Fawcett sufrió entonces un contratiempo aún más grave: la RGS y varias instituciones más le denegaron la financiación que había solicitado. La guerra había dificultado la consecución de fondos para la exploración científica, pero ese no era el único motivo. Antropólogos y arqueólogos formados en universidades empezaban a desplazar a los aficionados a Hints to Travellers; la falta de especialización había provocado que los hombres y las mujeres que osaban intentar proporcionar una autopsia de toda la tierra quedaran en cierto modo obsoletos. Otro explorador sudamericano y contemporáneo de Fawcett se quejó amargamente de que «en este mundo cotidiano nuestro, el practicante general se está quedando sin espacio».48 Y, aunque Fawcett seguía siendo una leyenda, la mayoría de los nuevos especialistas cuestionaban su teoría de Z. «No consigo inducir a los científicos a aceptar siquiera la suposición de que existen indicios de la existencia de una civilización ancestral»49 en el Amazonas, escribió Fawcett en sus diarios.
Algunos colegas habían dudado de su teoría de Z, ante todo por razones biológicas: los indígenas eran físicamente incapaces de crear una civilización compleja. Ahora muchos de los científicos de nueva generación dudaban por razones medioambientales: el entorno físico del Amazonas era demasiado inhóspito para que tribus primitivas erigieran ningún tipo de sociedad sofisticada. El determinismo biológico había ido dando paso al determinismo medioambiental. Y el Amazonas -el gran «paraíso ilusorio»- era la prueba más concluyente de los límites malthusianos que el entorno imponía a las civilizaciones.
Para muchos componentes de la élite científica, las crónicas de los primeros buscadores de El Dorado que Fawcett citaba confirmaban que no era sino un «aficionado». Un artículo publicado en la Geographical Review concluía que la cuenca del Amazonas estaba tan exenta de humanidad que era como «uno de los grandes desiertos del mundo […], comparable al Sahara».50 El distinguido antropólogo sueco Erland Nordenskióld, que había conocido a Fawcett en Bolivia, admitió que el explorador inglés era «un hombre sumamente original, absolutamente audaz», pero que adolecía de una «imaginación ilimitada».51 Un alto cargo de la RGS opinó: «Es un hombre visionario que a veces dice disparates».52 Y añadió: «No confío en que su incursión en el espiritualismo haya mejorado su juicio».53
Fawcett protestó ante Keltie: «Recuerde que soy un sano entusiasta y no un excéntrico cazador del snark»,54 una referencia al animal imaginario del poema de Lewis Carroll. (Según el poema, los cazadores del snark con frecuencia «desaparecen, / y nunca se los vuelve a ver».)
En el seno de la RGS, Fawcett conservaba una facción fiel de partidarios, entre ellos Reeves y Keltie, quien en 1921 se erigió en vicepresidente de la Royal Society. «No se preocupe por lo que la gente diga de usted y de sus presuntos "cuentos chinos" -le dijo Keltie-. Eso no importa. Hay mucha gente que cree en usted.»55
Fawcett podría haber persuadido a sus detractores con tacto y delicadeza, pero, tras muchos años en la jungla, se había convertido en una de sus criaturas. No se vestía con elegancia y en su casa prefería dormir en una hamaca. Tenía los ojos hundidos en las cuencas, como un profeta del día del Juicio Final, e, incluso para los excéntricos de la RGS, había algo vagamente aterrador en lo que un alto cargo denominó sus modales «más bien extraños».56 Después de que por la Royal Society circulasen informes de que era demasiado temperamental, demasiado incontrolable, Fawcett se quejó al cuerpo directivo: «No pierdo los nervios. No soy tempestuoso por naturaleza»,57 si bien su protesta sugería que seguía acumulando resentimiento.
En 1920, después de Año Nuevo, Fawcett invirtió los pocos ahorros de que disponía para trasladar a su familia a Jamaica, arguyendo que quería que sus hijos tuvieran «una oportunidad de crecer en el ambiente varonil del Nuevo Mundo».58 Aunque su hijo Jack, de dieciséis años de edad, tuvo que dejar la escuela, estaba encantado porque Raleigh Rimell también se mudó allí con su familia tras la muerte de su padre.
