Por aquel entonces, Fawcett oyó la primera noticia sobre la expedición del doctor Rice. Durante varias semanas, no se había recibido comunicado alguno de la partida, que había estado explorando un afluente del río Branco, a unos dos mil kilómetros al norte de Cuiabá. Muchos temían que los hombres hubiesen desaparecido. Pero un buen día un radioaficionado de Caterham, en Inglaterra, captó con su receptor inalámbrico señales en morse procedentes de las profundidades de la selva amazónica. El operador anotó el siguiente mensaje:
Progreso lento, debido a condiciones físicas extremadamente difíciles. El personal de la expedición supera los cincuenta miembros. Imposible utilizar el hidroavión debido al bajo nivel de las aguas. Se están alcanzando los objetivos de la expedición. Todos bien. Este mensaje está siendo enviado con el sistema inalámbrico de la expedición. Rice.34
Otro mensaje informaba que el doctor Theodor Koch-Grünberg, el renombrado antropólogo integrante de la partida, había contraído la malaria y había fallecido. El doctor Rice anunció por medio de la radio que estaba a punto de utilizar el hidroavión, aunque antes sería necesario retirar la capa de hormigas, termitas y telarañas que cubría el panel de control y la cabina como si fuera ceniza volcánica.
A los hombres les preocupaba qué ocurriría en caso de que tuviesen que efectuar un aterrizaje forzoso. Albert William Stevens, un destacado aeronauta y fotógrafo aéreo de la expedición, dijo a la RGS: «En caso de no sobrevolar una vía fluvial, sería recomendable lanzarse en paracaídas antes de que el avión se estrelle contra los inmensos árboles de la selva; la única esperanza para los paracaidistas sería entonces encontrar los restos del avión y asegurarse la provisión de comida. Con un machete y una brújula, tal vez podrían abrirse camino hasta el río más próximo, construir una balsa y escapar. Una fractura en un brazo o en una pierna implicaría una muerte segura, por descontado».35
Finalmente, los hombres llenaron el depósito de combustible -suficiente para unas cuatro horas-, y tres miembros de la expedición subieron a bordo del avión. El piloto puso en marcha la hélice y el aparato empezó a deslizarse por el río entre rugidos para luego alzarse hacia el cielo. Stevens describió la primera perspectiva de la jungla de la que disfrutaron los exploradores desde unos mil quinientos metros:
Las palmeras, dispersas por la selva, parecían centenares de estrellas de mar en el fondo del océano […]. Salvo por las espirales, los mantos y las nubes de emanaciones brumosas ascendiendo desde numerosos arroyos ocultos, no se veía más que selva sombría, de apariencia infinita, premonitoria en su silencio y su vastedad.36
Por lo general, el piloto y otro miembro de la partida volaban unas tres horas todas las mañanas, antes de que la creciente temperatura exterior pudiera provocar un sobrecalentamiento del motor. Durante varias semanas, el doctor Rice y su equipo inspeccionaron miles de kilómetros cuadrados de selva amazónica, una extensión inconcebible a pie o incluso en barca. Los hombres descubrieron, entre otras cosas, que los ríos Parima y Orinoco no compartían, como se sospechaba, las mismas fuentes.
