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Aunque no existen estadísticas fidedignas, un cálculo reciente eleva a un centenar el coste en muertes de estas expediciones. La licenciada por la Universidad de California, quien, en 1930, fue una de las primeras mujeres antropólogas que viajaron a la región para llevar a cabo una investigación, consiguió regresar pero murió pocos años después a consecuencia de una infección contraída en el Amazonas. En 1939, otro antropólogo estadounidense se ahorcó de un árbol en la selva. (Dejó un mensaje en el que decía: «Los indios van a quitarme mis notas […]. Son muy valiosas y pueden ser desinfectadas y enviadas al museo. Quiero que mi familia crea que fallecí por causas naturales en un poblado indígena».)68 Un buscador perdió a su hermano, víctima de las fiebres. «Intenté salvarle -dijo a Nina-, pero, desgraciadamente, no pude hacer nada, de modo que le enterré en la orilla del Araguaya.»69

Al igual que Rattin y Winton, otros exploradores parecían evaporarse de la faz de la tierra. En 1947, según el reverendo Jonathan Wells, misionero en Brasil, una paloma mensajera salió de la selva con una nota escrita por un profesor de escuela neozelandés de treinta y dos años, Hugh McCarthy, obsesionado con encontrar Z. Wells dijo que había conocido a McCarthy en su misión cristiana, ubicada en la periferia oriental del Mato Grosso, y que le había advertido que moriría si se internaba solo en la selva. Pero McCarthy se negó a abandonar su proyecto, relató Wells, y entonces este dio al profesor siete palomas mensajeras para que fuera enviando mensajes, y McCarthy las colocó en cestas de mimbre a bordo de su canoa. La primera nota llegó seis semanas después. Decía: «Sigo bastante enfermo por el accidente, pero la inflamación de la pierna va remitiendo […]. Mañana parto para proseguir con mi misión. Me dicen que las montañas que busco están a solo cinco días de aquí. Que Dios te proteja. Hugh». Un mes y medio después, una segunda paloma llegó hasta Wells con un nuevo mensaje. «Me encuentro […] en nefastas circunstancias -escribía McCarthy-. Hace ya mucho que abandoné la canoa y el rifle, pues este resulta inútil en la selva. Se me ha acabado la comida y sobrevivo con bayas y frutos silvestres.» La última noticia sobre McCarthy llegó en una tercera nota que decía: «He concluido mi trabajo y muero feliz, sabiendo que mi creencia en Fawcett y en su Ciudad de Oro perdida no era vana».70

Nina seguía de cerca el desarrollo de todo lo que acontecía con respecto a lo que ella denominaba «El Misterio Fawcett». Se había convertido en una especie de detective: examinaba documentos y, con una lupa, estudiaba los antiguos cuadernos de bitácora de su esposo. Un visitante la describió sentada frente a un mapa de Brasil, lápiz en mano; a su alrededor, desperdigadas, las últimas cartas y fotografías de su marido y de su hijo, así como un collar de conchas que Jack le había enviado desde el Puesto Bakairí. Por petición expresa de Nina, la RGS compartía con ella todas las noticias de posibles avistamientos o rumores relacionados con la suerte de la partida. «Usted siempre ha defendido la valerosa opinión de que puede juzgar mejor que nadie el valor de una prueba»,71 le dijo un alto cargo de la RGS. Ella insistía en que se había «entrenado» para ser siempre imparcial, de modo que, al igual que un juez, emitía un veredicto ante cualquier nueva prueba que presentaban las diversas teorías sobre la suerte de su marido. En una ocasión, después de que un aventurero alemán asegurara haber visto a Fawcett con vida, ella escribió airada que ese hombre tenía «más de un pasaporte, al menos tres alias, ¡y un buen fajo de artículos de prensa que hablan de él!».72

