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(Arriba) El periodista brasileño Edmar Morel con Dulipé, el «dios blanco del Xingu», que en la década de 1940 se convirtió en la figura central del misterio de Fawcett

En 1951, Orlando Villas Boas, el venerado pionero brasileño, creyó haber encontrado pruebas del destino de Fawcett.

Se creía que los indios kalapalo -entre ellos los que aparecen en esta fotografía que tomó un misionero en 1937- sabían lo que realmente les ocurrió a Fawcett y su partida.

(Abajo) James Lynch y su hijo de dieciséis años, James Jr., partieron a la jungla en 1996 con la esperanza de resolver el misterio de Fawcett de una vez por todas.

Cortesía de James Lynch

Paolo Pinage (izquierda), que guió al autor al Amazonas, descansa en el hogar de un indio bakairí durante el Viaje.

El autor (en primer plano) camina con indios bakairí por la jungla siguiendo la misma ruta que Fawcett recorrió ochenta años atrás.

Dos indios kuikuro danzan para celebrar el espíritu «torbellino». Cortesía de Michael Heckenberger

Indios kuikuro participan en uno de sus rituales más sagrados, el Kuarup, que venera a los difuntos.

El arqueólogo Michael Heckenberger charla con Afukaká, jefe de los indios kuikuro.

Cortesía de Michael Heckenberger

Toma aérea del asentamiento kuikuro con una plaza circular y casas abovedadas a lo largo de su perímetro.

Cortesía de Michael Heckenberger

Fawcett a Keltie a principios de 1918. Ese mismo año afirmaría en la revista Traveclass="underline" «Sabiendo lo que estos viajes por el corazón de la selva significan para hombres mucho más jóvenes que yo, no quiero demorar la acción».36

El 28 de junio de 1919, casi cinco años después de que Fawcett regresara del Amazonas y poco antes de cumplir cincuenta y dos años, finalmente los alemanes firmaron un tratado de paz y se rindieron. Unos veinte millones de personas habían muerto y al menos otros veinte millones habían quedado heridas. Fawcett describió «todo el asunto» como un «suicidio»37 para la civilización occidental, y pensaba que «muchos miles [de personas] habrán sobrevivido a esos cuatro años de barro y sangre con un desencanto similar».38

De regreso en su hogar, en Inglaterra, vio a su esposa y a sus hijos con regularidad por primera vez en años. Le sorprendió cuánto había crecido Jack, cómo se le habían ensanchado los hombros y fortalecido los brazos. Jack había celebrado recientemente su decimosexto cumpleaños y era «¡casi tres centímetros, como mínimo, más alto que su padre!»,39 escribió Nina en una carta dirigida a Harold Large, un amigo de la familia que vivía en Nueva Zelanda. Jack se había convertido en un atleta de fuerte complexión y preparaba su cuerpo para el día en que fuera lo bastante mayor para aventurarse con su padre en la jungla. «Todos asistimos a los juegos deportivos y le vimos ganar el segundo premio en salto de altura y en alzamiento de pesas»,40 dijo Nina.

Fawcett y Jack practicaban juntos sus deportes habituales, pero ahora el hijo a menudo superaba al padre en habilidad. Jack escribió a Large, alardeando: «He jugado un partido de criquet fantástico, pues soy el segundo capitán del equipo [de la escuela] y he ganado el promedio de bolas y he quedado segundo en promedio de bateo. Tampoco he fallado recogiendo la bola ni una sola vez en toda la temporada». Escribía con una mezcla de petulancia e inocencia juveniles. También le contó que se había aficionado a la fotografía y que había hecho «algunas fotos fantásticas».41 Ocasionalmente, en sus cartas incluía una caricatura en tinta de su hermano o hermana.