En una ocasión, el piloto creyó ver algo moviéndose entre los árboles y descendió hacia el dosel arbóreo: había una congregación de indios «blancos» yanomami. El avión amerizó y el doctor Rice intentó establecer contacto con los indígenas, ofreciéndoles abalorios y pañuelos. A diferencia de lo ocurrido en su anterior expedición, los indígenas aceptaron sus ofrendas. Tras pasar varias horas con la tribu, el doctor Rice y su partida se dispusieron a abandonar la selva. La RGS pidió al operador de la Caterham que transmitiera «la felicitación y los buenos deseos de la Royal Society».37
La expedición, pese a la desafortunada muerte de Koch-Grünberg, supuso un logro histórico. Además de los hallazgos cartográficos que efectuó: por primera vez pudo verse la región del Amazonas desde el otro lado del dosel arbóreo, invirtiendo la balanza del poder que siempre había favorecido a la selva sobre sus intrusos. «En las regiones donde los nativos son tan hostiles o los obstáculos físicos son tan grandes para efectivamente impedir [el acceso a pie] -declaró el doctor Rice-, el avión las sobrevuela con facilidad y rapidez.»38 Además, la radio inalámbrica le había permitido mantenerse en contacto con el mundo exterior. («La selva brasileña ha dejado de ser solitaria»,39 proclamó el The New York Times.) La RGS aclamó en un comunicado la primera «comunicación por radio con la Royal Society de una expedición sobre el terreno».40 Al mismo tiempo, reconocía con nostalgia que se había pasado un rubicón: «Si constituye o no una ventaja despojar de glamour a una expedición a lo desconocido informando a diario es una cuestión en la que las opiniones difieren».41 Debido al tremendo coste del equipo, la voluminosidad de las radios y la ausencia de lugares seguros donde aterrizar en la mayor parte de las regiones del Amazonas, los métodos del doctor Rice no serían ampliamente adoptados hasta al menos una década después, pero él había mostrado el camino.
Para Fawcett, sin embargo, tan solo un dato era importante: su rival no había encontrado Z.
Al salir del hotel una mañana de abril, Fawcett sintió el sol abrasador en la cara. La estación seca había llegado. Tras el anochecer, el 19 de abril, llevó a Raleigh y a Jack por la ciudad, donde forajidos armados con rifles Winchester de calibre 44 solían merodear a la entrada de cantinas penumbrosas. Varios bandidos habían atacado a un grupo de buscadores de diamantes que se alojaba en el mismo hotel que Fawcett y su partida. «[Un buscador] y uno de los bandidos resultaron muertos, y otros dos gravemente heridos -refirió Jack a su madre-. La policía empezó a trabajar en el caso varios días después, y, compartiendo una taza de té… ¡preguntaron a los asesinos por qué lo habían hecho! Y ahí quedó todo.»42
Los exploradores hicieron una visita a John Ahrens, un diplomático alemán asentado en la región, con quien habían trabado amistad. Ahrens ofreció a sus invitados té y galletas. Fawcett le preguntó si sería tan amable de reenviar a Nina y al resto del mundo las cartas o las noticias de la expedición que llegaran desde la selva. Ahrens contestó que estaría encantado de hacerlo, y más tarde escribió a Nina para comentarle que las conversaciones de su esposo con respecto a Z eran tan insólitas e interesantes que nunca se había sentido más feliz.
La mañana siguiente, bajo la atenta mirada de Fawcett, Jack y Raleigh se ataviaron con su equipo de exploradores, que incluía unos pantalones ligeros e irrompibles y sombreros Stetson. Cargaron los rifles de calibre 30 y se armaron con machetes de cuarenta y cinco centímetros de largo, que el propio Fawcett había diseñado y encargado al mejor cuchillero de Inglaterra. La NANA envió un informe que tituló: «Equipo único para el explorador […]. Producto de años de experiencia en la exploración de la selva. Peso de los utensilios reducido al mínimo».
Fawcett contrató a dos porteadores y a guías nativos para que acompañaran a la expedición hasta el territorio más peligroso, situado a unos ciento sesenta kilómetros al norte. El 20 de abril, una muchedumbre se congregó para ver partir al grupo. Con el restallar de los látigos, la caravana empezó a avanzar; Jack y Raleigh estaban rebosantes de orgullo. Ahrens acompañó a los exploradores durante una hora a lomos de su caballo. Luego, según refirió a Nina, los vio alejarse hacia el norte, hacia «un mundo hasta el momento completamente incivilizado y desconocido».43
La expedición cruzó el cerrado, o «bosque seco», que constituía el tramo menos complejo del viaje. El terreno estaba formado en su mayor parte por árboles bajos y retorcidos, y pasto similar al de la sabana, donde varios rancheros y buscadores habían establecido asentamientos. Aun así, según explicó Fawcett a su esposa por carta, supuso «una excelente iniciación»44 para Jack y Raleigh, que avanzaron despacio, deshabituados como estaban al terreno rocoso y al calor. Este era tan intenso, escribió Fawcett en un despacho especialmente fervoroso, que en el río Cuiabá «los peces literalmente se cocían vivos».45