Por la noche, Dyott enviaba despachos por radio, que después la Radio Relay League, una red de radioaficionados de Estados Unidos, solía transmitir a la NANA. Cada nuevo dato se pregonaba a los cuatro vientos: «Dyott se aproxima al calvario de la selva», «Dyott emprende la ruta de Fawcett», «Dyott encuentra una nueva pista». John J. Whitehead, miembro de la expedición, escribió en su diario: «Qué diferente habría sido el relato de la historia de Stanley y Livingstone de haber dispuesto de una radio».39 Muchas personas de todo el mundo sintonizaban los boletines, fascinadas. «Oí hablar por primera vez [de la expedición] por medio del receptor de cristal cuando solo tenía once años»,40 recordaría tiempo después Loren MacIntyre, una estadounidense que acabó siendo también una prestigiosa exploradora del Amazonas.
Los radioyentes afrontaban desde sus casas los terrores que amenazaban a la partida. Una noche, Dyott informó:
Encontramos huellas en la tierra blanda, huellas de pies humanos. Nos detuvimos para examinarlas. Debían de pertenecer a treinta o cuarenta personas integrantes de un mismo grupo. Instantes después, uno de nuestros indios bakairí se volvió y dijo con voz inexpresiva: «Indios kayapó».41
Tras caminar casi un mes en dirección norte desde el Puesto Bakairí, la partida llegó al asentamiento de nahukwá, una de las numerosas tribus que habían buscado refugio en las selvas circundantes al Xingu. Dyott escribió a propósito de los nahukwá: «Estos nuevos moradores de la selva eran tan primitivos como Adán y Eva».42 Varios miembros de la tribu recibieron cordialmente a Dyott y a sus hombres, pero el jefe, Aloique, parecía hostil. «Nos observó impasible con sus pequeños ojos -escribió Dyott-. La astucia y la crueldad acechaban tras sus párpados.»43
Dyott se vio enseguida rodeado por los hijos de Aloique y observó algo atado a un trozo de cuerda que uno de los niños llevaba al cuello: una pequeña placa conmemorativa con la inscripción «W. S. Silver and Company». Era el nombre de la empresa británica que había aprovisionado a Fawcett. Al entrar en la penumbrosa choza del jefe, Dyott prendió una bengala. En un rincón vio un baúl metálico de estilo militar.
Sin la ayuda de traductores, Dyott intentó interrogar a Aloique por medio de un sofisticado lenguaje de signos. Aloique, también con gestos, pareció sugerir que el baúl era un regalo. Luego indicó que había guiado a tres hombres blancos hasta un territorio vecino. Dyott, escéptico, instó a Aloique y a varios de sus hombres a que le llevaran por la misma ruta.
Aloique le advirtió que una tribu sanguinaria, los suya, vivía en la zona a la que pretendían dirigirse. Cada vez que los nahukwá pronunciaban la palabra «suya», se señalaban la nuca, como si los estuvieran decapitando. Dyott insistió y Aloique, a cambio de cuchillos, accedió a acompañarlos.
Aquella noche, mientras Dyott y sus hombres dormían entre los indios, muchos miembros de la partida se sintieron desazonados. «No podemos prever los actos [de los indios] puesto que nada sabemos de ellos, excepto, y esto es importante, que la partida de Fawcett desapareció en estas regiones»,44 escribió Whitehead. Dormía con un Winchester de calibre 38 y un machete debajo de la manta.
Al día siguiente, a medida que la expedición avanzaba por entre la selva, Dyott siguió interrogando a Aloique, y el jefe no tardó en aportar un nuevo elemento a su historia. Fawcett y sus hombres, insinuó, habían sido asesinados por los suya. «¡Suya! ¡Bum-bum-bum!», gritó el jefe, y se dejó caer al suelo como si estuviera muerto. Las cambiantes explicaciones de Aloique despertaron sospechas en Dyott. Tal como este escribió más tarde: «El dedo acusador parece señalar a Aloique».45
En un momento dado, mientras Dyott informaba por radio de sus últimos hallazgos, el aparato dejó de funcionar. «El grito de la selva, sofocado», declaró un boletín de la NANA. «La radio de Dyott, desconectada en crisis.» Su prolongado silencio desencadenó especulaciones nefastas. «Estoy aterrada»,46 confesó la esposa de Dyott a los periodistas.
