– Le diré la verdad acerca de los restos encontrados -dijo. Luego añadió que el poblado pedía a cambio cinco mil dólares.
Le expliqué que no disponía de esa suma e intenté ensalzar las virtudes del intercambio cultural. Uno de los kalapalo se acercó a mí.
– Los espíritus me avisaron que usted iba a venir y que es rico -dijo.
– He visto fotografías de sus ciudades. Ustedes tienen muchos coches. Debería darnos uno -añadió otro.
Uno de ellos salió del hotel y volvió al rato con tres más. Cada pocos minutos aparecía otro kalapalo, y la habitación pronto estuvo atestada de más de una docena de hombres, algunos viejos, otros jóvenes, todos rodeándonos a Paolo y a mí.
– ¿De dónde salen? -le pregunté.
– No lo sé -contestó él.
Vajuvi dejó que sus hombres discutieran y regatearan. Mientras las negociaciones se desarrollaban, muchos de ellos se tornaron hostiles. Me empujaban y me llamaban mentiroso. Finalmente, Vajuvi se puso en pie.
– Usted habla con su jefe en Estados Unidos y nosotros volveremos dentro de unas horas -dijo.
Salió de la habitación y los miembros de su tribu le siguieron.
– No te preocupes -dijo Paolo-. Ellos presionan y nosotros también. Funciona así.
Abatido, subí a mi habitación. Dos horas después, Paolo me llamó desde recepción.
– Por favor, baja -dijo-. Creo que he llegado a un acuerdo.
Todos los kalapalo estaban en el vestíbulo. Paolo me dijo que Vajuvi había accedido a llevarnos al Parque Nacional del Xingu si pagábamos el transporte y varios centenares de dólares en suministros. Estreché la mano del jefe y, en cuestión de segundos, sus hombres me daban palmadas en los hombros y me preguntaban por mi familia, como si acabáramos de conocernos.
– Ahora hablamos y comemos -dijo Vajuvi-. Todo está bien.
Al día siguiente nos dispusimos a partir. Para llegar a uno de los principales afluentes del Xingu, el río Kuluene, necesitábamos una camioneta aún más potente, de modo que después de almorzar nos despedimos de nuestro chófer, que pareció aliviado por volver a casa.
– Espero que encuentre esa Y que está buscando -dijo.
Cuando se marchó, alquilamos un camión de plataforma con ruedas del tamaño de las de tractor. Cuando se propagó la noticia de que un camión se dirigía al Xingu, de todas partes aparecieron indios cargados con niños y fardos, que se acercaban corriendo para subir al vehículo. Cuando el camión parecía no dar cabida a más gente, otra persona conseguía introducirse dentro. Iniciamos nuestro viaje con las tormentas vespertinas.
Según el mapa, el Kuluene solo estaba a unos noventa y seis kilómetros, pero era la peor carretera por la que habíamos circulado Paolo y yo: el agua de las charcas que encontrábamos a nuestro paso llegaba hasta los bajos del camión, y este, en ocasiones, a pesar de todo su peso, se ladeaba peligrosamente. No circulábamos a más de veinticinco kilómetros por hora; a veces teníamos que parar, retroceder y acelerar de nuevo. También allí la selva había sido arrasada. Algunas áreas habían sido incendiadas recientemente, y desde el camión alcanzábamos a ver los restos de los árboles esparcidos a lo largo de kilómetros, con sus extremidades negras alzándose hacia el cielo.
Finalmente, mientras nos acercábamos al río, la selva volvió a materializarse. Los árboles fueron envolviéndonos poco a poco, formando con sus ramas una red que cubría el parabrisas. Se oía un repiqueteo constante de madera contra los laterales del camión. El chófer encendió los faros, y su luz osciló sobre el terreno. Cinco horas después llegamos a un alambrado: el límite del Parque Nacional del Xingu. Vajuvi dijo que faltaba menos de un kilómetro para el río, y que a partir de allí viajaríamos en barca hasta el poblado kalapalo. Sin embargo, el camión quedó varado en el barro y nos obligó a descargar temporalmente el equipamiento para aligerar el peso. Cuando alcanzamos el río, era ya noche cerrada bajo el dosel de los árboles. Vajuvi dijo que deberíamos esperar para cruzar.
