La expedición, emocionada, regresó a la embarcación y siguió remontando el río. El 22 de enero de 1920, dos miembros del equipo del doctor Rice investigaban en la orilla cuando creyeron advertir que alguien los observaba. Regresaron al campamento a toda prisa e hicieron correr la alarma. En un instante, los indígenas se desplegaron en la orilla opuesta del río. «Un individuo alto, corpulento, oscuro y horrendo gesticulaba violentamente y no dejaba de gritar airado -escribió más tarde el doctor Rice en un informe para la RGS-. Una mata de pelo densa y corta adornaba su labio superior, y un diente grande colgaba del inferior. Era el jefe de una banda de la que en un principio se veían unos sesenta miembros, pero con cada minuto que pasaba iban apareciendo más, hasta que la ribera quedó repleta de ellos hasta donde alcanzaba la vista.»61
Llevaban largos arcos, flechas, garrotes y cerbatanas. Lo más sorprendente, sin embargo, era su piel. Era casi «de color blanco», afirmó el doctor Rice. Se trataba de la tribu de los yanomami, uno de los grupos de los llamados «indios blancos».
Durante sus expediciones anteriores, el doctor Rice había adoptado una actitud precavida y paternalista cuando contactaba con tribus. Mientras que Fawcett creía que los indígenas, en su mayor parte, debían permanecer «no contaminados» por los occidentales, el doctor Rice opinaba que debían ser «civilizados», y él y su esposa crearon una escuela en Sao Gabriel, junto al río Negro, así como varios centros médicos gestionados por misioneros cristianos. Tras una visita a la escuela, el doctor Rice dijo a la RGS que el cambio en «la vestimenta, los modales y la apariencia general» de los niños y «la atmósfera de orden y diligencia» estaban en «notable contraste con la mísera aldea de pequeños salvajes desnudos»62 que había sido en el pasado.
Mientras los yanomami se acercaban a ellos, los hombres del doctor Rice permanecieron en guardia pertrechados con un amplio surtido de armas, entre ellas rifles, una escopeta, un revólver y un arma de fuego que se cargaba por el cañón. El doctor Rice depositó en el suelo ofrendas de cuchillos y espejos, donde la luz pudiera hacerlos centellear. Los indígenas, tal vez al ver las armas apuntándoles, se negaron a aceptar los presentes; por el contrario, algunos siguieron acercándose a los exploradores con los arcos tensados. El doctor Rice ordenó a sus hombres que disparasen al aire a modo de advertencia, pero aquello solo consiguió provocar a los indígenas, que empezaron a disparar flechas, una de las cuales cayó junto a los pies de Rice. Este dio entonces la orden de abrir fuego, de disparar a matar. Se desconoce cuántos indígenas murieron en aquella encarnizada lucha. En una misiva dirigida a la RGS, el doctor Rice escribió: «No hubo alternativa, pues ellos fueron los agresores, rehusando toda tentativa de parlamento o tregua, y provocando un ataque defensivo que resultó desastroso para ellos y supuso una gran desilusión para mí».63
Mientras los indígenas se retiraban ante la descarga de fusilería, el doctor Rice y sus hombres regresaron a sus embarcaciones y huyeron. «Oíamos sus gritos escalofriantes, pues nos pisaban los talones»,64 refirió el doctor Rice. Cuando la expedición finalmente salió de la jungla, los exploradores fueron aclamados por su coraje. Fawcett, sin embargo, se sintió horrorizado y dijo a la RGS que disparar de forma indiscriminada a los indígenas era censurable. Tampoco pudo resistirse a señalar que el doctor Rice había «puesto pies en polvorosa»65 en el instante en que topó con el peligro y que había sido «demasiado blando para la verdadera experiencia de la jungla».66
Con todo, la noticia de que el doctor había encontrado pinturas ancestrales y tenía intención de regresar a la jungla con aún más artilugios intensificó la ansiedad de Fawcett, que seguía intentando conseguir financiación en Brasil. En Río se alojó con el embajador británico, sir Ralph Paget, un buen amigo, que presionó por su cuenta al gobierno brasileño. Aunque la RGS se había negado a consagrar sus escasos recursos a la expedición, recomendó a su famoso discípulo al gobierno brasileño, escribiendo en un cable que «es cierto que tiene reputación de ser de trato difícil […], pero al mismo tiempo posee una capacidad extraordinaria para superar dificultades que disuadirían a cualquier otro».67 El 26 de febrero, se acordó una reunión con el presidente de Brasil, Epitácio Pessoa, y el célebre explorador y responsable del Indian Protection Service, Cándido Rondón.68 Fawcett se presentó como coronel, aunque tras la guerra se había retirado como teniente coronel. Recientemente había solicitado al Ministerio de Guerra británico que le ascendieran, ya que iba a regresar a Sudamérica para conseguir financiación y «es una cuestión de cierta importancia».69 En una petición posterior, fue más explícito: «Tener un rango superior tiene cierta importancia al tratar con los altos funcionarios locales, ya que el de teniente coronel no solo es allí equivalente al de comandante, un grado inferior al de coronel, sino que además ha perdido gran parte de su prestigio debido al gran número de oficiales eventuales que lo han conservado».70 El Ministerio de Guerra rechazó su solicitud en ambas ocasiones, pero aun así él infló su rango, un subterfugio que mantuvo de modo tan categórico que prácticamente todo el mundo, incluso su familia y sus amigos, lo conocían como «coronel Fawcett».
En el palacio presidencial, Fawcett y Rondón se saludaron cordialmente. Rondón, que había sido ascendido a general, iba de uniforme y llevaba una gorra con ribetes dorados. El pelo canoso le confería un aire distinguido, y su cuerpo permanecía erguido como una baqueta. Tal como observó otro viajero inglés en una ocasión, atraía una «atención inmediata; una atmósfera de dignidad y poder conscientes que le hacían destacar».71 Aparte del presidente, no había nadie más en la sala.
Según Rondón, Fawcett expuso su teoría de la existencia de Z, enfatizando la importancia de su investigación arqueológica para Brasil. El presidente pareció simpatizar con la idea y preguntó a Rondón qué opinaba de «este valioso proyecto». Rondón sospechaba que su rival, que se mostraba muy reservado en cuanto a la ruta que pretendía seguir, podría tener algún otro motivo para llevar a cabo ese viaje, tal vez explotar la riqueza mineral de la jungla en beneficio de Inglaterra. Corrían también rumores, más tarde aireados por los rusos en Radio Moscú, de que Fawcett seguía siendo espía, aunque no existían pruebas de ello. Rondón insistió en que no era necesario que «extranjeros realicen expediciones en Brasil, ya que nosotros disponemos de civiles y militares muy capaces de hacer ese trabajo».
El presidente señaló que había prometido al embajador británico que le ayudaría. Rondón repuso que, en tal caso, era imperativo que la búsqueda de Z la efectuara una expedición conjunta de Brasil y Gran Bretaña.
Fawcett estaba convencido de que Rondón intentaba sabotearle, y su temperamento fue encendiéndose. «Tengo intención de ir solo», espetó.
Los dos exploradores se enfrentaron. En un principio, el presidente se puso de parte de su compatriota y dijo que la expedición debía incluir a los hombres de Rondón. Pero las dificultades económicas provocaron que el gobierno brasileño se retirase de ella, aunque concedió a Fawcett suficiente dinero para llevar a cabo una modesta exploración. Antes de que Fawcett se marchara de su última reunión, Rondón le dijo: «Rezo por la buena suerte del coronel».