Para entonces, yo ya sabía que disponía de suficiente material para escribir un reportaje. Había descubierto la verdad sobre los restos del abuelo de Vajuvi. Había oído el relato oral que se había transmitido de generación en generación de los kalapalo. Había reconstruido la juventud de Fawcett, su formación en la RGS y su última expedición. Sin embargo, había lagunas en la historia que aún me acosaban. A menudo había oído hablar de biógrafos que acababan obsesionándose con el sujeto de sus estudios, y que, tras años de investigar su vida, de intentar seguir todos y cada uno de sus pasos y de vivir en su mundo, sufrían arrebatos de rabia y desesperación porque, en algún punto, empezaba a resultarle irreconocible. Ciertos aspectos de su carácter, ciertas partes de su historia seguían siendo impenetrables. Me pregunté qué les habría sucedido a Fawcett y a sus acompañantes después de que los kalapalo dejaron de ver el humo de sus hogueras. Me pregunté si los exploradores habrían sido asesinados por los indios y, en tal caso, cuáles. Me pregunté si Jack habría llegado a cuestionar a su padre, y si el propio Fawcett, tal vez viendo morir a su hijo, se habría dicho: «¿Qué he hecho?». Y me pregunté, ante todo, si realmente existía una Ciudad de Z. ¿Era, como Brian Fawcett temía, tan solo fruto de la imaginación de su padre, o quizá de todas nuestras imaginaciones? El final de la historia de Fawcett parecía residir eternamente más allá del horizonte: una metrópoli oculta hecha de palabras y párrafos; mi propia Z. Tal como lo definió Cummins, parafraseando a Fawcett: «Mi historia se ha perdido, pero es un acto de vanidad para el alma humana exhumarla y contarla al mundo».3
Lo lógico era abandonar y volver a casa. Pero había una persona, pensé, que quizá supiera algo más: Michael Heckenberger, el arqueólogo de la Universidad de Florida con quien James Petersen me había recomendado que me pusiera en contacto. Durante nuestra breve conversación telefónica, Heckenberger me había dicho que estaba dispuesto a reunirse conmigo en el poblado kuikuro, que se encontraba al norte del asentamiento kalapalo. Había oído rumores por parte de otros antropólogos de que Heckenberger había pasado tanto tiempo en el Xingu que había sido aceptado plenamente por el jefe kuikuro y que disponía de su propia choza en el poblado. Si alguien podía haber descubierto alguna prueba o leyenda acerca de los últimos días de Fawcett, ese era Heckenberger. De modo que decidí seguir adelante, aunque Brian Fawcett había advertido a los demás que dejaran de «malgastar su vida por un espejismo».4
Cuando se lo dije a Paolo, me miró desconcertado: seguir adelante significaba dirigirse al lugar exacto en que James Lynch y sus hombres habían sido secuestrados en 1996. Tal vez por deber o por resignación, Paolo dijo: «Como quieras», y empezó a cargar nuestro equipamiento en la barca de aluminio de los kalapalo. Con Vajuvi como guía, partimos por el río Kuluene. Había llovido casi toda la noche y el cauce se derramaba sobre la selva adyacente. Paolo y yo solíamos hablar animadamente sobre nuestra búsqueda, pero aquel día permanecimos en silencio.
Varias horas después, la barca se acercó a un dique natural donde un muchacho indígena pescaba. Vajuvi viró la embarcación hacia él y apagó el motor cuando la proa alcanzó la orilla.
– ¿Hemos llegado? -le pregunté.
– El poblado está en el interior -contestó él-. A partir de aquí tenéis que seguir a pie.
Paolo y yo descargamos las bolsas y las cajas de comida, y nos despedimos de Vajuvi. Observamos cómo su barca desaparecía tras un meandro del río. El equipaje era excesivo para cargar con él, y Paolo preguntó al chico si nos prestaría su bicicleta, que estaba apoyada contra un árbol. El chico accedió, y Paolo me dijo que esperase mientras él iba a buscar ayuda. Se alejó pedaleando y yo me senté bajo un buriti y miré cómo el chico lanzaba el hilo al agua y tiraba de él.
