— Seranis hizo una pausa y miró a Alvin con ojos de ansiedad:
— Lamentamos sinceramente que esto sea necesario, querido Alvin, y te rogamos nos perdones mientras puedas recordarnos. Puede que tú no aceptes nuestro veredicto; —pero nosotros conocemos muchas cosas que siguen estando ocultas para ti. Al menos no tendrás nada que lamentar, ya que creerás en lo sucesivo que has descubierto todo lo que habría que descubrir.
Alvin trató de imaginar si todo aquello sería cierto. No podía estar seguro de que volviera a acostumbrarse a la rutina de la vida en Diaspar, incluso aunque se hubiese convencido a sí mismo de que nada qué valiese la pena existiese más allá de sus murallas. Y lo que era más aún, no tenía la intención de ponerlo a prueba.
— ¿Cuándo desean ustedes someterme a ese… tratamiento? — preguntó Alvin.
— Inmediatamente. Estamos dispuestos ya. Abre tu mente a la mía, como hiciste en la ocasión anterior y nada sabrás ya hasta que te encuentres de vuelta en Diaspar.
Alvin permaneció silencioso unos momentos. Después, dijo con calma:
— Me gustaría despedirme de Hilvar.
Seranis hizo un gesto afirmativo.
— Comprendo. Dejaré que te ausentes durante un rato y vuelvas cuando estés dispuesto a someterte a la prueba. — Seranis se levantó y se dirigió por la escalera que conducía hacia abajo y al interior de la casa, dejándole solo en la terraza.
Tenía ante sí algún tiempo antes de hablar con Hilvar. Sentía una gran tristeza; pero con todo una inquebrantable determinación hizo que no estuviese dispuesto a aceptar el naufragio de todas sus esperanzas. Miró una vez más sobre la población en la que había encontrado una cierta medida de una desconocida felicidad, que nunca podría volver a ver si permitía que aquellos que se ocultaban tras Seranis llevaran a cabo su propósito. El coche que habían utilizado en la exploración continuaba detenido bajo uno de los árboles próximos a la residencia de Seranis, con el paciente robot colgando en el aire sobre él. Unos cuantos chiquillos se habían reunido para examinar a aquel extraño recién llegado a Airlee; pero ninguno de los adultos parecía estar especialmente interesado en su presencia.
— Hilvar — dijo bruscamente Alvin —. Lamento sinceramente todo esto.
— Y yo también — repuso Hilvar, con una voz inestable a causa de la emoción —. Había esperado que te hubiera gustado quedarte aquí…
— ¿Crees que lo que quiere Seranis es lo correcto?
— No reproches nada a mi madre. Ella sólo está haciendo lo que se le ha pedido que haga — replicó Hilvar. Aunque no había respondido a la pregunta, Alvin no tuvo corazón para repetir la cuestión de nuevo. Resultaba poco leal poner una nueva preocupación sobre la amistosa lealtad de su amigo.
— Dime una cosa, entonces dijo Alvin —. ¿Cómo podría tu pueblo detenerme si intento marcharme con mis recuerdos intactos?
— Sería de lo más fácil. Si tratas de escaparte, ejerceríamos nuestro control mental sobre ti y te obligaríamos a volver.
Alvin no podía esperar tanto y se sintió descorazonado. Deseó haber confiado en Hilvar, que sinceramente se hallaba trastornado por la inminente separación; pero no se atrevía a arriesgar el fracaso de sus planes. Cuidadosamente y comprobando detalle por detalle, fue trazando el único camino que le llevaría de vuelta a Diaspar en los términos que él deseara.
Existía un riesgo al que tenía que dar frente y contra el cual no podía hacer nada para autoprotegerse. Si Seranis rompía su promesa y se entrometía en su mente, toda su cuidadosa preparación para sus planes resultaría vana en absoluto.
Alargó una mano a Hilvar que su amigo estrechó con fuerza y efusivamente, incapaz de hablar una palabra.
— Vayamos al encuentro de Seranis dijo Alvin —. Me gustaría ver a ciertas personas de la población antes de irme.
