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En otros aspectos, sin embargo, se mostró más dispuesto a colaborar. Obedecía órdenes que no requerían el uso del lenguaje o información revelada. Tras cierto tiempo, Alvin descubrió que podía controlarlo al igual que solía hacer y a ello estaba acostumbrado con los robots de Diaspar, sólo con el pensamiento. Aquél fue un gran paso hacia delante, y poco más tarde, aquella criatura — ya que resultaba muy difícil llamarla máquina— relajó su guardia recelosa y le permitió mirarle a los ojos. Parecía no poner inconvenientes a tal sistema de información mutua, aunque pasiva en cierta forma, pero continuó entorpeciendo todo intento de llegar a la intimidad.

Ignoró por completo la existencia de Hilvar; no habría obedecido ni una sola de sus órdenes y su mente aparecía cerrada para el joven de Airlee a toda prueba. Al principio, aquello constituyó una cierta decepción para Alvin, quien había esperado que con los grandes poderes mentales de Hilvar, se hallara en condiciones de forzar el cierre de aquel tesoro, un cofre sin precio de recuerdos bien guardados y preciosos. Más tarde, acabó comprendiendo la ventaja de poseer un sirviente que no obedecería a nadie más en el mundo.

El miembro de la expedición que más fuertemente objetó contra la presencia del robot fue Krif. Tal vez se imaginase que entonces constituía un rival o quizá desaprobase, en principios generales, a cualquier otra criatura que volase sin tener alas. Cuando nadie le miraba, hizo diversos intentos de asaltar al robot, que le había puesto furioso hasta la exasperación, sencillamente por no haberle hecho el menor caso, ni le había dedicado la menor atención. Eventualmente, Hilvar pudo calmarlo y en el viaje de retorno a Airlee en el coche todo terreno, Krif pareció haberse resignado finalmente a semejante situación. El robot y el insecto escoltaron al vehículo mientras que seguía deslizándose silenciosamente a través de los campos y los bosques, cada uno cerca de su respectivo dueño y pretendiendo que su rival ni siquiera estaba a la vista.

Seranis ya estaba esperándoles, al llegar el coche flotando a Airlee. «Era imposible sorprender a aquella gente», pensó Alvin. Sus mentes entrelazadas permanecían en íntimo contacto con cualquier cosa que ocurriese en su territorio. Trató de imaginarse cómo habrían reaccionado ante el conocimiento de sus aventuras en Shalmirane, que presumiblemente deberían ya conocer todos en Lys.

Seranis daba el aspecto de estar preocupada y más incierta de lo que Alvin jamás la hubiera visto antes, recordando la elección que tenía planteada ante él. En la excitación de aquellos últimos días casi lo había olvidado; Alvin no quiso gastar energías para enfrentarse con problemas que aún no se habían presentado en el futuro. Pero aquel futuro estaba ahora frente a él, y era preciso que decidiese en cuál de los dos mundos se quedaría a vivir.

La voz de Seranis aparecía turbada cuando comenzó a hablar y Alvin tuvo la súbita impresión de que algo había ido torcido con los planes que Lys había hecho para él. ¿Qué podía haber ocurrido durante su ausencia? ¿Habrían enviado emisarios a Diaspar para entrometerse en la mente de Khedrom… y habían fracasado en su cometido?

— Alvin comenzó a decirle Seranis —. Hay muchas cosas que no te dije antes, pero que es preciso que sepas, si quieres en verdad comprender el alcance de nuestras acciones. Ya sabes una de las razones para haber llegado al aislamiento de nuestras dos razas. El temor a los Invasores, y la oscura sombra de las profundidades de la mente humana, hicieron que tu pueblo volviese la espalda al mundo y se encerrase en sus propios sueños. Aquí en Lys, ese temor nunca fue tan grande, aunque nos hemos preocupado por la llegada de ese ataque final. Tenemos mejores razones para justificar nuestras acciones y lo que hicimos, lo hicimos con los ojos abiertos y con toda consciencia.