Pasó una hora sin que nadie apareciera. Me puse en pie y miré detenidamente hacia el sendero, que no era más que una pista de barro rodeada de hierba y arbustos silvestres. Pasaba del mediodía cuando aparecieron cuatro chicos montados en bicicletas. Ataron los fardos al portaequipajes de las bicicletas, pero no quedó espacio para una caja de cartón grande, que pesaba cerca de veinte kilos, ni para la bolsa de mi ordenador, de modo que yo cargué con ellas. En una mezcla de portugués, kuikuro y gestos, los chicos me indicaron que nos encontraríamos en el poblado. Se despidieron con un gesto de la mano y desaparecieron por el sendero sobre sus destartaladas bicicletas.
Con la caja sobre un hombro y la bolsa en la mano, los seguí a pie, solo. El sendero serpenteaba por un bosque de mangles parcialmente sumergido. Me pregunté si debía descalzarme, pero no tenía modo de cargar con las botas, así que seguí llevándolas puestas, aunque los pies se me hundían en el barro hasta los tobillos. El sendero pronto desapareció bajo el agua. No estaba seguro de qué dirección seguir y doblé hacia la derecha, donde me pareció ver hierba pisada. Caminé durante una hora y seguí sin ver a nadie. La caja que llevaba al hombro pesaba cada vez más, como también la bolsa del portátil, que, entre los mangles, parecía algo absurdo y tan característico de las actuales exploraciones. Pensé en dejarlos allí, pero no había ninguna superficie seca.
Ocasionalmente resbalaba en el barro y caía de rodillas sobre el agua. Juncos espinosos me rasgaban la piel de los brazos y las piernas, causando finos regueros de sangre. Grité el nombre de Paolo pero no obtuve respuesta. Exhausto, encontré un montículo herboso solo unos centímetros por debajo de la superficie del agua y me senté. Los pantalones y la ropa interior se me empaparon mientras yo escuchaba las ranas. Me ardían la cara y las manos por el sol y me mojé con el agua embarrada en un vano intento de refrescarme. Fue entonces cuando saqué del bolsillo el mapa del Xingu en el que Paolo y yo habíamos trazado nuestra ruta. La «Z» del centro de pronto parecía ridícula, y empecé a maldecir a Fawcett. Le maldije por Jack y Raleigh. Le maldije por Murray, y Rattin, y Winton. Y le maldije por mí.
Al cabo de un rato, me puse en pie y traté de dar con el sendero correcto. Seguí caminando sin descanso. En un punto determinado, el agua me llegó hasta la cintura, de modo que tuve que levantar la caja y la bolsa sobre mi cabeza. Cada vez que creía que había llegado al final del bosque, una nueva extensión se abría frente a mí: grandes parcelas de juncos altos y húmedos repletos de jejenes y mosquitos que me comían.
Me afanaba en aplastar un mosquito que me estaba picando en el cuello cuando oí un ruido en la distancia. Me detuve pero no vi nada. Al avanzar otro paso, el ruido se volvió más intenso. Grité una vez más el nombre de Paolo.
Y volví a oírlo: una especie de cacareo, algo así como una risotada. Un objeto oscuro se movió rápidamente entre la hierba alta, y otro, y otro más. Se acercaban.
– ¿Quién anda ahí? -pregunté en portugués.
Oí otro ruido a mis espaldas y me di la vuelta: la hierba crujía, aunque no soplaba viento. Azucé el paso, tropezando contra los juncos al intentar abrirme paso entre ellos. El agua iba volviéndose más profunda y vasta hasta que pareció un lago. Observaba anonadado la orilla, a unos doscientos metros frente a mí, cuando vi semioculta en un arbusto una canoa de aluminio. Aunque no había remos, dejé la caja y la bolsa en su interior y me subí a ella, exhausto. Entonces volví a oír el ruido y me sobresalté. De entre los altos juncos aparecieron docenas de niños desnudos. Se agarraron a los extremos de la canoa y empezaron a llevarme a nado por el lago, sin dejar de carcajear durante todo el recorrido. Al llegar a la otra orilla, bajé a trompicones de la canoa y los niños me condujeron por un camino. Habíamos llegado al poblado kuikuro.