Aquel mes de septiembre, mientras Rice y su equipo se dirigían hacia el Amazonas, Fawcett conoció a un intrépido corresponsal de guerra británico y antiguo miembro de la RGS llamado George Lynch. Este tenía buenos contactos tanto en Estados Unidos como en Europa, y frecuentaba el Savage Club de Londres, donde escritores y artistas se reunían, tomaban copas y fumaban cigarros. Lynch, de cincuenta y seis años, le pareció a Fawcett un «hombre altamente respetable, de carácter intachable y de excelente renombre».31 Y, lo más importante, también le fascinaba la idea de encontrar Z.
A cambio de un porcentaje de los beneficios que pudieran devengarse de la expedición, Lynch, mucho más avezado que Fawcett en el plano comercial, se ofreció a ayudarle a conseguir dinero. Fawcett había centrado sus esfuerzos por encontrar financiación en la RGS, menoscabada económicamente. Ahora, con la ayuda de Lynch, buscaría apoyo en Estados Unidos, ese nuevo y bullicioso imperio en constante expansión hacia nuevas fronteras y rebosante de capital. El 28 de octubre, Jack escribió a Windust para decirle que Lynch había ido a Estados Unidos «para ponerse en contacto con millonarios».32 Consciente del poder de la leyenda de Fawcett y del valor comercial de su historia -«la mejor historia de exploración que creo se ha escrito en nuestros tiempos»,33 como la definió Fawcett-, en un principio Lynch recurrió a sus contactos en los medios de comunicación. En cuestión de días, se había asegurado miles de dólares vendiendo los derechos del relato de la expedición de Fawcett a la North American News-paper Alliance, o NANA, un consorcio de publicaciones con presencia en casi todas las principales ciudades de Estados Unidos y Canadá. El consorcio, que incluía el New York World, Los Angeles Times, el Houston Chronicle, el Times-Picayune y el Toronto Star, era conocido por conceder acreditaciones de prensa a reporteros no profesionales que pudieran proporcionar información que fascinara al público desde los lugares más exóticos y peligrosos. (Tiempo después, alistó a Ernest Hemingway como corresponsal en el extranjero durante la guerra civil española y financió expediciones como la travesía del Pacífico en balsa de Thor Heyerdahl, en 1947.) Habitualmente, los exploradores redactaban sus aventuras después de haberlas vivido; sin embargo, Fawcett enviaría a mensajeros indígenas con comunicados durante el viaje; incluso, de ser posible, desde «la misma ciudad prohibida», según había informado un periódico.
Lynch también vendió los derechos de la expedición de Fawcett a periódicos de todo el mundo, de modo que decenas de millones de personas de prácticamente todos los continentes leerían el devenir de su viaje casi en tiempo real. Aunque Fawcett temía trivializar sus empeños científicos con tanta «jerga periodística», agradecía cualquier ayuda financiera. Además, aquel despliegue de medios le garantizaba la gloria absoluta. Lo que más le alegró, no obstante, fue un cable de Lynch en el que le informaba que su propuesta estaba generando el mismo entusiasmo entre prestigiosas instituciones científicas estadounidenses. Estas fundaciones no solo tenían más dinero que sus homologas europeas, sino que además se mostraban de acuerdo con la teoría de Fawcett. El director de la American Geographical Society, el doctor Isaiah Bowman, había sido miembro de la expedición en la que Hiram Bingham descubrió el Machu Picchu, un enclave que los científicos del momento nunca esperaron encontrar. El doctor Bowman dijo a un periodista: «Conocemos al coronel Fawcett desde hace muchos años como un hombre de carácter firme y de absoluta integridad. Le profesamos una confianza absoluta, tanto en su capacidad y en su competencia como en su fiabilidad como científico».34 La American Geographical Society ofreció a la expedición una subvención de mil dólares; el Museum of the American Indian añadió otros mil dólares.
El 4 de noviembre de 1924, Fawcett escribió a Keltie, diciéndole: «Por el cable y las cartas de Lynch, deduzco que todo el asunto […] está estimulando la fantasía de los estadounidenses. Supongo que se trata de la vena romántica que ha erigido y sin duda erigirá imperios».35 Tras advertir a la institución británica que estaba a punto de saberse que «un Colón moderno ha sido rechazado en Inglaterra»,36 le ofreció una última oportunidad para respaldar la misión. «La RGS me formó como explorador, y no quiero que se quede fuera»37 de una expedición que sin duda iba a hacer historia, dijo. Finalmente, con Keltie y otros partidarios presionando a su favor, y con científicos de todo el mundo considerando seriamente la posibilidad de la existencia de Z, la Royal Society votó por apoyar a la expedición y ayudar a completar el equipamiento.
