Aunque yo no quería causar ningún daño, estaba en situación de hacerlo. No me quedaba más opción que arruinar la vida de las demás o dejar que ellas arruinaran la mía.
Sabía exactamente lo que se pretendía de mí, pero ¿renunciaría por voluntad propia al afecto de su majestad? Antes de sobornar al eunuco jefe Shim, mi cama estuvo fría durante meses y me negaba a volver voluntariamente a meterme en aquellas sábanas.
En las audiencias descubrí que las mejores soluciones a menudo se encuentran en las palabras de quienes informan de los problemas. Conocían el asunto desde hacía tiempo y eran capaces de plantear sugerencias. Pero me preocupaba que los ministros reprimieran con frecuencia sus verdaderas opiniones porque confiaban en que el hijo del cielo vería las cosas «a través de un ojo divino».
Me sorprendió que el emperador Hsien Feng creyera que él era el ojo de dios. Rara vez dudaba de su propia sabiduría y buscaba signos para demostrar su origen celestial. Podía ser un árbol herido por un rayo en su jardín o una estrella fugaz surcando el cielo nocturno. Su Shun alentaba la fascinación de Hsien Feng por sí mismo, le convencía de que era el protegido del cielo. Pero cuando las cosas fuera de la Ciudad Prohibida no salían como Hsien Feng quería, el emperador actuaba como un odre agujereado; su confianza se derramaba como el agua por los agujeros.
El emperador se desmoronaba. Cuando le abandonaban la verdad y la comprensión, su humor oscilaba de manera violenta. En un minuto estaba convencido de la derrota de los bárbaros y ordenaba la deportación de un embajador extranjero y al siguiente se desesperaba y convenía en firmar un tratado que solo agudizaría el desastre económico de China. En público intentaba mantener la ilusión del poder de mi marido, pero no podía engañarme a mí misma. Bajo mi vestido dorado, yo era Orquídea de Wuhu y sabía que las cosechas estaban indefensas ante la invasión de las langostas.
Cuando las audiencias iban bien, el emperador Hsien Feng me decía que le había ayudado a recuperar sus poderes mágicos. Todo lo que hacía era escuchar a personas como Su Shun o el príncipe Kung. De haber sido un hombre y haber podido poner un pie fuera de palacio, yo habría ido a la frontera y habría regresado con mis propias estrategias.
Fuera de nuestro palanquín, no se divisaban más que colinas yermas. Su majestad bajó la cortina, se reclinó sobre la almohada y continuó hablando de su vida.
– Los rebeldes Taiping sembraron la destrucción por todas partes. No puedo contar con nadie salvo con mi hermano. Si el príncipe Kung no puede hacerlo, nadie podrá, eso seguro. En el pasado lo humillé consciente e inconscientemente, ahora aprovecho la menor oportunidad para enmendar nuestra relación. Mi padre no mantuvo su promesa y para él yo soy culpable. El día en que fui coronado emperador, concedí al príncipe Kung el título más alto.
»Luego le ofrecí el mejor lugar para vivir fuera de la Ciudad Prohibida, como pronto haré contigo. Le ofrecí una fortuna en taels y la usó para remodelar el palacio. Descuidé a mis otros hermanos y primos. El jardín del Discernimiento no tiene nada que envidiar a ninguno de los palacios del interior de la Ciudad Prohibida.
Yo ya sabía lo que el emperador Hsien Feng había hecho por su hermano. Para que el príncipe Kung se sintiera a gusto, Hsien Feng ignoró la tradición que impedía a un príncipe manchú ostentar un cargo militar. Nombró a Kung consejero jefe del gabinete militar imperial. El poder del príncipe Kung era igual al de Su Shun. Ignorando las protestas de Su Shun, su majestad concedió al príncipe Kung el derecho a elegir a quien quisiera para trabajar con él, incluso a su suegro, el gran secretario Kuei Liang, que resultaba ser el enemigo de Su Sung.
