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En septiembre de 1914, tras efectuar un viaje de reconocimiento de un año con Manley y Costin, Fawcett se consideró preparado para partir de expedición en busca de la ciudad perdida. Sin embargo, al salir de la jungla le esperaba la noticia de que, más de dos meses antes, el archiduque austríaco Francisco Fernando -quien fuera el improbable catalizador del primer encuentro entre Fawcett y Nina en Ceilán- había sido asesinado. La Primera Guerra Mundial había comenzado.

Fawcett y sus dos compañeros británicos zarparon de inmediato rumbo a Inglaterra. «Obviamente, se precisan hombres experimentados como usted: hay un gran déficit de oficiales adiestrados -dijo Keltie a Fawcett por carta aquel mes de diciembre-. Como puede ver, hemos sufrido tremendas pérdidas en el frente; en proporción, muchas más, me inclino a pensar, de las que nunca antes se habían producido entre los oficiales.»1 Aunque Fawcett contaba cuarenta y siete años y era un «renegado» de la vida europea, se sintió obligado a presentarse voluntario. Informó a Keltie de que estaba a punto de efectuar «importantes descubrimientos» en el Amazonas, pero que le obligaba «el deseo patriótico de todo hombre capacitado de aplastar a los teutones».2

La mayor parte de Europa era presa de un fervor similar. Conan Doyle, que producía propaganda en serie en la que retrataba la guerra como un enfrentamiento entre auténticos caballeros, escribió: «No temas, pues nuestra espada no se quebrará ni caerá jamás de nuestras manos».3

Tras una breve visita a su familia, Fawcett se dirigió al frente occidental, en el que, según dijo a Keltie, pronto estaría «metido de lleno».4

Como comandante de la Royal Field Artillery, Fawcett fue puesto al mando de una batería de más de cien hombres. Cecil Eric Lewis Lyne, un subteniente de veintidós años, recordaba el momento en que el explorador del Amazonas llegó con su uniforme de color caqui oscuro y armado con un revólver. Era, escribió Lyne en un diario, «una de las personalidades más atractivas que he conocido en mi vida», un hombre de «físico magnífico y gran capacidad técnica».5

Como siempre, Fawcett era una figura electrizante y polarizante, y sus hombres se dividieron en dos bandos: los Costin y los Murray. Los Costin gravitaban hacia él, fascinados por su osadía y su ímpetu, mientras que los Murray despreciaban su ferocidad y su inclemencia. Un oficial de los Murray dijo que Fawcett «era probablemente el hombre más repugnante que jamás he conocido en este mundo y la antipatía que él me profesaba solo era superada por la antipatía que le profesaba yo a él».6 Pero Lyne era un Costin. «Fawcett y yo, pese a la diferencia de edad, nos hicimos muy amigos.»7

Junto con sus hombres, Fawcett y Lyne cavaron trincheras -en ocasiones a solo varios centenares de metros de los alemanes- en la zona circundante a Ploegsteert, una aldea del oeste de Bélgica próxima a la frontera con Francia. Un día,8 Fawcett avistó en el pueblo una figura de aspecto sospechoso que llevaba un abrigo de pieles, un casco francés de acero tres tallas más pequeño de lo que le correspondía y un guardapolvo de pastor,9 «un atuendo extraño», según lo describió Fawcett. Fawcett alcanzó a oír que el hombre decía, con voz gutural, que aquella zona era idónea para instalar un puesto de observación, aunque a Fawcett le parecía «un lugar absolutamente inapropiado». Se rumoreaba que espías alemanes se estaban infiltrando en las líneas británicas ataviados como civiles belgas, y Fawcett, que había sido agente secreto, corrió de vuelta a los cuarteles generales e informó: «¡Tenemos un espía en nuestro sector!».10

