Paolo estaba sentado a la sombra de la choza más próxima.
– Siento no haber vuelto a buscarte -dijo-. No me creí capaz de conseguirlo.
Llevaba el chaleco enrollado al cuello y sorbía agua de un cuenco. Me tendió el cuenco y, aunque el agua no estaba hervida, bebí con avidez, dejando que se me derramara por el cuello.
– Ahora ya tienes cierta idea de lo que debió de ser para Fawcett -dijo-. Así que volvemos a casa, ¿no?
Antes de que pudiera contestar, un hombre kuikuro se nos acercó y nos indicó que le siguiéramos. Vacilé unos instantes y luego cruzamos con él la polvorienta plaza central, que debía de medir unos ciento cincuenta metros de diámetro; según me dijeron, era la más grande del Xingu. Recientemente, un incendio había arrasado las chozas que la rodeaban; las llamas habían saltado de un tejado de paja al siguiente, y habían dejado la mayor parte del asentamiento reducido a cenizas. El indio se detuvo frente a una de las chozas que se había mantenido en pie tras el incendio y nos dijo que entráramos. Cerca de la puerta vi dos magníficas esculturas en arcilla: una de una rana y la otra de un jaguar. Las estaba admirando, absorto, cuando un hombre enorme surgió de las sombras. Su constitución era la de Tamakafi, un luchador mítico xinguano que, según la leyenda, tenía un cuerpo colosal, con los brazos tan gruesos como los muslos, y las piernas tan grandes como un arca. El hombre iba vestido tan solo con un bañador de tela fina y llevaba el pelo cortado en forma de cuenco, lo que confería a su rostro severo un aire aún más imponente.
– Soy Afukaká -dijo con una voz sorprendentemente suave y comedida.
Era evidente que se trataba del jefe. Nos invitó a almorzar a Paolo y a mí: un cuenco de pescado y arroz que sus dos esposas, que eran hermanas, nos sirvieron. Parecía interesado en el mundo exterior y me hizo muchas preguntas sobre Nueva York, sobre los rascacielos y los restaurantes.
Mientras hablábamos, una suave melodía se filtraba en la choza. Me volví hacia la puerta justo cuando un grupo de bailarinas y bailarines entraban con flautas de bambú. Los hombres, que iban desnudos, habían pintado sus cuerpos con intrincadas imágenes de tortugas y anacondas, cuyas formas se extendían por brazos y piernas, y cuyos colores, naranja, amarillo y rojo, brillaban por el sudor. Alrededor de los ojos, la mayoría de ellos llevaban pintados círculos negros que parecían máscaras en una fiesta de disfraces. En la cabeza, un penacho de plumas largas y de colores.
Afukaká, Paolo y yo nos pusimos en pie mientras el grupo invadía la choza. Los hombres avanzaron dos pasos y luego retrocedieron, sin dejar de tocar las flautas, algunas de las cuales medían hasta tres metros, preciosos trozos de bambú que emitían tonos similares a un zumbido, como el viento al rozar el extremo de una botella abierta. Varias muchachas de pelo largo bailaban junto a los hombres, con las manos apoyadas sobre los hombros de la persona que tuvieran delante, formando así una cadena. Ellas también iban desnudas, salvo por ristras de conchas de caracol que llevaban al cuello y un triángulo de corteza de árbol, o uluri, que les cubría el pubis. Algunas de las pubescentes habían concluido hacía poco el período de reclusión y su piel era más clara que la de los hombres. Los saltos de los bailarines hacían tintinear los collares, que se sumaban al insistente ritmo de la música. El grupo nos rodeó durante varios minutos; luego salieron por la puerta y desaparecieron en la plaza. El sonido de las flautas se amortiguó cuando entraron en la siguiente choza.
Pregunté a Afukaká acerca del ritual y me explicó que se trataba de una fiesta consagrada a los espíritus de los peces.
– Es un modo de comulgar con los espíritus -dijo-. Tenemos centenares de ceremonias, todas muy hermosas.
Al cabo de un rato, mencioné a Fawcett. Afukaká repitió casi con exactitud lo que el jefe kalapalo me había dicho.