Mientras Jack trabajaba como peón en un rancho, Raleigh se dejaba la piel en una plantación de la United Fruit Company. Por la noche, los dos solían encontrarse y planear su incandescente futuro: irían a Ceilán a desenterrar el tesoro de Galla-pita-Galla y recorrerían el Amazonas en busca de Z.
Aquel febrero, Fawcett volvió a partir rumbo a Sudamérica, con la esperanza de conseguir financiación del gobierno brasileño. El doctor Rice, cuyo viaje de 1916 había concluido de forma prematura debido a la entrada de Estados Unidos en la guerra, estaba de vuelta en la jungla, cerca del Orinoco, en una región situada al norte de una zona que Fawcett tenía como objetivo y de la que durante siglos se había especulado que podía ser una de las posibles ubicaciones de El Dorado. Como era habitual en él, el doctor Rice viajó con una partida numerosa y bien armada, que raramente se alejaba de los ríos principales. Siempre obsesionado con los artilugios, había diseñado una embarcación de casi catorce metros de eslora para superar, según sus palabras, «la dificultad de los rápidos, las corrientes fuertes, las rocas sumergidas y las aguas poco profundas».59 La embarcación fue transportada hasta Manaos por piezas, del mismo modo que se había hecho con la ópera, y montada allí por obreros que trabajaron día y noche. El doctor Rice la bautizó como Eleanor II, por su esposa, que le acompañó en el tramo menos arriesgado del viaje. También llevó consigo una misteriosa caja negra de algo más de dieciocho kilos de peso, de la que asomaban diales y cables. Jurando que transformaría el arte de la exploración, cargó el artefacto en la embarcación y se lo llevó a la jungla.
Una tarde, en el campamento, cogió la caja y la colocó con cuidado sobre una mesa improvisada. Tras ponerse unos auriculares y hacer girar los diales mientras las hormigas le subían por los dedos, oyó sonidos vagos y crepitantes, como si alguien estuviera susurrando desde detrás de los árboles…, solo que las señales llegaban, nada más y nada menos, que desde Estados Unidos. El doctor Rice había contactado con sus emisores por medio de un equipo de radiotelegrafía -una temprana radio- equipada especialmente para la expedición. El dispositivo había costado alrededor de seis mil dólares, el equivalente actual de unos sesenta y siete mil dólares.
Todas las noches, bajo las gotas de lluvia que se desprendían de las hojas y los monos que se balanceaban en las ramas, el doctor Rice montaba el aparato y escuchaba las noticias: que el presidente Woodrow Wilson había sufrido una apoplejía, que los Yankees habían comprado a Babe Ruth a los Red Sox por ciento veinticinco mil dólares… Aunque la máquina no podía enviar mensajes, captaba señales que indicaban la hora del día en diferentes meridianos de todo el planeta, lo cual permitía al doctor Rice calcular la longitud con mayor precisión. «Los resultados […] excedieron con creces a las expectativas», comentó John W. Swanson, un miembro de la expedición que ayudaba a hacer funcionar la radio. «Las señales de la hora se recibían allí donde lo deseábamos, y un diario que se elaboraba y publicaba con noticias recibidas desde estaciones de radio ubicadas en Estados Unidos, Panamá y Europa mantenía perfectamente informados de los acontecimientos a los miembros de la expedición.»60
La partida siguió el Casiquiare, un canal natural de trescientos veintidós kilómetros que conectaba los sistemas fluviales del Orinoco y del Amazonas. En un punto determinado, el doctor Rice y sus hombres abandonaron las embarcaciones y siguieron a pie para explorar una parte de la jungla en la que, según se rumoreaba, había artefactos indígenas. Tras abrirse paso a lo largo de apenas ochocientos metros, encontraron varias rocas inmensas con curiosas marcas. Los hombres se apresuraron a rascar el musgo y a retirar las enredaderas. El frontal de las rocas estaba pintado con figuras que semejaban animales y cuerpos humanos. Sin tecnología más moderna (no se dispuso de la datación por radiocarbono hasta 1949) era imposible determinar su antigüedad, pero eran muy similares a las pinturas de aspecto ancestral que Fawcett había visto en rocas y había reproducido en sus cuadernos de bitácora.