Pese a su desparpajo y a su complexión atlética, en muchos sentidos Jack seguía siendo un adolescente torpe que se sentía inseguro a la hora de relacionarse con las chicas y que se empeñaba desesperadamente en respetar los dictados monacales de su padre. Solo parecía realmente cómodo en la compañía de su amigo de la infancia, Raleigh Rimell. Brian Fawcett dijo que Raleigh era el «capaz y voluntarioso teniente»42 de Jack. Durante la guerra, los dos amigos disparaban a los estorninos que se posaban en los tejados de las casas aledañas, escandalizando con ello a los vecinos y a la policía local. Una vez, Raleigh destrozó un buzón y fue requerido por la policía, que le impuso una multa de diez chelines para reemplazarlo por uno nuevo. Siempre que Raleigh pasaba junto al buzón nuevo, le sacaba brillo con un pañuelo y proclamaba: «Eh, ¿sabéis?, es mío».43

En las raras ocasiones en que Raleigh no estaba con Jack, era Brian Fawcett quien le seguía a todas partes. Brian era diferente de su hermano mayor; de hecho, era diferente de la mayoría de los varones Fawcett. Carecía de su destreza atlética, y con frecuencia, tal como él mismo admitió, era víctima de los abusos de otros niños «hasta el estupor». Sufriendo a la sombra de su hermano, Brian recordó: «En la escuela, siempre era Jack quien destacaba en los juegos, en las peleas y soportando los severos azotes del director».44

Aunque Nina creía que sus hijos no albergaban «sentimientos ocultos de miedo o desconfianza»45 para con ella o con Fawcett, a Brian le afectaba la actitud de su padre, pues daba la impresión de que siempre quería jugar con Jack y que trataba a este como a un futuro explorador; incluso le regaló el mapa del tesoro de Ceilán. En una ocasión, Brian comentó en una carta a su madre que al menos cuando su padre estaba de viaje no había «favoritos»46 en casa.

Un día, Brian siguió a Jack hasta la habitación en la que su padre guardaba su colección de artefactos. Entre ellos había una espada, hachas de piedra, una lanza con punta de hueso, arcos y flechas, y collares de conchas. Los chicos ya habían devorado una bolsa de frutos que el jefe de los maxubi había regalado a Fawcett. Aquel día, Jack sacó un hermoso mosquete artesanal llamado jezail que Fawcett había conseguido en Marruecos. Intrigado por saber si dispararía de verdad, Jack llevó afuera el jezail y lo cargó con pólvora. Dado lo oxidado que estaba y lo viejo que era, había muchas probabilidades de que el arma detonara por la culata con consecuencias letales, y Jack propuso a Brian que se jugaran a cara o cruz quién apretaría el gatillo. Perdió Brian. «Mi hermano mayor se apartó bien lejos y me acosó para que cumpliera con mi honrosa obligación de correr el riesgo de suicidarme -recordó Brian-. Apreté el gatillo, la cazoleta refulgió y crepitó… y no pasó nada. Pero sí estaba pasando algo. Un buen rato después de haber apretado el gatillo, se oyó una especie de tos fuerte y asmática, ¡y la boca del arma vomitó una inmensa nube de polvo rojo!»47 El arma no se disparó, pero Brian había demostrado, al menos durante un instante, que era tan osado como su hermano mayor.

Mientras tanto, Fawcett intentaba frenéticamente organizar lo que él llamaba su «camino a Z». Ya no podía contar con sus dos compañeros de mayor confianza: Manley había muerto a consecuencia de una dolencia cardíaca poco después de la guerra, y Costin se había casado y había decidido asentarse. La pérdida de estos hombres fue un golpe que quizá solo Costin podía apreciar en su justa medida. Dijo a su familia que el único talón de Aquiles de Fawcett como explorador era que detestaba demorarse en su avance por la selva, y que necesitaba a alguien en quien confiara lo bastante para que cuando esa persona dijera: «¡Basta!», él accediera a parar. Sin él y sin Manley, temía Costin, no habría nadie que detuviera a Fawcett.