– Los indios feroces debieron de matarlos -dijo.
De hecho, resultaba creíble que una de las tribus más belicosas de la región -con toda probabilidad los suya, como Aloique había sugerido, los kayapó o los xavante- hubiese masacrado a la partida. Era improbable que los tres ingleses hubiesen muerto de hambre, dado el talento de Fawcett para sobrevivir en la selva durante largas temporadas. Los datos que yo tenía me llevaban una y otra vez a ese mismo punto, y nunca más allá. Sentí una repentina resignación.
– Solo la selva sabe la verdad -opinó Paolo.
Mientras hablábamos, apareció un curioso personaje. Su piel era blanca, aunque en ciertas partes el sol la había enrojecido, y tenía el pelo rubio y desaliñado. Llevaba unos pantalones cortos holgados, el torso desnudo y un machete. Era Michel Heckenberger.
– De modo que lo ha conseguido -dijo con una sonrisa en los labios mientras observaba mi ropa empapada y sucia.
Lo que me habían dicho era cierto: Afukaká lo había aceptado como uno de los suyos y había hecho construir para él una choza junto a la suya. Heckenberger nos dijo que llevaba trece años investigando allí de forma intermitente. Durante ese tiempo, había contraído todo tipo de enfermedades: desde la malaria hasta una infección producida por una bacteria virulenta que le escamó la piel. En una ocasión, los gusanos le invadieron el cuerpo, como le había ocurrido a Murray. «Fue horroroso», dijo Heckenberger. Debido al concepto preponderante del Amazonas como un paraíso ilusorio, la mayoría de los arqueólogos habían abandonado hacía tiempo el remoto Xingu.
– Dieron por hecho que era un agujero negro arqueológico -comentó Heckenberger, y añadió que Fawcett había sido «la excepción».
Heckenberger conocía bien la historia de Fawcett, e incluso él había intentado investigar sobre la desaparición de los tres exploradores.
– Me fascina él y lo que hizo en aquel tiempo -confesó-. Fue un personaje extraordinario como pocos. Alguien capaz de subir a una canoa o viajar hasta aquí a pie sabiendo de la presencia de ciertos indios que intentarían… -Se detuvo en mitad de la frase, como si contemplase las consecuencias de sus palabras.
Dijo que resultaba fácil despreciar a Fawcett por «excéntrico»: carecía de las herramientas y de la disciplina del arqueólogo actual, y nunca cuestionó el dogma de que cualquier ciudad perdida del Amazonas tenía sus orígenes en Europa. Pero aunque Fawcett era un aficionado, siguió adelante y fue capaz de ver cosas con mayor claridad que los eruditos profesionales.
– Quiero mostrarle algo -dijo Heckenberger en un momento dado.
Con el machete en ristre, nos llevó a Paolo, a Afukaká y a mí al interior de la selva. Mientras avanzábamos, Heckenberger cortaba en los árboles zarcillos que crecían en vertical buscando los rayos del sol. Tras caminar algo más de un kilómetro, llegamos a una zona donde la vegetación era algo más rala. Heckenberger señaló al suelo con el machete.
– ‹¡ Ve cómo la tierra se hunde? -preguntó.
Ciertamente la tierra parecía descender en un tramo largo, y luego parecía volver a ascender, como si alguien hubiese cavado una enorme zanja.
– Es un foso -explicó Heckenberger.
– ¿Qué quiere decir con que es un foso?
– Un foso. Una zanja defensiva -añadió-. De hace casi novecientos años.
Paolo y yo intentamos seguir los contornos de la zanja, que dibujaba un círculo casi perfecto por entre la selva. Heckenberger dijo que originalmente el foso había tenido una profundidad de entre tres metros y medio y cinco. Medía casi un kilómetro y medio de diámetro. Pensé en las «zanjas enormes y profundas» que se decía que el espíritu Fitsi-fitsi había excavado alrededor de los asentamientos.
– Los kuikuro conocían su existencia, pero no sabían que habían sido sus propios ancestros quienes las habían hecho -dijo Heckenberger.
– Creíamos que eran obra de los espíritus -dijo Afukaká, que había participado en la excavación.