Con todo, la atracción que ejercía este paraíso terrenal era demasiado fuerte para resistirse a ella. En 1617, el poeta y explorador isabelino Walter Raleigh, convencido de que no solo había un hombre dorado sino miles, partió en un barco llamado Destiny con su hijo de veintitrés años para localizar lo que él denominaba «las ciudades más ricas y hermosas, con más templos adornados con imágenes doradas, más sepulcros llenos de tesoros de los que Cortez encontró en México o Pizarro en Perú».14 Su hijo -«más deseoso de honor que de seguridad»,15 según comentó Raleigh- murió enseguida en un enfrentamiento con los españoles en la ribera del río Orinoco. En una carta dirigida a su esposa, Raleigh escribió: «Sabe Dios que no conocía el dolor hasta ahora […] Tengo los sesos destrozados».16 Raleigh regresó a Inglaterra sin pruebas de la existencia de su reino, y fue decapitado por el rey Jaime en 1618. Su cráneo fue embalsamado por su esposa y ocasionalmente exhibido al público, un crudo recordatorio de que El Dorado era, cuando menos, letal.17
Otras expediciones que buscaron el reino acabaron practicando el canibalismo. Un superviviente de una partida en la que doscientos cuarenta hombres murieron confesó: «Algunos, en contra de la naturaleza, comieron carne humana: se encontró a un cristiano cocinando un cuarto de niño con verduras».18 Al saber de tres exploradores que habían asado a una mujer indígena, Oviedo exclamó: «¡Oh, plan diabólico! Pero pagaron por su pecado, pues esos tres hombres nunca volvieron a aparecer: Dios quiso que hubiera indios que después se los comieron a ellos».19
Ruina económica, miseria, hambre, canibalismo, asesinato, muerte: estos parecían ser los únicos indicios reales de El Dorado. Según dijo un cronista al respecto de varios buscadores: «Marchaban como dementes de un lugar a otro, hasta que, superados por el agotamiento y la falta de fuerza, ya no podían seguir moviéndose y se quedaban allí, a donde el triste canto de sirena les había llevado, engreídos y muertos».20
¿Qué podía aprender Fawcett de semejante locura?
En el siglo xix, la mayoría de los historiadores y antropólogos habían desechado no solo la existencia de El Dorado, sino incluso la mayor parte de lo que los conquistadores habían asegurado haber visto en el transcurso de sus viajes. Los eruditos creían que estas crónicas eran producto de imaginaciones fervorosas, y que habían sido adornadas para excusar ante los monarcas la naturaleza desastrosa de las expediciones; de ahí las mujeres guerreras mitológicas.
Fawcett convenía en que El Dorado, con su plétora de oro, era un «romance exagerado»,21 pero no estaba dispuesto a descartar todas las crónicas en bloque ni la posibilidad de que hubiese existido una civilización amazónica ancestral. Carvajal, por ejemplo, había sido un clérigo respetado, y otros miembros de la expedición habían confirmado su relato. Incluso las guerreras amazonas tenían cierta base real, creía Fawcett, pues él había encontrado jefas tribales a lo largo del río Tapajós. Y que se hubiera adornado algunos detalles de los relatos no significaba que hubiese ocurrido lo mismo con todos. De hecho, Fawcett contemplaba las crónicas como un retrato por lo general preciso del Amazonas antes de la avalancha europea. Y lo que los conquistadores describían, en su opinión, era una revelación.
En la época de Fawcett, las riberas del Amazonas y sus principales afluentes albergaban únicamente a tribus muy reducidas y dispersas. Los conquistadores, sin embargo, fueron informando de poblaciones indígenas grandes y densas. Carvajal había observado que algunos lugares estaban tan «densamente poblados» que resultaba peligroso dormir en tierra. («Toda aquella noche seguimos pasando junto a numerosos y enormes poblados, hasta que llegó el día en que logramos recorrer más de veinte leguas, pues con el fin de alejarnos del territorio habitado nuestros compañeros no dejaron de remar, y cuanto más avanzábamos, tanto más densamente poblada encontrábamos la tierra.»)22 Cuando Orellana y sus hombres desembarcaron, vieron «muchos caminos» y «excelentes carreteras» que llevaban al interior, algunas de las cuales eran «como carreteras reales, y más anchas».23
Las crónicas parecían describir lo que Fawcett había visto, pero a mayor escala. Cuando los españoles invadían un poblado, afirmó Carvajal, «descubrían gran cantidad de maíz (y también se encontraba gran cantidad de cabras) con el que los indígenas hacían pan, y un vino muy bueno similar a la cerveza, este último en gran abundancia. Se encontraba en este poblado un lugar destinado a la dispensa de tal vino, [algo tan insólito] que regocijó sobremanera a nuestros compañeros, y se encontraba muy buena calidad de artículos de algodón».24 En los poblados abundaban la mandioca, el ñame, los frijoles y el pescado, y se criaban miles de tortugas en rediles para consumirlas después como alimento. El Amazonas parecía sustentar civilizaciones grandes y altamente complejas. Los conquistadores observaron «ciudades que refulgían en blanco»,25 con templos, plazas públicas, empalizadas y artefactos exquisitos. En un asentamiento, según escribió Carvajal, encontró «una villa en la que había gran cantidad de […] bandejas y cuencos y candelabros de la mejor porcelana que yo jamás he visto en el mundo». Añadía que estos objetos estaban «glaseados y decorados con todos los colores, y brillan tanto que aturden, y, aún más, los dibujos y las pinturas que los decoran están hechos con tanta meticulosidad que [uno se pregunta cómo] con [solo] la destreza natural consiguen producir todos estos objetos como [si fueran artículos] romanos».26
El fracaso de los exploradores y de los etnógrafos victorianos para encontrar asentamientos semejantes reforzó la creencia de que los relatos de los conquistadores estaban «repletos de mentiras»,27 tal como un historiador había afirmado con anterioridad en referencia a la crónica de Carvajal. Sin embargo, ¿por qué tantos cronistas proporcionaron testimonios tan similares? Recordando una expedición liderada por alemanes, por ejemplo, un historiador del siglo xvi escribió:
Tanto el general como los demás vieron una ciudad de medidas desproporcionadas, bastante cerca […]. Era compacta y estaba bien ordenada, y en el centro había una casa que sobrepasaba con creces a las demás en tamaño y altura. Preguntaron al jefe que llevaban como guía: «¿De quién es esa casa, tan extraordinaria y eminente entre las demás?». El hombre contestó que era la casa del jefe, llamado Qvarica. Tenía varias efigies o ídolos de oro del tamaño de niños, y una mujer hecha por entero de oro, que era su diosa. Él y sus súbditos poseían otras riquezas. Pero, a poca distancia, había otros jefes que superaban a este en cantidad de súbditos y de riquezas.28