Fawcett estaba profundamente influido por estas ideas; sus escritos están plagados de imágenes que retrataban a los indios como «niños joviales» y salvajes «simiescos».42 La primera vez que vio llorar a un indígena se mostró aturdido, pues estaba convencido de que desde un punto de vista fisiológico los indígenas tenían que ser estoicos. Se esforzó por reconciliar lo que observaba con todo cuanto le habían enseñado, y sus conclusiones estaban repletas de circunvoluciones y contradicciones. Creía, por ejemplo, que la jungla albergaba a «salvajes de la más bárbara condición, hombres mono que viven en agujeros en la tierra y que solo salen de noche»;43 pese a ello, casi siempre describía a los indígenas a quienes conocía como seres «civilizados», con frecuencia más que los europeos. («Mi experiencia es que pocos de estos salvajes son "malos" por naturaleza, a menos que el contacto con "salvajes" del mundo exterior les haya hecho serlo.»)44 Se oponía enérgicamente a la destrucción de las culturas indígenas por medio de la colonización. En la jungla, el absolutista se transformaba en relativista. Tras haber presenciado cómo una tribu practicaba el canibalismo con uno de sus muertos como parte de una ceremonia religiosa -el cuerpo «asado sobre un gran fuego» y «cortado y repartido entre varias familias»-,45 Fawcett imploró a los europeos que no deplorasen aquel «sofisticado ritual».46 Detestaba clasificar a los indígenas no aculturados como «salvajes» -la terminología común en aquel entonces-, y observó que los afables y decentes echoja eran «una prueba evidente de lo injustificada que está la condena general de todos los pueblos que habitan la selva».47 Además de adoptar costumbres de los indios, aprendió a hablar un sinfín de lenguas indígenas. «Conocía a los indios como pocos hombres blancos han llegado a conocerlos, y tenía el don de las lenguas -observó Thomas Charles Bridges, escritor de obras de aventuras y colega de Fawcett-. Pocos hombres han poseído en la historia ese don en un grado tan notable.»48 Costin, resumiendo la relación de Fawcett con los nativos del Amazonas, se limitó a decir: «Los comprendía mejor que nadie».49
Con todo, Fawcett nunca consiguió encontrar el camino de salida en lo que el historiador Dane Kennedy ha denominado el «laberinto mental racial».50 Cuando Fawcett se encontraba con una tribu altamente sofisticada, a menudo intentaba buscar indicadores raciales -más «blancura» o «rojez»- que pudieran reconciliar la noción de una sociedad indígena avanzada con sus creencias y actitudes victorianas. «Existen tres tipos de indígenas -escribió en una ocasión-. Los primeros son dóciles y pusilánimes […]; los segundos, caníbales peligrosos y repulsivos, difíciles de encontrar, y los terceros, un pueblo robusto y de piel clara que debe de tener un origen civilizado.»51
La idea de que las Américas albergaran a una tribu «de piel clara» o «indios blancos» pervivía desde que Colón aseguró haber visto a varios nativos que eran tan «blancos como nosotros».52 Más tarde, varios conquistadores dijeron que habían encontrado una sala azteca llena de «hombres, mujeres y niños con la caramel cuerpo, el pelo y las pestañas blancos de nacimiento».53 La leyenda de los «indios blancos» tal vez había arraigado con mayor fervor en el Amazonas, donde los primeros exploradores españoles que descendieron el río describieron a mujeres guerreras «muy blancas y altas».54 Muchas de estas leyendas encuentran, sin duda, sus orígenes en la existencia de tribus de piel marcadamente más clara. Una comunidad de indios insólitamente altos y pálidos del este de Bolivia recibió el nombre de «yurucare», que literalmente significa «hombres blancos». Los yanomami del Amazonas fueron también conocidos como «indios blancos» debido a su tez clara, al igual que ocurrió con los wai-wai de la Guayana.
En los tiempos de Fawcett, la «cuestión de los indios blancos», como se la llamó, dio crédito a la teoría de los difusionistas de que los fenicios o algún otro pueblo occidental, como los atlantes o los israelitas, habían migrado a la jungla miles de años antes. En un principio, Fawcett se mostró escéptico ante la existencia de «indios blancos», considerando que las pruebas eran «débiles», pero con el tiempo parecieron proporcionarle una salida de su propio laberinto mental respecto a la cuestión raciaclass="underline" si los indios descendían de una civilización occidental, no cabía duda de que eran capaces de crear una sociedad compleja. Fawcett nunca consiguió dar el salto final de un antropólogo moderno y aceptar que las civilizaciones complejas eran capaces de surgir de forma independiente unas de otras. Como resultado, mientras que algunos antropólogos e historiadores actuales consideran a Fawcett un adelantado para su época, otros, como John Hemming, lo retratan como un «explorador nietzscheano»55 que peroraba «galimatías eugenésicos». En verdad, era ambas cosas. Por mucho que Fawcett se rebelara contra las costumbres victorianas -haciéndose budista y viviendo como un guerrero indígena-, nunca consiguió trascenderlas. Esquivó toda clase de patologías en la jungla, pero no supo liberarse de la perniciosa enfermedad de la raza.
Lo que sí resulta coherente en sus escritos es la creencia, cada vez más sólida, de que el Amazonas y sus pobladores no respondían al prototipo que se había establecido al respecto. Faltaba algo. Durante sus autopsias se había encontrado con muchas tribus cuyas características no se ajustaban a las teorías expuestas por la etnología europea.
En 1914, Fawcett viajaba con Costin y Manley por un rincón remoto del Amazonas brasileño, lejos de los grandes ríos, cuando la jungla de pronto se abrió en un claro enorme. Bajo la repentina e intensa luz, Fawcett vio un conjunto de hermosas casas de paja con tejado abovedado; algunas superaban los veinte metros de altura y los treinta de diámetro. Cerca de allí había plantaciones de maíz, mandioca, plátanos y patatas dulces. No parecía haber nadie en las proximidades, y Fawcett pidió a Costin que inspeccionase el interior de una de las casas. Cuando Costin llegó a la entrada, vio en su interior a una solitaria anciana inclinada sobre un fuego, cocinando. El aroma a mandioca y patata llegó flotando hasta él y, acuciado por el hambre, se sorprendió entrando a pesar del peligro que aquello conllevaba. Fawcett y Manley percibieron también el olor y le siguieron. Los hombres se llevaron una mano al estómago y la perpleja mujer les ofreció cuencos con comida. «Probablemente ninguno de nosotros había probado nunca nada tan bueno»,56 recordó Fawcett tiempo después. Mientras los exploradores comían, a su alrededor empezaron a aparecer guerreros con el cuerpo pintado a franjas. «Entraron por varios accesos en los que no habíamos reparado, y por el que teníamos al lado vimos las sombras de más hombres que permanecían fuera»,57 escribió Fawcett. Tenían la nariz y la boca perforadas por estaquillas de madera; llevaban arcos y cerbatanas.