Heckenberger se acercó a un hoyo rectangular que él mismo había excavado. Paolo y yo miramos desde el borde junto al jefe. La tierra que había quedado a la vista, en contraste con otras zonas de la selva, era oscura, casi negra. Mediante el sistema de datación por radiocarbono, Heckenberger había deducido que la trinchera era del año 1200 d. C, aproximadamente. Señaló con la punta del machete al fondo del agujero, donde parecía haber un foso dentro del foso.
– Ahí es donde colocaron la empalizada -dijo.
– ¿Una empalizada? -pregunté.
Heckenberger sonrió.
– Alrededor del foso -prosiguió- puede ver esa especie de embudos repartidos de forma equidistante. Solo hay dos explicaciones posibles: o bien ponían trampas en el fondo o metían algo en ellos, como troncos.
Dijo que la posibilidad de que se tratara de trampas para que cayeran en ellas los enemigos invasores era improbable, dado que las personas a las que el foso debía proteger también habrían corrido peligro. Y aún añadió más: cuando examinó las zanjas con Afukaká, el jefe le refirió una leyenda sobre un kuikuro que había escapado de otro poblado saltando por encima de «una gran empalizada y una zanja».
Aun así, nada de aquello parecía tener sentido. ¿Por qué iba a construir nadie una zanja y una empalizada en medio de la selva?
– Aquí no hay nada -dije.
Heckenberger no respondió; por el contrario, se agachó y escarbó en el barro. Extrajo un pedazo de arcilla endurecida con ranuras en los bordes. Lo alzó hacia la luz.
– Trozos de cerámica -dijo-. Están por todas partes.
Mientras observaba otros fragmentos que había en el suelo, pensé en cómo había insistido Fawcett en que en ciertas zonas elevadas del Amazonas «hurgando apenas un poco se encuentra gran abundancia» de cerámica antigua.5
Heckenberger dijo que estábamos en medio de un inmenso asentamiento ancestral.
– Pobre Fawcett. Se acercó tanto… -dijo Paolo.
El asentamiento se encontraba exactamente en la región donde Fawcett creía que estaba; pero era incomprensible por qué no había conseguido verlo, según dijo Heckenberger.
– En la selva no hay mucha piedra, y la mayor parte de los asentamientos se construían con materiales orgánicos, como madera, hojas de palmeras y montículos de tierra, que se descomponen -nos explicó-. Pero en cuanto empiezas a cartografiar la zona y a excavarla, te quedas pasmado con lo que ves.
Echó a andar de nuevo por la selva, señalando lo que sin duda eran restos de un paisaje esculpido por el hombre. No había una zanja sola sino tres, dispuestas en círculos concéntricos. Había una plaza circular gigantesca en la que crecía una vegetación diferente de la del resto de la selva, porque en el pasado había sido arrancada. Y parcelas de tierra aún más oscura que evidenciaban la antigua presencia de viviendas, pues la descomposición de desperdicios y desechos humanos la enriquece y oscurece.
Mientras caminábamos, reparé en un terraplén que se internaba en la selva en línea recta. Heckenberger dijo que era la curva de una carretera.
– ¿También tenían carreteras? -pregunté.
– Carreteras, pasos elevados, canales… -Heckenberger dijo que algunas habían tenido una anchura de casi cincuenta metros-. Incluso encontramos un lugar donde la carretera se acaba junto a la ribera de un río, en una especie de rampa ascendente, y luego continúa en la otra orilla con una rampa descendente. Lo cual solo puede significar una cosa: tuvo que haber alguna clase de puente de madera que conectara las dos orillas, sobre una extensión de unos ochocientos metros.
Se trataba de los mismos pasos elevados y de los mismos asentamientos de los que los conquistadores españoles habían hablado cuando visitaron el Amazonas, los mismos en los que Fawcett había creído fervientemente y que los científicos del siglo xx habían desechado como mitos. Le pregunté adonde llevaban las carreteras, y él dijo que se prolongaban hasta otros asentamientos igual de complejos.
– Solo le he traído a ver el más cercano -dijo.
En total, había excavado veinte asentamientos precolombinos en el Xingu, que habían sido ocupados aproximadamente entre el 800 y el 1600 d. C. Los asentamientos distaban entre sí unos cinco kilómetros y estaban conectados por carreteras. Pero lo más asombroso era que las plazas estaban dispuestas coincidiendo con los puntos cardinales, de este a oeste, y las carreteras se correspondían con los mismos ángulos geométricos. (Fawcett dijo que los indígenas le habían referido leyendas que describían «muchas calles en ángulos rectos».)