El total ascendió a apenas cinco mil dólares, menos que el coste de una de las radios del doctor Rice. No era suficiente para que Fawcett, Jack o Raleigh pudiesen cobrar un salario, y gran parte de la financiación ofrecida por los periódicos se recibiría una vez concluido el viaje. «Si no regresan, no habrá nada»38 de lo que pueda vivir la familia, le dijo Nina más tarde a Large.
«No es una suma que inspiraría a la mayoría de los exploradores»,39 comentó Fawcett a Keltie. Pero añadía en otra carta: «En cierto sentido, me alegro de que ninguno de los tres vaya a ganar un céntimo a menos que el viaje tenga éxito, ya que nadie podrá decir que íbamos tras el dinero al emprender esta peligrosa empresa. Es una investigación científica honrada fomentada por su interés y su valor excepcionales».40
Fawcett y Jack visitaron la RGS, donde los resentimientos y las frustraciones parecían haber desaparecido de pronto. Todos les desearon suerte. Reeves, el conservador cartográfico de la Royal Society, recordó tiempo después el «joven admirable» que era Jack: «Corpulento, alto y fuerte, como su padre».41 Fawcett expresó su gratitud a Reeves y a Keltie, que nunca habían vacilado en apoyarle. «Me alegrará inmensamente narraros la historia completa dentro de tres años»,42 les dijo.
De vuelta en Stoke Canon, Fawcett, Jack y el resto de la familia se sumieron en un frenesí de embalajes y planes. Se decidió que Nina y Joan, que contaba entonces catorce años, se trasladarían a la isla portuguesa de Madeira, donde la vida era más asequible. Brian, que estaba disgustado porque su padre no le había escogido a él para la expedición, había desviado su atención hacia la ingeniería ferroviaria. Con la ayuda de Fawcett, encontró un empleo en una compañía de Perú y fue el primero en partir hacia Sudamérica. La familia acompañó a Brian, quien entonces tenía solo diecisiete años, a la estación de tren.
Fawcett dijo a Brian que sería responsable del cuidado de Nina y de su hermana mientras ellos estuviesen de expedición, y que cualquier ayuda económica que su hijo pudiera enviarles contribuiría a que sobrevivieran. La familia hizo planes para el regreso de Fawcett y de Jack como héroes. «Al cabo de dos años estarían de vuelta y, en cuanto yo tuviera mi primer permiso, todos volveríamos a encontrarnos en Inglaterra -recordó Brian tiempo después-. Luego la familia se instalaría en Brasil, donde sin duda estaría el trabajo de los años venideros.»43 Brian se despidió de ellos y subió al tren. Mientras este se ponía en marcha y empezaba a alejarse, los miró desde la ventanilla y lentamente vio desaparecer a su padre y a su hermano en la distancia.
El 3 de diciembre de 1924, Fawcett y Jack se despidieron de Joan y de Nina y subieron a bordo del Aquitania rumbo a Nueva York, donde iban a encontrarse con Raleigh. El camino hacia Z parecía al fin asegurado. Sin embargo, cuando desembarcaron en Nueva York, una semana después, Fawcett supo que Lynch, su socio de «carácter intachable», se había confinado, borracho y rodeado de prostitutas, en el hotel Waldorf-Astoria. «Había sucumbido a la trampa de la omnipresente botella en aquella Ciudad de la Ley Seca»,44 escribió Fawcett a la RGS. Dijo que Lynch «debe de haber sufrido una aberración alcohólica. Podría ser algo más grave, pues sufre algún trastorno sexual».45 La aberración había costado más de mil dólares de los fondos para la expedición, y Fawcett temía que la misión fracasara antes incluso de empezar. No obstante, la inminente gesta ya se había convertido en un acontecimiento internacional; incluso John D. Rockefeller Jr., descendiente del multimillonario fundador de la Standard Oil y aliado del doctor Bowman, extendió un talón por la suma de cuatro mil quinientos dólares para que «el plan pueda ponerse en marcha de inmediato».46