Llegamos al jardín del Discernimiento antes del mediodía. Habían notificado nuestra llegada al príncipe Kung y a su fujin -esposa en manchú-, y nos esperaban junto a la puerta. Kung parecía encantado de ver a su hermano. Tenía veintidós años, dos menos que Hsien Feng, pero eran más o menos de la misma estatura. Detecté cierta frialdad en el príncipe Kung cuando me miró furtivamente, noté su suspicacia y su desconfianza. Sin duda se preguntaba por qué su hermano me mantenía a su lado, sobre todo dados los rumores tan crueles que circulaban.
Siguiendo la tradición, el príncipe Kung celebró un ritual de bienvenida. A mí me pareció muy poco afectuoso. No se comportaban como dos hermanos que habían crecido juntos; se parecía más a un criado rindiendo tributo a su amo.
El emperador Hsien Feng agradeció el gesto de su hermano. Le impacientaban las formalidades y se apresuró en su respuesta. Antes de que Fujin concluyera la frase «deseo a su majestad diez mil años de vida» y sus postraciones, abrazó a su hermano.
Yo acabé mis postraciones y reverencias y permanecí a un lado para escuchar y observar. Descubrí parecidos en el modo en que ambos hermanos se comportaban: elegantes y arrogantes al mismo tiempo. Ambos tenían típicos rasgos manchúes: ojos oblicuos con un gran párpado superior, nariz recta y una boca muy definida. Pero pronto observé una diferencia: el príncipe Kung tenía una postura de jinete mongol. Caminaba con la espalda recta pero con las piernas arqueadas. Los movimientos del emperador Hsien Feng eran los de un viejo colegial.
Intercambiamos regalos; yo le di a Fujin un par de zapatos, que An-te-hai había traído hacía solo un momento, adornados con perlas y cuentas de jade verde que formaban un hermoso dibujo floral. Fujin estaba encantada, y a cambio me dio una pipa de cobre. Nunca había visto una igual; la pequeña pipa tenía representada una sofisticada escena de batalla extranjera, con barcos, soldados y olas. Las minúsculas figuras estaban incrustadas con precisión y la superficie era tan pulida como la porcelana. Fujin me dijo que la habían fabricado con la ayuda de una máquina inventada por un inglés. Fue el regalo de uno de los empleados del príncipe Kung, un británico llamado Robert Hart.
Después de los saludos, llegaron criados con esterillas que colocaron a nuestros pies. El príncipe Kung se arrojó en la suya y empezó a reverenciar a su hermano una y otra vez, tocando el suelo con la frente. Su mujer le siguió. Con el permiso del emperador, llamó a sus hijos y concubinas, que aguardaban vestidos para la ocasión. Fujin se aseguró de que los niños saludaran a la perfección.
Cuando por fin acabó el ritual y nos llevaron hasta la sala de estar, me sentí aliviada. Fujin pidió disculpas y se ausentó. Antes de sentarme, el príncipe Kung me preguntó si me gustaría que Fujin me acompañara a dar un paseo por el jardín. Le dije que prefería quedarme, si no le importaba, ante lo cual se sorprendió, pero no dijo nada.
Con el consentimiento del emperador Hsien Feng, permanecí en mi asiento. Los hermanos empezaron la conversación y el príncipe Kung se dirigió únicamente a su hermano, como si yo no estuviera en la habitación.
Nunca había visto a nadie hablar tan franca y apasionadamente como el príncipe Kung. Pronunciaba sus palabras con gran urgencia, como si su casa estuviera en llamas y no hablase lo bastante rápido.
Antes de que el emperador pudiera dar el primer sorbo a su té, el príncipe Kung le puso delante una carta.
– Las noticias llegaron ayer con un sello de prioridad de novecientos kilómetros. Es del gobernador de la provincia de Shantung. Como veis, están dirigidas a Su Shun y a mí, y son extraordinariamente preocupantes.
El emperador Hsien Feng dejó su té.
– ¿Qué ocurre?
– Los diques del río Amarillo se han derrumbado cerca de la frontera entre la provincia de Shantung y la de Kiansu. Se han inundado veinte pueblos y han muerto cuatro mil personas.