algún momento había existido en Sudamérica una civilización ancestral sofisticada, sus orígenes se habrían encontrado bien en Occidente bien en Oriente Próximo -en las tribus perdidas de Israel,40 por ejemplo, o en los marineros fenicios-. «Existe toda clase de teorías entre los antropólogos respecto de la distribución de la especie humana», observó Keltie, de la Royal Geographical Society, añadiendo que los antropólogos difusionistas «afirman que los fenicios navegaron por todo el océano Pacífico y que muchos de ellos penetraron en Sudamérica».41