Mientras tanto, la comida y el agua empezaron a escasear, y varios miembros de la expedición estaban tan enfermos que apenas podían caminar. Whitehead escribió que no podía «comer, de tanta fiebre como tengo».47 El cocinero tenía las piernas hinchadas y le supuraban pus. Dyott decidió proseguir con solo dos de sus hombres, con la esperanza de encontrar los restos de Fawcett. «Recuerda -dijo Dyott a Whitehead-: si me ocurre algo, todos mis efectos personales son para mi esposa.»48
La noche previa a la partida del reducido contingente, uno de los hombres de la expedición de Dyott, un indígena, informó que había oído a Aloique conspirando con otros miembros de la tribu para asesinar a Dyott y robarle el equipamiento. Para entonces, Dyott no albergaba ya ninguna duda de que había encontrado al asesino de Fawcett. Como argumento disuasorio, Dyott dijo a Aloique que tenía la intención de llevar a todos sus hombres con él. La mañana siguiente, Aloique y su séquito habían desaparecido.
Poco después, infinidad de indios de varias tribus de la región del Xingu surgieron de la selva armados con arcos y flechas, y exigieron regalos. Cada hora, una nueva canoa llegaba con más indígenas. Algunos de ellos lucían llamativas alhajas y poseían exquisitas piezas de cerámica, lo cual hizo pensar a Dyott que las historias de Fawcett sobre una civilización ancestral sofisticada podían ser ciertas. Pero era imposible seguir indagando. Tal como lo explicó Whitehead: «Nativos de tribus de todo el territorio, posiblemente dos mil, fueron acechándonos gradualmente desde todas las direcciones».49
Dyott había agotado ya las reservas de regalos y los indios iban tornándose hostiles. Les prometió que a la mañana siguiente daría a cada uno de ellos un hacha y cuchillos. Pasada la medianoche, cuando los indios parecían dormir, Dyott reunió con sigilo al grupo y partió en las barcas de la expedición. Los hombres las empujaron al río y se dejaron llevar por la corriente. Nadie se atrevió a utilizar los remos. Instante después, oyeron varias canoas remontando el río con más indios a bordo, al parecer dirigiéndose a su campamento. Dyott indicó a sus hombres que llevaran las barcas a la orilla y se escondieran dentro de ellas. Todos contuvieron el aliento hasta que los indios los dejaron atrás.
Dyott dio al fin la orden de remar y los exploradores obedecieron al momento. Uno de los técnicos consiguió que la radio inalámbrica funcionara el rato suficiente para enviar un breve mensaje: «Lamento informar que la expedición de Fawcett pereció a manos de indios hostiles. Nuestra situación es crítica […]. Ni siquiera dispongo de tiempo para comunicar detalles por radio. Debo descender el Xingu sin demora o también nos apresarán a nosotros».50 La expedición entonces se deshizo de la radio, junto con otro equipamiento pesado, para aligerar la huida. Los periódicos debatían sobre sus posibilidades de sobrevivir. «Las probabilidades de Dyott de escapar son del cincuenta por ciento», proclamaba un titular. Cuando Dyott y sus hombres finalmente surgieron de la selva, meses después -enfermos, demacrados, con barba y acribillados por los mosquitos-, fueron recibidos como héroes. «Queremos disfrutar de la plácida y embriagadora atmósfera de la fama»,51 dijo Whitehead, que fue contratado después como anunciante de una marca de laxantes llamada Nujo. («Puede estar seguro de que, aunque tenga que descartar equipo importante, en mi próxima aventura me llevaré una buena cantidad de Nujol.»)52 Dyott publicó un libro, Man Hunting in the jungle, y en 1933 protagonizó en Hollywood una película sobre sus aventuras titulada Savage Gold.