Antes de que se enviara una partida de arresto, posteriores pesquisas revelaron que el hombre no era otro que Winston Churchill, que se había ofrecido voluntario para comandar un batallón en el frente occidental tras ser obligado a dimitir como ministro de Marina después de la desastrosa invasión de Gallipoli. Mientras visitaba las trincheras situadas al sur de la posición de Fawcett, Churchill escribió: «Mugre y basura por todas partes, tumbas cavadas en las defensas y desperdigadas indiscriminadamente, pies y ropa asomando de la tierra, agua y porquería por doquier, y en medio de esta escena, a la resplandeciente luz de la luna, ejércitos de murciélagos enormes por tierra y cielo, acompañando el incesante ruido de los rifles y las metralletas, y al ponzoñoso gemido y zumbido de las balas que nos sobrevuelan».11

Fawcett, que estaba habituado a vivir en condiciones inhumanas, defendió su posición de forma admirable, y en enero de 1916 fue ascendido a teniente coronel y puesto al mando de una brigada de más de setecientos hombres. Nina mantuvo informados de sus actividades a Keltie y a la Royal Geographical Society. En una carta fechada el 2 de marzo de ese mismo año, escribió: «Está muy bien, a pesar de llevar tres meses bajo bombardeos constantes».12 Varias semanas después, dijo que estaba supervisando nueve baterías, muchas más de las que constituían una brigada estándar. «De modo que ya puede imaginar lo duro que es su trabajo -comentaba, y añadía-: Por supuesto, me alegro de que tenga una oportunidad para poner en práctica su capacidad de organización y liderazgo, ya que todo ello ayuda en la lucha por la victoria.»13 Nina no era la única que pregonaba sus habilidades. Fawcett era continuamente citado en despachos por sus «airosos» y «distinguidos» servicios en el campo de batalla.

Incluso estando en las trincheras, Fawcett intentó mantenerse al corriente de los acontecimientos que tenían lugar en el Amazonas. Supo de expediciones encabezadas por antropólogos y exploradores de Estados Unidos, que aún no participaba en la guerra, y esta información solo intensificó su temor a que alguien descubriera Z antes que él. En una carta dirigida a su profesor y mentor Reeves, confesó: «Si supiera el desgaste físico que suponen estas expediciones, estoy seguro de que valoraría lo mucho que significa para mí concluir el trabajo que he iniciado».14

Tenía razón al inquietarse, en particular, por el doctor Rice. Para indignación de Fawcett, la RGS le había condecorado en 1914 con la medalla de oro por su «meritorio trabajo en las fuentes del Orinoco y los afluentes septentrionales del Amazonas». A Fawcett le enfureció que sus esfuerzos no recibieran un reconocimiento equiparable. Más tarde, a principios de 1916, supo que Rice estaba preparando otra expedición. Un comunicado15 en el Geographical Journal anunciaba que «nuestro» medallista, el doctor Rice, remontaría el Amazonas y el río Negro con «el fin de ampliar aún más nuestro conocimiento de la región previamente explorada por él». ¿Por qué regresaba Rice a la misma zona? El comunicado poco más decía, aparte de que Rice estaba construyendo una embarcación propulsada a motor, de doce metros de eslora, y capaz de navegar por tremedales y llevar a bordo dos mil seiscientos cincuenta litros de combustible. Debía de haber costado una fortuna, aunque ¿qué importancia tenía eso para un millonario?

Aquella primavera, en pleno fragor del combate, Fawcett recibió una carta de la Royal Geographical Society. En ella le comunicaban que, en tributo a su histórica contribución a la cartografía de Sudamérica, él también había sido galardonado con una medalla de oro. (La Royal Society concedía dos medallas, ambas de igual prestigio: la de Fawcett era la Medalla del Fundador y la del doctor Rice, la del Patrono.) El galardón suponía el mismo honor que había sido otorgado a figuras como Livingstone y Burton; «el sueño de su vida»,16 según lo definió Nina. Ni siquiera la perspectiva de la expedición del doctor Rice ni la prolongación de la guerra conseguirían atenuar el entusiasmo de Fawcett. Nina, que dijo a Keltie que una oportunidad así solo llega «una vez en la vida», se apresuró a planificar la entrega del premio, el 22 de mayo. Fawcett obtuvo un permiso para asistir. «Tengo la medalla y estoy satisfecho»,17 comentó.