Hilvar le siguió silenciosamente, en el frescor y la quietud de la casa y después por la salida y en la franja circular de hierba multicolor que circundaba la residencia. Seranis estaba esperándole allí, con un aspecto calmoso y resuelto. Sabía que Alvin intentaba ocultarle algo y pensó de nuevo en las precauciones tomadas al respecto. Como un hombre flexiona sus músculos antes de realizar un gran esfuerzo, ella se dispuso a actuar a través de las pautas compulsorias que debería poner en uso.
— ¿Estás dispuesto, Alvin?
— Completamente dispuesto — replicó el joven, aunque por el tono de su voz, Seranis le miró con más agudeza que de costumbre.
— Entonces, será mejor que relajes tu mente hasta dejarla en blanco como hiciste antes. No sentirás nada, ni conocerás nada tampoco, después de esto, hasta que te encuentres de nuevo en Diaspar.
Alvin se volvió a Hilvar y le dijo en un murmullo inaudible para Seranis:
— Adiós, Hilvar. No te preocupes… volveré. —Y se volvió de nuevo hacia Seranis.
— No tengo ningún resentimiento por; lo que está tratando de hacerme dijo a Seranis —. Sin duda creo que esto es lo mejor; pero a pesar de todo, pienso que está usted completamente equivocada. Diaspar y Lys no deberían permanecer apartadas para siempre. Yo vuelvo a mi hogar con todo lo que he aprendido… y no creo que usted pueda detenerme.
No esperó más tiempo. Seranis, que no se había movido de donde estaba, pareció actuar de forma que Alvin sintió que su cuerpo se escapaba de todo control. Los poderes que estaban actuando sobre su voluntad eran mucho más fuertes de lo que había esperado y se dio cuenta exacta de que muchas mentes ocultas tenían que estar ayudando a Seranis. Sin poder evitarlo, comenzó a marchar de regreso a la casa y por un momento angustioso, creyó que todos sus planes estaban condenados al fracaso más rotundo.
Pero entonces se produjo un relámpago de acero y cristal y unos brazos metálicos se cerraron rápidamente alrededor de su cuerpo. Intentó luchar contra aquello, instintivamente; pero toda su lucha resultó infructuosa. El suelo comenzó a alejarse de sus pies y captó una mirada rápida de Hilvar helado por la sorpresa, y con una sonrisa casi estúpida extendida por su rostro.
El robot estaba llevándole a una docena de pies de altura sobre el suelo, mucho más rápidamente de lo que un hombre pudiera correr con todas sus fuerzas. A Seranis le llevó un instante el comprender la astucia y su lucha se desvaneció al relajar ella su control mental. Pero Seranis no se consideró todavía fracasada y en seguida ocurrió lo que Alvin había temido y por lo que había luchado en contrarrestar.
En su mente existió entonces como la lucha de dos entes combatiendo entre sí y una de ellas rogaba al robot, suplicándole que le dejase caer. El Alvin real esperó, casi sin aliento, resistiendo solamente un poco contra fuerzas que sabía no estaba capacitado para enfrentarse. Había jugado su partida, no había forma de expresar de antemano si su incierto aliado obedecería sus órdenes, tan complejas como las que se le habían dado. Bajo ninguna circunstancia, le había dicho al robot, tenía que obedecer a cualquier orden ulterior hasta que él se encontrase seguro en Diaspar. Aquéllas habían sido sus órdenes terminantes. De ser obedecidas, Alvin había situado su destino más allá del alcance de cualquier interferencia humana. Sin dudar un solo instante, la misteriosa máquina corrió a todo lo largo del camino que cuidadosamente había trazado para ella. Una parte de él aún estaba rogando irritadamente que se le soltase; pero comprendió que entonces podía considerarse seguro. Y por entonces, Seranis debió haberlo comprendido también, ya que las fuerzas que combatían en el interior de su cerebro dejaron de hacerse la guerra. Una vez más, se sintió en paz, como hacía milenios un antiguo aventurero había estado; cuando amarrado al mástil de su nave, había escuchado el canto de las sirenas desvanecerse en un oscuro y proceloso mar.