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Antes de que el emperador Hsien Feng bajara de su palanquín, un látigo restallaba tres veces; era la llamada al completo silencio. En el momento en que sonaba el látigo, todos tenían que arrodillarse. Las personas se situaban en función de su rango. Los grandes consejeros, príncipes y otros miembros de la realeza ocupaban las primeras filas. Cuando el emperador se sentaba, todo el mundo debía tocar el suelo con la frente nueve veces.

A Hsien Feng no le gustaba trabajar en el salón del Trono porque el trono era incómodo. El respaldo era una magnífica obra de madera labrada, compuesta por numerosos grupos de dragones. Las audiencias podían durar horas y Hsien Feng acababa con la espalda dolorida.

Todos los objetos del salón del Trono estaban expuestos como en una galería. El trono se hallaba sobre una tarima elevada con una escalera a cada lado. Detrás del trono había tres series de paneles de madera tallada, cada uno decorado con dragones dorados. La tarima permitía al emperador mirar a los ojos de más de cien funcionarios. La audiencia empezaba cuando el primer convocado subía la escalera del lado este y presentaba al emperador un libro de memorándums impresos.

El emperador Hsien Feng no tocaba el libro; su secretario lo cogía y lo colocaba en una caja amarilla junto al trono. El emperador podía acudir al libro si era necesario. Luego el convocado se iba por la escalera oeste para regresar a su esterilla. Entonces se le permitía presentar su petición. Cuando el convocado acababa, el emperador hacía sus comentarios.

Hsien Feng solía iniciar un debate entre los grandes consejeros, príncipes y ancianos de los clanes. Estos ofrecían sus puntos de vista, rivalizando por presentar la mejor opción. A veces sus palabras eran duras y sus ánimos se encendían. En una ocasión, un ministro murió de un ataque al corazón en mitad de una discusión. El convocado tenía que permanecer callado hasta que le formulasen una pregunta. Luego respondía en consecuencia, siempre con deferencia y reserva. Cuando se llegaba a una conclusión, el emperador Hsien Feng dictaba un decreto. Se ordenaba a un erudito de la corte del más alto rango que escribiera el decreto en chino y en manchú. Entonces se llamaba al siguiente de la lista y el procedimiento se repetía hasta el mediodía.

Yo estaba más interesada en aprender lo que estaba sucediendo en el país que en escuchar a ministros que en su vida habían puesto un pie fuera de Pekín. La mayoría de los debates me parecían aburridos y las soluciones carecían de sentido común. Me sorprendían las diferencias entre los príncipes reales, los miembros de los clanes manchúes y los gobernadores y generales, la mayoría chinos Han, que olían a pólvora. Me impresionaban los chinos simplemente porque inyectaban una nota de realidad. A los funcionarios de origen manchú les encantaba discutir sobre ideología. Proferían eslóganes patrióticos como escolares. Los funcionarios Han preferían permanecer en silencio cuando surgía un conflicto en aquella corte manchú. Si deseaban imponer una idea, la presentaban desapasionadamente, aportando solo los hechos al emperador y a su corte.

Después de asistir a unas cuantas audiencias, me percaté de que los chinos no intentaban rebatir al emperador. Si rechazaban su propuesta, lo aceptaban con humildad. A menudo cumplían la orden de su majestad aun cuando sabían que carecía de eficacia. Después de perder miles de vidas, los chinos regresaban con la cifra de bajas, con la esperanza de que el emperador reconsiderase su propuesta. Cuando lo hacía, se sentían tan aliviados que lloraban. Me conmovía su lealtad, pero deseaba que Hsien Feng escuchara menos a los nobles manchúes y más a los chinos.

Empezaba a comprender por qué el emperador se comportaba del modo en que lo hacía. Más de una vez me dijo que creía que solo un manchú era capaz de sentir pura devoción hacia la dinastía Qing. En caso de diferencia de opiniones, siempre se decantaba por los funcionarios manchúes. Favorecía el privilegio de la raza dominante y demostraba a la corte su confianza en los ministros de origen manchú. Durante siglos los ministros chinos habían conseguido superar la humillación. Su fuerza y su paciencia me inspiraban un respeto reverencial.

Capítulo 12

Al ayudar al emperador Hsien Feng, me familiaricé con dos personas de gran ascendente en la corte y cuyas opiniones eran diametralmente opuestas. Uno era Su Shun, el jefe del Gran Consejo; el otro era el príncipe Kung, el hermanastro del emperador.

Su Shun era un manchú de unos cuarenta años, ambicioso y arrogante, un hombre alto con un cuerpo vigoroso que me recordaba a un búho por sus grandes ojos y su nariz fina y ligeramente ganchuda. Tenía un entrecejo poblado y desigual, una ceja más alta que la otra. Famoso por su ingenio y su temperamento explosivo, representaba al partido conservador de la corte. Mi marido decía que era un «mercader que vende ideas fantásticas». Yo admiraba el talento de Su Shun para pronunciar discursos imponentes inspirados en ejemplos de la historia, la filosofía e incluso las óperas clásicas. A menudo me sorprendía a mí misma preguntándome: ¿Hay algo que este hombre no sepa?

El detalle era la especialidad de Su Shun y su sentido dramático potenciaba su efecto como gran narrador de historias. Cuando escuchaba sentada detrás de la cortina, la mera emisión de su voz me convencía de sus palabras, aun cuando discrepase de su política.

