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Fawcett estaba seguro de que nadie sería capaz de superar su habilidad como explorador, pero sabía que su principal rival contaba con una ventaja que él jamás igualaría: el dinero. El doctor Rice, acaudalado nieto de un antiguo alcalde de Boston y gobernador de Massachusetts, se había casado con Eleanor Widener, viuda de un magnate de Filadelfia que había sido uno de los hombres más ricos de Estados Unidos. (Su primer marido y su hijo viajaban en el Titanic cuando este naufragó.) Con una fortuna valorada en millones de dólares, el doctor Rice y su esposa -quien donó la Widener Library a la Universidad de Harvard en memoria de su difunto hijo- contribuyeron a financiar un nuevo salón de conferencias en la Royal Geographical Society. En Estados Unidos, el doctor Rice acudía con frecuencia a sus citas en su Rolls-Royce azul con chófer y ataviado con un abrigo de pieles de cuerpo entero. Según afirmó un periódico, se encontraba «tan cómodo en el elegante bullicio de la sociedad de Newport como en la tórrida jungla de Brasil».77 Con fondos ilimitados para financiar sus expediciones, pudo disponer del equipamiento más avanzado y de los hombres mejor preparados. Fawcett, mientras tanto, tenía que mendigar constantemente ayuda económica a fundaciones y a capitalistas. «Los exploradores no siempre son esos trotamundos felices e irresponsables que la imaginación retrata -se quejó en una ocasión por carta a la RGS-, sino que nacen sin la proverbial cuchara de plata.»78

Pese a su vastedad, parecía imposible que el Amazonas pudiera dar cabida a todos los egos y ambiciones de estos exploradores. Los hombres tendían a mirarse con desconfianza y preservaban con celo sus rutas por temor a que alguien se les adelantara y les arrebatara un descubrimiento. Incluso intentaban estar al tanto de las actividades de los otros. «Mantenga los oídos bien atentos a cualquier información que pueda obtener acerca de los movimientos de Landor»,79 aconsejó la RGS a Fawcett en un comunicado de 1911. Fawcett no necesitaba que le incitaran a hacerlo: conservaba ese rasgo paranoico del espía que había sido.

Al mismo tiempo, los exploradores no vacilaban en cuestionar, e incluso denigrar, los logros de un rival. Después de que Roosevelt y Rondón anunciaran que habían explorado por primera vez un río de cerca de mil seiscientos kilómetros -llamado río Roosevelt en honor del ex presidente-, Landor dijo a los periodistas que era imposible que existiera un afluente de esas características. Tildó a Roosevelt de «charlatán» y le acusó además de plagiar acontecimientos de su viaje: «Veo que incluso ha sufrido los mismos problemas de salud que yo y, lo que es más extraordinario, en la misma pierna. Estas cosas les ocurren muy a menudo a los exploradores que leen con esmero los libros de algunos de los humildes viajeros que les han precedido».80 Roosevelt respondió espetando que Landor era «un puro farsante a quien no debía prestársele atención».81 (No era la primera vez que se llamaba farsante a Landor: tras culminar un pico del Himalaya, Douglas Freshfield, uno de los escaladores más célebres de su tiempo y futuro presidente de la RGS, dijo que «ningún montañero puede aceptar las maravillosas gestas de velocidad y resistencia que el señor Landor cree haber llevado a cabo» y que su «historia sensacionalista» afecta al «honor, tanto en el país como en el continente, de los viajeros, los críticos y las sociedades científicas inglesas».)82 El doctor Rice, por su parte, encontró en un principio «ininteligible»83 el relato de Roosevelt, pero, después de que este le proporcionase más detalles, se disculpó. Aunque Fawcett nunca dudó del hallazgo del ex presidente, lo desestimó con aspereza como un buen viaje «para un anciano».84

«No deseo menospreciar otros trabajos de exploración en Sudamérica -puntualizó Fawcett a la RGS-, sino tan solo señalar la inmensa diferencia que existe entre los viajes por río, libres del gran problema de la comida, y los viajes a pie por la jungla, cuando uno se ve obligado a soportar sus condiciones y a penetrar de forma deliberada en santuarios indígenas.»85 Tampoco le impresionó Landor, a quien consideraba «un embaucador desde el principio».86 Fawcett dijo a Keltie que no albergaba deseo alguno de ser «incluido junto con los salvajes Landores y Roosevelts en la supuesta fraternidad de la exploración».87

Fawcett había expresado a menudo admiración por Rondon, pero finalmente acabó sospechando también de él. Sostenía que sacrificaba demasiadas vidas viajando con partidas numerosas. (En 1900, Rondón se embarcó en una expedición con ochenta y un hombres y regresó solo con treinta; el resto había muerto o había sido hospitalizado, o bien había desertado.)88 Rondón, un hombre orgulloso y profundamente patriótico, no entendía por qué Fawcett -que había dicho a la RGS que prefería incorporar en sus equipos a «caballeros [ingleses], debido a su mayor capacidad de resistencia y entusiasmo por la aventura»-89 siempre se resistía a llevar soldados brasileños en sus expediciones. Un colega de Rondón comentó que al coronel le disgustaba «la idea de que un extranjero venga aquí a hacer lo que los brasileños podían hacer por sí mismos».90

Pese a su invulnerabilidad frente a las condiciones más brutales de la jungla, Fawcett era hipersensible a la menor crítica personal. Un alto cargo de la RGS le aconsejó: «Creo que le preocupa en exceso lo que la gente diga de usted. En su lugar, yo no me inquietaría por eso. Nada tiene más éxito que el mismo éxito».91

Aun así, mientras recababa pruebas de la existencia de una civilización perdida en el Amazonas, a Fawcett le angustiaba que alguien como el doctor Rice pudiera ir tras la misma pista. Cuando Fawcett insinuó a la RGS el nuevo derrotero de sus investigaciones antropológicas, Keltie le contestó por carta que el doctor Rice estaba «decidido a volver a ir» y que podría estar «dispuesto a hacerse cargo de la tarea que usted indica».92

En 1911, la cohorte de exploradores de Sudamérica, junto con el resto del mundo, se quedó atónita ante el anuncio de que Hiram Bingham, antiguo compañero de viaje del doctor Rice, había descubierto con la ayuda de un guía peruano las ruinas incas de Machu Picchu, a casi dos mil quinientos metros de altitud sobre el nivel del mar, en los Andes. Aunque Bingham no había encontrado una civilización desconocida -el imperio inca y sus obras arquitectónicas monumentales estaban bien documentadas-, sí había ayudado a arrojar luz sobre este mundo ancestral de un modo asombroso. La revista National Geographic, que dedicó todo un ejemplar al hallazgo de Bingham, observó que los templos, los palacios y las fuentes de piedra de Machu Picchu -con toda probabilidad, un lugar de retiro del siglo xv para la nobleza inca- podrían «resultar el conjunto de ruinas más importante descubierto en Sudamérica».93 El explorador Hugh Thomson posteriormente lo denominó «el culmen de la arqueología del siglo xx».94 Bingham fue catapultado a la estratosfera de la fama. Fue incluso elegido senador de Estados Unidos.