«Hace mucho tiempo, querido Alvin, los hombres buscaron la inmortalidad y acabaron lográndola. Olvidaron que en un mundo en que se ha barrido la muerte, también ha desaparecido el nacimiento de las criaturas. El poder de extender la vida indefinidamente, puede aportar un gran contento al individuo aislado; pero comporta el estancamiento de una raza. Hace ya edades de tiempo en el pasado, que nosotros sacrificamos nuestra inmortalidad; pero Diaspar aún continúa con ese falso sueño. Esa es la causa fundamental de que nuestros caminos se apartasen… y por qué nunca más deben volver a reunirse».

Aunque aquellas palabras eran algo casi esperado de parte de Alvin, su exposición concreta no dejó de causar una profunda impresión en el joven de Diaspar. Así y todo, Alvin rehusó admitir el fracaso de sus planes — medio formados como aún estaban —, y sólo una parte de su cerebro escuchaba a Seranis en aquella ocasión. Comprendió y tomó buena nota de sus palabras; pero la parte consciente de su mente iba rehaciendo el camino de vuelta a Diaspar, tratando de imaginar qué clase de obstáculos hubieran podido interponerse ahora en su vuelta.

Seranis aparecía claramente desgraciada. Su voz era una súplica conforme hablaba y Alvin comprendió que no sólo le hablaba a él, sino a su hijo. Ella debió darse cuenta del afecto y la comprensión que había surgido y afianzado entre ellos durante los días que pasaron juntos en sus exploraciones. Hilvar escuchaba atentamente a su madre mientras hablaba; y Alvin creyó ver en su mirada que no sólo le parecía algo despectivo, sino que implicaba una cierta censura.

— No queremos que hagas nada contra tu libre voluntad — continuó Seranis— pero sí queremos que te des cuenta de lo que significaría si nuestro pueblo se conoce de nuevo con el de Diaspar. Entre nuestra y cultura y la vuestra ha existido un abismo tan grande como el que separó a la Tierra de sus antiguas colonias del espacio. Piensa bien en este solo hecho, Alvin. Tú y mi hijo Hilvar, sois casi de una misma edad ahora… pero tanto él como yo habremos muerto siglos antes de que tú dejes todavía de ser joven. Y ésta es sólo la primera de una indefinida serie de vidas.

La habitación quedó silenciosa, tan en silencio y en calma, que Alvin pudo oír claramente los extraños y quejumbrosos gritos de los animales sueltos por los campos existentes más allá de la población. Entonces, como en un murmullo, se dirigió a Seranis.

— Bien… ¿qué es lo que quiere que haga?

— Esperamos haberte dado la oportunidad para que eligieses él quedarte aquí o volver a Diaspar; pero ahora esto es imposible. Han ocurrido demasiadas cosas para dejarte esa elección en tus manos. Incluso en el breve tiempo que has permanecido entre nosotros tu influencia ha resultado altamente perturbadora. No es que lo repruebe, estoy segura de que no has tenido la menor idea de causar ningún daño. Pero creo que hubiera sido mucho mejor haber dejado a esas criaturas halladas en Shalmirane que hubieran seguido su propio destino. Y por lo que respecta a Diaspar… — Seranis hizo entonces un gesto de disgusto. Demasiada gente sabe ahora dónde has ido; no actuamos a tiempo. Y lo que es más serio aún, el hombre que te ayudó a descubrir Lys ha desaparecido como tragado por la tierra; ni tu consejo ni nuestros agentes lo han podido localizar por ninguna parte, por lo que permanece como un peligro potencial para nuestra seguridad. Quizá te sorprenda que te diga esto; pero resulta más seguro para mí él hacerlo. Me temo que sólo tengamos una elección que hacer; tendremos que devolverte a Diaspar con una serie falsa de recuerdos en tu memoria. Estos recuerdos han sido construidos con gran cuidado, de tal forma, que cuando regreses a tu ciudad, no sabrás nada sobre nosotros. Creerás en lo sucesivo, que todo esto ha ocurrido en alguna sombría caverna subterránea y en alguna de esas peligrosas aventuras a que sois tan aficionados allá en tu ciudad. Para el resto de tu vida, seguirás creyendo que ésa ha sido la verdad y todo el mundo en Diaspar aceptará esa versión como cierta. Por tanto, no habrá ningún misterio que seduzca como un señuelo a futuros exploradores, y creerán que ya saben todo lo que es posible conocer respecto a una ciudad misteriosa llamada Lys.