Heckenberger tomó prestado mi cuaderno de notas y empezó a esbozar un círculo grande, luego otro y después otro. Eran las plazas y los poblados, dijo. A continuación dibujó aros a su alrededor que, comentó, eran los fosos. Por último, añadió varias líneas paralelas que partían de los asentamientos con formas geométricas: las carreteras, los puentes y los pasos elevados. Cada una de las formas parecía encajar en un todo complejo, como un cuadro abstracto cuyos elementos solo adquieren coherencia desde la distancia.
– Cuando mi equipo y yo empezamos a cartografiarlo todo, descubrimos que nada era casual -dijo Heckenberger-. Todos estos asentamientos estaban dispuestos de acuerdo con un plan muy elaborado, con cierta noción de ingeniería y matemáticas que rivalizaba con todo lo que estaba ocurriendo en gran parte de Europa en aquel tiempo.
Heckenberger dijo que antes de que las enfermedades occidentales asolaran a la población, cada conjunto de asentamientos albergaba entre dos mil y cinco mil habitantes, lo que significaba que la comunidad más grande era del tamaño de muchas ciudades medievales europeas.
– Esta gente tenía un gusto por lo monumental -añadió-. Disponían de carreteras, plazas y puentes de gran belleza. Sus monumentos no eran pirámides, lo que explica que sean tan difíciles de encontrar; se trataba más bien de elementos horizontales, pero no por ello menos extraordinarios.
Heckenberger me comentó que acababa de publicar su estudio en un libro titulado The Ecology of Power. Susan Hecht, geógrafa de la School of Public Affairs de la UCLA, definió los hallazgos de Heckenberger como «portentosos». Otros arqueólogos y geógrafos me los describieron después como «monumentales», «transformadores» y «revolucionarios». Heckenberger ha contribuido a transformar la visión del Amazonas como un paraíso ilusorio que nunca podría albergar lo que Fawcett había previsto: una civilización próspera y espléndida.6
Más adelante, descubrí que otros científicos7 estaban contribuyendo a esta revolución en la arqueología, que desafía abiertamente todas aquellas creencias que durante un tiempo se tenían sobre las Américas precolombinas. Estos arqueólogos se ayudan con frecuencia de aparatos que superan todo cuanto el doctor Rice pudiera haber imaginado. Entre ellos se cuentan radares de penetración en la tierra, imágenes de satélite para cartografiar los asentamientos, y sensores remotos capaces de detectar campos magnéticos para localizar artefactos enterrados. Anna Roosevelt, bisnieta de Theodore Roosevelt y arqueóloga de la Universidad de Illinois, ha excavado una cueva cercana a Santarém, en el Amazonas brasileño, que estaba llena de pinturas rupestres: interpretaciones de figuras animales y humanas, similares a las que Fawcett había asegurado ver y había descrito en varios puntos del Amazonas y que reforzaban su teoría de Z. Anna Roosevelt encontró restos de un asentamiento, enterrados en la cueva, de al menos diez mil años de antigüedad, casi el doble de tiempo en que los científicos habían estimado la presencia humana en el Amazonas. De hecho, el asentamiento es tan antiguo que podría cuestionar la tan arraigada teoría de cómo se poblaron las Américas. Durante años, los arqueólogos creyeron que los primeros habitantes americanos fueron los clovis, que deben su nombre a las puntas de lanza encontradas en Clovis, Nuevo México. Se creía que estos cazadores de caza mayor habían cruzado el estrecho de Bering desde Asia hacia el final de la Era Glacial, que se habían asentado en Norteamérica hacía unos once mil años, y que después, progresivamente, habían ido migrando a Centroamérica y Sudamérica. El asentamiento del Amazonas, sin embargo, podría ser tan antiguo como el irrefutable primer asentamiento clovis de Norteamérica. Asimismo, según Roosevelt, las reveladoras particularidades de la cultura clovis -como, por ejemplo, las lanzas con punta de piedra estriada- no estaban presentes en la cueva del Amazonas. Algunos arqueólogos creen que podría haber existido un pueblo previo a los clovis.8 Otros, como Roosevelt, consideran que el mismo pueblo procedente de Asia se expandió por todo el continente de forma simultánea y desarrolló diferentes culturas, propias y diferenciadas.