– Es demasiado peligroso -aseguró-. El río está lleno de troncos y ramas. Debemos respetarlo.
Los mosquitos me acribillaban, y los guacamayos y las cigarras cantaban sin cesar. Sobre nuestras cabezas, algunas criaturas aullaban.
– No te preocupes -dijo Paolo-. No son más que monos.
Caminamos un poco más y llegamos a una choza. Vajuvi empujó la puerta, que cedió con un crujido. Nos indicó que entráramos y se movió por el interior hasta que encontró una vela; su luz iluminó una pequeña estancia con techo de estaño ondulado y suelo de tierra. Había un mástil de madera en el centro de la sala, y Vajuvi nos ayudó a Paolo y a mí a colgar las hamacas. Aunque yo aún llevaba la ropa húmeda por el sudor y el barro del viaje, me tumbé e intenté protegerme la cara de los mosquitos. Un rato después, la vela se apagó y yo me mecí suavemente en la penumbra, escuchando el murmullo de las cigarras y los chillidos de los monos.
Me sumí en un sueño ligero, pero me desperté de súbito al notar algo en la oreja. Abrí los ojos sobresaltado: cinco niños desnudos, pertrechados con arcos y flechas, me observaban. Cuando vieron que me movía, se rieron y salieron corriendo.
Me incorporé. Paolo y Vajuvi estaban de pie alrededor de una pequeña hoguera en la que hervía agua.
– ¿Qué hora es? -pregunté.
– Las cinco y media -contestó Paolo. Me tendió unas galletas saladas y una taza de hojalata llena de café-. Aún queda un trecho largo -añadió-. Debes comer algo.
Tras un desayuno rápido, salimos y, a la luz del día, vi que nos encontrábamos en un pequeño campamento situado frente al río Kuluene. En la orilla había embarcaciones de aluminio y fondo plano en las que cargamos el equipo. Cada una de ellas medía unos tres metros y medio de largo y llevaba incorporado un motor fuera borda, un invento que se había introducido hacía pocos años en el Xingu.
Paolo y yo subimos a una de las barcas con un guía kalapalo, mientras que Vajuvi y su familia se acomodaron en la otra. Las dos embarcaciones empezaron a remontar el río en paralelo y a toda velocidad. Más al norte había rápidos y cataratas, pero en aquel punto el río era una extensión de agua calma de color verde oliva. Los árboles ribeteaban las márgenes; sus ramas se combaban como la espalda de un anciano y sus hojas rozaban la superficie del agua. Varias horas después, fondeamos en la orilla. Vajuvi nos indicó que recogiéramos el equipo y le seguimos por un sendero corto. Se detuvo y agitó con orgullo una mano frente a sí.
– Kalapalo -anunció.
Estábamos ante una plaza circular de más de cien metros de circunferencia y salpicada de casas muy similares a las que había descrito la anciana del Puesto Bakairí. Con una forma que recordaba al casco invertido de un barco, parecían estar tejidas, más que construidas, con hojas y madera. El exterior estaba cubierto de paja, salvo por una puerta en la parte frontal y otra en la posterior, ambas lo bastante bajas, me informaron, para mantener fuera a los espíritus malignos.
Varias docenas de personas caminaban por la plaza. Muchas de ellas iban desnudas, y algunas llevaban el cuerpo adornado con exquisitos ornamentos: collares de dientes de mono, espirales de pigmento negro extraído de la jagua, y franjas rojas de pigmento de la baya uruku. Las mujeres de entre trece y cincuenta años lucían vestidos de algodón holgados, con la mitad superior bamboleándose en la cintura. La mayoría de los hombres que no iban desnudos llevaban bañadores elásticos, como si fueran nadadores olímpicos. Era evidente que la forma física era un rasgo muy valorado. Algunos bebés, observé, tenían un jirón de tela atado con fuerza alrededor de las pantorrillas y de los bíceps, a modo de torniquete, para definir sus músculos.