Pese a sus esfuerzos por seguir siendo objetiva, confesó a su amigo Harold Large, después de que se propagaran rumores de que los indígenas habían masacrado a la partida: «Mi corazón está lacerado por los terribles relatos que estoy obligada a leer y mi imaginación evoca imágenes espantosas de lo que podría haber ocurrido. Requiere toda mi fuerza de voluntad expulsar todos estos horrores de mis pensamientos. El desgaste es brutal».73 Otro amigo de Nina informó a la Royal Geographical Society que «lady Fawcett está sufriendo en cuerpo y alma».74

Nina encontró entre sus documentos un fajo de cartas que Fawcett había escrito a Jack y a Brian cuando llevaba a cabo su primera expedición, en 1907. Informó a Large que se las había entregado a Brian y a Joan «para que ambos conozcan la verdadera personalidad del hombre de quien descienden. -Y añadía-: Hoy está muy presente en mis pensamientos: es su cumpleaños».75

Para 1936, la mayoría de la gente, incluso los Rimell, había llegado a la conclusión de que la partida había perecido. El hermano mayor de Fawcett, Edward, dijo a la RGS: «Debo actuar en la convicción, albergada desde hace mucho tiempo, de que todos ellos murieron hace ya años».76 Pero Nina se negaba a aceptar que su esposo no fuera a regresar y que ella misma había accedido a enviar a su hijo a la muerte. «Soy una de los pocos que aún creen»,77 dijo. Large se refería a ella78 como «Penélope» esperando el «regreso de Ulises».79

Del mismo modo que le ocurrió a Fawcett con Z, la búsqueda de los exploradores desaparecidos se convirtió para Nina en una obsesión. «El regreso de su esposo es lo único por lo que vive hoy», le comentó un amigo al cónsul general en Río. Nina apenas tenía dinero: recibía tan solo una parte de la pensión de Fawcett y una pequeña cantidad que Brian le enviaba desde Perú. Con el paso de los años, empezó a vivir como una indigente nómada, deambulando con su fardo a cuestas, repleto de papeles relacionados con Fawcett, entre Perú, donde vivía Brian, y Suiza, donde Joan se había instalado con su marido, el ingeniero Jean de Montet y sus cuatro hijos, entre ellos Rolette. Cuantas más personas dudaban de que los exploradores siguieran con vida, con tanto más desespero se aferraba Nina a las pruebas que demostraran su fe. Cuando una de las brújulas de Fawcett apareció en el Puesto Bakairí, en 1933, ella insistió en que su esposo la habría dejado allí en fechas recientes como un indicio de que estaba vivo. Aunque, tal como señaló Brian, era evidente que se trataba de algo que su padre había dejado allí antes de partir. «Tengo la impresión -escribió Nina a un contacto de Brasil- que en más de una ocasión el coronel Fawcett ha intentado dar señales de su presencia, y de que nadie, excepto yo, ha comprendido su significado.»80 En ocasiones firmaba sus cartas con un «Créeme».

En la década de 1930, Nina empezó a recibir informes de una nueva fuente: los misioneros que se estaban introduciendo en la región del Xingu con el propósito de convertir a lo que uno de ellos denominó «los indios más primitivos y atrasados de toda Sudamérica».81 En 1937, Martha L. Moennich, una misionera estadounidense, caminaba por la selva con los párpados inflamados por picaduras de garrapatas y recitaba la promesa del Señor -«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»- cuando, según aseguró, hizo un extraordinario hallazgo: en el poblado kuikuro conoció a un muchacho de piel clara e intensos ojos azules. La tribu le dijo que era hijo de Jack Fawcett y de una india.82 «En su naturaleza doble hay evidentes rasgos de la reserva británica y de porte militar, mientras que en su vertiente indígena, la visión de un arco y una flecha, o un río, hacen de él un niño de la selva»,83 escribió más tarde Moennich. Dijo que había propuesto llevarse al niño con ella para que el pequeño pudiera tener la oportunidad «no solo de aprender el idioma de su padre sino también de vivir entre personas de la raza de su padre».84 La tribu, no obstante, se negó. Otros misioneros regresaron con historias similares acerca de un niño blanco que vivía en la selva, un niño que era, según un clérigo: «Tal vez el niño más famoso de todo el Xingu».85