Para la corte, Su Shun era un libro andante que contenía miles de años de civilización china. La vastedad de su conocimiento carecía de parangón y era el único ministro que hablaba a la perfección manchú, mandarín y chino antiguo. Su Shun disfrutaba de gran popularidad entre los clanes manchúes, entre los cuales sus ideas contrarias a los bárbaros recibían amplio apoyo.

Como séptimo nieto de un noble y como descendiente del fundador de la dinastía Qing, Nurhachi, Su Shun tenía relaciones en las altas esferas. Su poder también procedía de su amistad con hombres influyentes, muchos de los cuales eran chinos ricos. Desde su juventud había viajado mucho y sus amplios gustos le permitían comunicarse eficazmente con la sociedad en general. Conocido por su interés por el arte antiguo, poseía varias tumbas antiguas en Hsi-an, donde se creía que estaba enterrado el primer emperador de China.

Su Shun era considerado un hombre generoso y leal. Circulaba una historia de cuando empezó a trabajar en la corte como ayudante de un funcionario menor: se dice que vendió las joyas de su madre con el fin de montar banquetes para sus amigos. Más tarde supe que Su Shun utilizaba aquellas refinadas colaciones para conseguir información acerca de todos los ámbitos de la vida. Así se enteraba, entre otras cosas, de los rumores sobre los actores más populares de Pekín, de quiénes escondían más oro en su patio trasero, de las reformas militares o de los matrimonios políticos.

La reciente promoción de Su Shun como mano derecha del emperador Hsien Feng partía de la frustración de su majestad ante la burocracia cortesana. La corte era tan corrupta que la mayoría de los funcionarios no hacía más que apoltronarse en sus títulos y cobrar sus salarios. Muchos eran descendientes de la realeza que habían luchado a las órdenes de poderosos príncipes; otros eran manchúes ricos, pero de extracción humilde, que habían comprado sus cargos mediante «donaciones» a los gobernadores provinciales. Juntos formaban una élite que dominaba la corte. Con los años habían vaciado las arcas del tesoro imperial. Mientras el país sufría económicamente, aquellas gentes continuaban medrando. Cuando el emperador Hsien Feng comprendió la magnitud del problema, promocionó a Su Shun para que «barriera toda aquella basura».

Su Shun era eficaz y riguroso. Se centró en un solo caso muy destacado de corrupción relativa al examen de acceso a la administración pública imperial. El examen se celebraba cada año y afectaba a las vidas de miles de personas de todo el país. En su informe para el emperador Hsien Feng, Su Shun acusó a cinco jueces de alto rango de aceptar sobornos. En él presentó también noventa y un casos de manipulación de las puntuaciones de la prueba y puso en entredicho al número uno de la promoción del año anterior. Para restaurar la reputación de la administración pública, el emperador ordenó decapitar a los cinco jueces y al número uno de la promoción anterior. La gente aplaudió su acción y Su Shun se convirtió en un nombre famoso.

Otra acción de Su Shun le deparó aún mayores honores; persiguió a los bancos que falsificaban taels. Uno de los mayores estafadores resultó ser su mejor amigo, Huang Shan-li. Huang había salvado una vez a Su Shun de ser asesinado por un acreedor implacable, así que todo el mundo pronosticó que Su Shun encontraría el modo de exonerar a su amigo, pero Su Shun demostró que, ante todo, era leal al emperador.

El otro hombre cuya opinión valoraba el emperador Hsien Feng era el príncipe Kung. Una vez el emperador admitió delante de mí no tener el talento del príncipe Kung, como tampoco sus demás hermanastros, el príncipe Tseng y el príncipe Ch’un, lo tenían. Tseng era «un perdedor que se cree un triunfador» y Ch’un era «honesto, pero no demasiado brillante».

Al principio no estaba de acuerdo con mi marido. La seriedad y la naturaleza polemista del príncipe Kung podía resultar distanciadora, pero a medida que fui conociéndolo más, mi opinión sobre él fue cambiando. Se crecía en las dificultades. El emperador Hsien Feng era demasiado delicado, sensible y, sobre todo, profundamente inseguro. Claro que nadie era consciente de ello, pues solía ocultar su temor bajo un manto de arrogancia y firmeza. Cuando tenían que tratar una pérdida, la mente de Hsien Feng caía en el fatalismo, mientras que su hermano conservaba una mirada más optimista.

Se me hacía extraño pasar el tiempo con ambos hombres. Al igual que millones de muchachas en China, había crecido oyendo historias sobre sus vidas privadas. Antes de que Hermana Mayor Fann me contase los detalles, yo ya sabía los rasgos generales de la trágica muerte de la emperatriz Chu An. Cuando Hsien Feng me la describió con sus propias palabras, sonaba trivial e incluso falsa. No recordaba la escena de la despedida de su madre.

– Ningún eunuco aguardaba fuera sujetando una cuerda de seda blanca e instándola a cumplir con su destino. -El tono de su majestad era monótono e imperturbable-. Mi madre me acostó en la cama y cuando desperté me dijeron que estaba muerta; no volví a verla jamás.

Para el emperador Hsien Feng, la tragedia era una forma de vida, mientras que para mí era una ópera triste. El Hsien Feng de los seis años debió de sufrir mucho y seguía sufriendo como adulto, pero no se permitía tales sentimientos o tal vez ya no podía permitírselos. El emperador me dijo una vez que la Ciudad Prohibida no era más que una cabaña de paja ardiendo en un vasto desierto.