Al franquear el río Manso, donde Fawcett se había alejado del resto del grupo y donde a Raleigh le habían picado garrapatas, no dejé en ningún momento de mirar por la ventanilla, esperando ver los primeros indicios de una temible selva. Sin embargo, el paisaje se parecía al de Nebraska: llanuras perpetuas que se perdían en el horizonte. Cuando pregunté a Taukane dónde estaba la selva, este contestó de forma naturaclass="underline"
– Ha desaparecido.
Instantes después, señaló hacia una flota de humeantes camiones diesel que avanzaban en la dirección opuesta cargados con troncos de casi veinte metros.
– Solo los indios respetan la selva -dijo Paolo-. Los blancos la arrasan.
El Mato Grosso, prosiguió, estaba siendo transformado en tierras de cultivo, dedicadas en su mayoría a la soja. Tan solo en Brasil, el Amazonas ha perdido en las últimas cuatro décadas unos setecientos mil kilómetros cuadrados de su masa selvática original, un territorio más grande que Francia. Pese a los esfuerzos gubernamentales por reducir la deforestación, en tan solo cinco meses del año 2007 se destruyeron siete mil kilómetros cuadrados, una región más grande que el estado de Delaware. Infinidad de animales y plantas, muchos de ellos con grandes propiedades medicinales, han desaparecido. Dado que el Amazonas genera la mitad de su propia lluvia por medio de la humedad que se evapora a la atmósfera, la devastación ha empezado a alterar la ecología de la zona, contribuyendo a que se produzcan inundaciones que destruyen la capacidad de la selva para sustentarse. Y pocos lugares han sido tan arrasados como el Mato Grosso, donde el gobernador estatal, Blairo Maggi, es uno de los mayores productores de soja del mundo. «No siento la menor culpa por lo que estamos haciendo aquí -afirmó Maggi al The New York Times en 2003-. Estamos hablando de un territorio más grande que Europa que apenas ha sido tocado, por lo que no hay nada en absoluto de lo que preocuparse.»2
El último boom económico, mientras tanto, ha dado lugar a otro de los estallidos de violencia del Amazonas. El ministro brasileño de Transporte ha dicho que los madereros que transitan por la BR-163 emplean a «la mayor concentración de trabajo esclavizado del mundo».3 Los indígenas a menudo son arrancados de su tierra, esclavizados o asesinados. El 12 de febrero de 2005, mientras Paolo y yo viajábamos a la selva, varios pistoleros, presuntamente al servicio de un ranchero del estado de Para, se enfrentaron a una monja estadounidense de setenta y tres años que defendía los derechos de los indígenas. Mientras los hombres le apuntaban con sus armas, ella cogió su Biblia y empezó a leer el evangelio de san Mateo: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados». Los pistoleros le descerrajaron seis disparos y dejaron su cuerpo tendido boca abajo en el barro.4
James Petersen, el prestigioso científico de la Universidad de Vermont que formó al arqueólogo Michael Heckenberger y que fue de gran ayuda en la planificación de mi viaje, me dijo en el transcurso de nuestra última conversación, unos meses antes, que estaba emocionado porque tenía previsto ir al Amazonas para llevar a cabo una investigación cerca de Manaos. «Tal vez pueda visitarme al volver del Xingu», me dijo. «Sería fantástico», le contesté. Pero pronto supe que en agosto, mientras cenaba con el arqueólogo brasileño Eduardo Neves en un restaurante de un pueblo situado a orillas del río Amazonas, un par de bandidos, que presuntamente trabajaban para un antiguo oficial de la policía, asaltaron el local con intenciones de robar. Uno de los ladrones abrió fuego y alcanzó a Petersen en el estómago. El científico cayó al suelo y dijo: «No puedo respirar». Neves le aseguró que todo iría bien, pero para cuando llegaron al hospital Petersen ya había muerto. Tenía cincuenta y un años.5
Desde la BR-163 viramos hacia otra carretera sin asfaltar en dirección al este, hacia el Puesto Bakairí. Pasamos cerca del rancho de Galvão donde Fawcett se había alojado unos días, y decidimos ver si conseguíamos encontrarlo. En las cartas, Fawcett había dicho que en la zona era conocido como Rio Novo, y el nombre aparecía en varios mapas actualizados. Tras casi cuatro horas de traqueteos y sacudidas, encontramos una señal oxidada en un desvío de la carretera: «Rio Novo», con una flecha que señalaba a la izquierda.
– Mira eso -dijo Paolo.
Cruzamos un frágil puente de listones de madera que salvaba un río. El puente crujió bajo el peso de la camioneta y nosotros miramos al torrente de agua que fluía quince metros más abajo.
– ¿Cuántas muías y caballos llevaba el coronel? -preguntó Paolo, tratando de imaginar a Fawcett cruzando aquel mismo puente.
– Alrededor de una docena -contesté-. Según sus cartas, Galvão reemplazó a algunos de los animales más débiles y le regaló un perro…, que al parecer volvió al rancho, varios meses después de que Fawcett desapareciera.
– ¿Volvió solo? -preguntó Paolo.
– Eso dijo Galvão. También comentó algo acerca de unos penachos de humo que vio en la selva, hacia el este, y que creyó que se trataba de alguna señal de Fawcett.
Por primera vez, penetramos en una franja de bosque denso. Aunque no se veía ningún rancho, llegamos a una cabaña de barro con techo de paja. Dentro se encontraba un indio muy mayor, sentado en un tocón y con un bastón de madera en la mano. Iba descalzo y solo llevaba unos pantalones polvorientos. De la pared que quedaba a sus espaldas colgaba la piel de un jaguar y una imagen de la Virgen María. Taukane le preguntó, en la lengua de los bakairí, si había por allí un rancho conocido como Rio Novo. El hombre escupió al oír aquel nombre y agitó el bastón en dirección a la puerta.
– Por ahí -contestó.
En ese instante apareció otro indio, más joven, que se ofreció a mostrarnos el camino. Volvimos a la camioneta y enfilamos un sendero cubierto de malas hierbas; las ramas restallaban contra el parabrisas. Cuando se hizo impracticable, nuestro guía saltó del vehículo y nosotros le seguimos por el bosque mientras él cercenaba las enredaderas y las lianas con un machete. En varias ocasiones alzó la vista, escrutó las copas de los árboles y dio varios pasos hacia el este o hacia el oeste. Finalmente se detuvo.
Miramos a nuestro alrededor: no había nada salvo un muro gigante de árboles.
– ¿Dónde está Rio Novo? -preguntó Paolo.
Nuestro guía alzó el machete sobre su cabeza y lo arrojó al suelo. La hoja topó contra algo duro.
– Justo aquí -contestó.
Bajamos la mirada y, para nuestra sorpresa, vimos una hilera de ladrillos resquebrajados.
– Aquí es donde estaba la entrada de la finca -dijo el guía, y añadió-: Era muy grande.
Nos desplegamos por el bosque en busca de indicios de la gran hacienda de Galvão. Empezó a llover de nuevo.
– ¡Aquí! -gritó Paolo.
Estaba a unos treinta metros, de pie, junto a una pared de ladrillo envuelta en plantas trepadoras. La selva había devorado el rancho en apenas unas décadas, y yo me pregunté cómo podrían sobrevivir los restos de civilizaciones ancestrales en un entorno tan hostil. Entonces comprendí que era posible que sencillamente desaparecieran.