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Un mes después de que los exploradores partieran de Cuiabá y tras lo que Fawcett describió como «una prueba de paciencia y resistencia para experiencias de mayor envergadura» que les deparaban, los hombres llegaron al Puesto Bakairí. El asentamiento consistía en una veintena de chozas destartaladas, acordonadas con alambre de espino para protegerlas de las tribus agresivas. (Tres años después, otro explorador describió el puesto como «un agujerito en el mapa: aislado, desolado, primitivo y dejado de la mano de Dios».)56 La tribu bakairí era una de las primeras en la región a las que el gobierno había intentado someter a un proceso de aculturación, y a Fawcett le horrorizó lo que denominó «los métodos brasileños para civilizar a las tribus indígenas».57 En una carta destinada a uno de sus patrocinadores estadounidenses, observó: «Los bakairí no han dejado de morir desde que los han civilizado. Solo quedan unos ciento cincuenta».58 Y proseguía: «Los han traído aquí en parte para cultivar arroz, mandioca […] que luego se envía a Cuiabá, donde alcanza, en la actualidad, precios elevados. Los bakairí no reciben remuneración alguna, visten harapos, en su mayoría uniformes gubernamentales caquis, y predomina la miseria general y la falta de higiene que está provocando que todos enfermen».59

Fawcett fue informado de que una chica bakairí acababa de enfermar. Con frecuencia intentaba tratar a los nativos con su equipo médico, pero, a diferencia del doctor Rice, sus conocimientos eran limitados, y no pudo hacer nada para salvarle la vida. «Dicen que los bakairí están muriendo a consecuencia de un fetiche [brujería], pues hay un fetichista en el poblado que los odia -escribió Jack-. Ayer mismo murió una niña… ¡por el fetiche, dicen!»60

El brasileño al mando del puesto, Valdemira, alojó a los exploradores en la recién construida escuela. Los hombres se remojaron en el río para limpiarse la mugre y el sudor. «Todos nos hemos afeitado la barba y nos sentimos mejor sin ella»,61 dijo Jack.

Miembros de otras tribus remotas visitaban de cuando en cuando el Puesto Bakairí para conseguir provisiones, y Jack y Raleigh pronto vieron algo que los dejó atónitos: «Unos ocho indios salvajes, absolutamente desnudos»,62 según escribió Jack a su madre. Los indígenas llevaban arcos de dos metros y flechas de un metro ochenta. «Para gran deleite de Jack, hemos visto aquí los primeros indios salvajes, salvajes desnudos del Xingu»,63 escribió Fawcett a Nina.

Jack y Raleigh se apresuraron a recibirlos. «Les dimos un poco de queso de guayaba -escribió Jack-, que les gustó muchísimo.»64

Jack intentó llevar a cabo una rudimentaria autopsia: «Son gente menuda, de algo menos de metro sesenta, y muy corpulentos -escribió sobre los indígenas-. Solo comen pescado y verduras, nunca carne. Una mujer llevaba un magnífico collar hecho con discos diminutos de concha de caracol, cuya confección debió de requerir una tremenda paciencia».65

Raleigh, a quien Fawcett había designado fotógrafo de la expedición, preparó la cámara y retrató a los indios. En una de las fotografías, Jack se colocó junto a ellos para dar muestra de «las estaturas comparativas»; los indios le llegaban por los hombros.

Por la noche, los tres exploradores fueron a la choza de barro donde se alojaban los indígenas. Un fuego iluminaba el interior y el aire estaba saturado de humo. Fawcett sacó un ukelele y Jack un flautín que habían incluido en su equipaje. (Fawcett dijo a Nina que «la música era un gran consuelo "en la selva", y que podría incluso salvar de la locura a un hombre solo».)66 Los indios fueron congregándose a su alrededor, y Jack y Fawcett prolongaron el recital hasta bien entrada la noche; la música envolvió al pueblo como una brisa.

El 19 de mayo, un día fresco, Jack se despertó entusiasmado: era su vigésimo segundo cumpleaños. «Nunca me había sentido tan bien»,67 le escribió a su madre. Para la ocasión, Fawcett permitió que se bebiera alcohol, y los tres exploradores celebraron el acontecimiento con una botella de licor brasileño. A la mañana siguiente prepararon el equipo y los animales de carga. Al norte del puesto se veían las imponentes montañas y la jungla. Era, escribió Jack, un «territorio absolutamente inexplorado».68

La expedición puso rumbo a aquella terra incógnita. No se veían senderos definidos, y la luz que se filtraba a través del dosel que formaban los árboles era escasa. Se esforzaban por ver no solo lo que pisaban sino también lo que había en lo alto, pues era allí donde acechaban la mayoría de los depredadores. Sus pies se hundían en charcos de barro. Las manos les ardían por el uso de los machetes. La piel les sangraba por las picaduras de los mosquitos. Incluso Fawcett confesó a Nina: «Los años pasan factura, pese al espíritu de entusiasmo».69

A Raleigh se le había curado ya el pie, pero se le infectó el otro, y al quitarse el calcetín se llevó con él un considerable trozo de piel. Parecía estar desmoronándose; ya había padecido ictericia, tenía un brazo hinchado y se sentía, según sus propias palabras, «descompuesto».

Al igual que su padre, Jack tendía a la intolerancia con la debilidad ajena, y se quejó a su madre de que su amigo era incapaz de cargar con su parte de trabajo -iba a caballo, descalzo- y de que siempre se sentía asustado y abatido.

La selva agrandaba las fisuras que habían surgido a raíz del romance que Raleigh había vivido en el barco. Abrumado por los insectos, el calor y el dolor en el pie, Raleigh fue perdiendo el interés en «la Búsqueda». Ya no pensaba en regresar como un héroe: lo único que quería, según él, era montar un pequeño negocio y formar una familia. («¡Los Fawcett pueden quedarse con toda mi ración de fama y disfrutarla cuanto les plazca!»,70 escribió a su hermano.) Cuando Jack habló de la relevancia arqueológica de Z, Raleigh se encogió de hombros y dijo: «Eso es demasiado profundo para mí».71

«Me gustaría que [Raleigh] fuera más listo, porque apenas puedo comentar nada con él ya que no sabe absolutamente nada -escribió Jack-. Solo conversamos sobre Los Ángeles o Seaton. No sé qué hará durante un año en "Z".»72

«Me encantaría que estuvieras aquí -dijo Raleigh a su hermano, y añadió-: ¿Sabes?, hay un dicho en el que creo: "Dos, compañía; tres, multitud". ¡Y ahora lo estoy comprobando bastante a menudo!»73 Jack y Fawcett, afirmaba, trataban con cierta «inferioridad a los demás. Por eso a veces me siento "fuera de todo". Por supuesto, no lo demuestro […], pero, aun así, como ya te he dicho, me siento "terriblemente solo" y falto de una amistad verdadera».74

Nueve días después, los exploradores alcanzaron al fin el Dead Horse Camp, donde pudieron ver los «huesos blancos» del antiguo animal de carga de Fawcett. Los hombres se aproximaban al territorio de los belicosos suya y kayapó. En una ocasión, un indio describió a un periodista una emboscada que los kayapó habían tendido a su tribu. Él y otros, escribió el periodista, huyeron a la otra margen del río y «presenciaron a lo largo de toda la noche la macabra danza de sus enemigos alrededor de sus hermanos masacrados». Durante tres días, los invasores permanecieron allí, tocando flautas de madera y danzando entre los cadáveres. Cuando finalmente se marcharon, los pocos indios que habían escapado regresaron a su poblado: no quedaba nadie con vida. «Las mujeres, a quienes creían que habrían perdonado la vida, yacían boca arriba; sus cuerpos exánimes estaban ya en un avanzado estado de descomposición, con las piernas separadas con un puntal encajado entre las rodillas.»75 En un despacho, Fawcett describió a los kayapó como un violento «puñado de apaleadores que mutilan y matan a los individuos que encuentran solos […]. Su única arma es un garrote corto, similar a la porra de la policía»,76 que, añadía, utilizan con gran destreza.