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El corredor por el que habían llegado terminaba a la altura de la pared de la cámara — seguramente la mayor cavidad jamás construida por el hombre —, y a cada lado unas largas rampas se inclinaban hacia abajo, para llegar al piso distante del enorme espacio. Recubriendo la totalidad de la Instalación con una brillante luz, y esparcidas a lo largo y a lo ancho de aquella fabulosa construcción, aparecían centenares de blancas estructuras grandes y amplias, tan inesperadas, que por un momento Alvin pensó que estaba mirando a una ciudad subterránea. La impresión era impresionantemente vívida y era algo que Alvin no olvidaría jamás. Por ninguna parte apareció lo que el joven esperaba, el brillo familiar del metal que desde los principios del tiempo el Hombre había aprendido a asociar con sus sirvientes.

Allí se encontraba el fin de una evolución casi tan duradera como el propio Hombre. Sus principios se hallaban perdidos en las brumas de las Edades del Amanecer, cuando la humanidad hubo comenzado a utilizar el uso de la energía y a enviar sus ruidosos ingenios por la faz del mundo. Vapor, agua, viento, todo había sido dominado y utilizado y después abandonado. Durante siglos, la energía de la materia había gobernado al mundo hasta ser también pospuesta y con cada cambio, las viejas máquinas habían sido olvidadas para dejar paso a otras. Muy lentamente, a lo largo de millares de años, el ideal de la máquina perfecta se iba aproximando más y más, el ideal que una vez fue sólo un sueño, después una perspectiva lejana y finalmente una realidad:

— Una máquina que no contuviese ninguna pieza en movimiento.

Y allí estaba la última expresión de aquel ideal antiguo. Su logro había costado al Hombre quizá cien millones de años y en el momento del triunfo había vuelto la espalda a la máquina para siempre. Había alcanzado la finalidad y de allí en adelante podría sostenerse a sí misma eternamente, a la par que servía en todo al Hombre que la había creado.

Alvin dejó de preguntarse cuál de aquellas silenciosas estructuras blancas era el Computador Central. Tuvo la certeza que era la suma de todo aquello y que se extendía, además, mucho más allá de aquel recinto enorme, incluyendo también en su ser a todas las otras incontables máquinas existentes en Diaspar, tanto si eran móviles o estáticas. Por lo mismo que su propio cerebro era la suma de miles de millones de células independientes, dispuestas en un pequeño volumen de unas cuantas pulgadas de extensión, así los elementos físicos del Computador Central se hallaban esparcidos a través y por toda la anchura y largura de toda Diaspar. Aquella cámara podría sólo mantener el sistema de conexiones mediante el cual aquellas dispersas unidades se mantenían en contacto unas con otras.

Incierto respecto a dónde dirigirse primero, Alvin miró fijamente las grandes rampas en declive y al gigantesco espacio circular que se extendía a sus pies. El Computador Central tenía que saber que estaba allí, por la misma razón que sabía todo lo que ocurría en Diaspar en todos sus detalles y aspectos. Sólo tenía que esperar recibir instrucciones.

La ahora ya familiar y con todo, aún temible voz, habló tan suavemente y tan próxima a él que llegó a suponer que ni su propia escolta pudiese oiría.

— Baja por la rampa de la izquierda — le dijo —. Te dirigiré desde allí.

Descendió lentamente la rampa señalada, con el robot flotando por encima de él. No le siguieron ni Jeserac ni los agentes de custodia. Alvin imaginó si no habrían recibido instrucciones a su vez en tal sentido, o si por el contrario, hubiesen decidido espontáneamente permanecer allí para observar lo que ocurriese desde aquel punto ventajoso, sin la molestia de tan largo descenso. O tal vez, se habían aproximado tanto a aquella especie de santuario de Diaspar, que tuviesen miedo de seguirle…

Al pie de la rampa, la voz calmosa del Computador Central volvió a dar nuevas instrucciones a Alvin y siguió caminando entre una avenida de formas titánicas sumidas en un eterno sueño. Por tres veces volvió aquella voz a hablarle, hasta que llegó el momento en que comprobó que había llegado al sitio señalado.

La máquina que tenía ante él, era más pequeña que muchas de sus compañeras, aunque se sintió como un enano en su presencia. Las cinco hileras transversales en que estaba dispuesta, daban en cierto modo la impresión de una bestia acurrucada, y mirándola y después al robot de Alvin, éste encontró difícil de creer que ambos productos fuesen resultado de la misma evolución, y ambos descritos por el mismo nombre.

A unos tres pies del suelo, un amplio panel transparente corría a todo lo largo de la estructura. Alvin apoyó la frente contra la suave y curiosamente tibia constitución de aquel material, y escudriñó con toda atención en el interior de la máquina. Al principio no distinguió nada; pero algo más tarde, una vez que sus ojos se acostumbraron y escudándoselos con las manos, pudo distinguir unos leves puntos de luz por millares y millares suspendidos en la nada. Estaban alineados unos tras otros en un enrejado como una especie de celosía tridimensional, tan extraño para él como lo habían sido las estrellas para el hombre de la antigüedad. Aunque estuvo observando durante unos cuantos minutos, con un completo olvido del paso del tiempo, aquellas luces coloreadas nunca cambiaban de lugar, no variando tampoco su intensidad luminosa y su multiforme coloración.

De haber podido mirar en el interior de su propio cerebro, pensó Alvin, el resultado habría sido idéntico. La máquina parecía inerte e inmóvil, ya que le resultaba imposible ver sus pensamientos. Por primera vez, comenzó a tener una sombra de entendimiento de los poderes y fuerzas que sostenían a la ciudad. Toda su vida había aceptado, sin discusión alguna, el milagro de los sintetizadores, que edad tras edad, habían provisto de cuanto hubiera sido necesario para la fácil y cómoda vida de Diaspar. Millares de veces había visto aquel acto de creación, recordando rara vez que en alguna parte debería existir el prototipo de lo que había visto cobrar la realidad del mundo visible.

Lo mismo que una mente humana puede retener durante un cierto tiempo un simple pensamiento, así aquel cerebro infinitamente más poderoso, suma a su vez de muchos otros maravillosos cerebros, que eran los componentes del Computador Central podían retener y captar para siempre las ideas más intrincadas. Los modelos y pautas de todas las cosas creadas se hallaban congeladas en aquellas mentes eternas, no precisando más que el toque de una voluntad humana para convertirlas en realidad.

El mundo había adelantado mucho, desde que hora tras hora, el primer hombre de las cavernas había afilado pacientemente sus cabezas de flechas y sus cuchillos contra el duro pedernal…

Alvin esperó, sin preocuparse de hablar nada, hasta u e recibiese un ulterior signo de reconocimiento. Hubiera deseado saber de qué forma el Computador Central se hallaría advertido de su presencia, pudiendo verle y oír su voz. En ninguna parte se advertían signos de órganos sensoriales, ninguna de las rejillas o pantallas, u ojos de cristal estaban desprovistos de toda emoción a través de los cuales los robots tenían normalmente conocimiento del mundo que les rodeaba.

— Cuenta tu problema — dijo la quieta voz que sonó en su oído. Resultaba increíble que tan gigantesca maquinaria pudiera producir un lenguaje tan perfecto y con un tono tan sensible y delicado. Después, Alvin comprobó que estaba halagándose a sí mismo, puesto que quizás ni una millonésima parte del cerebro del Computador Central se hallaba ocupado en su asunto particular. Él constituía pura y llanamente uno de los innumerables incidentes que reclamaban su atención simultánea por toda la ciudad de Diaspar.

Resulta difícil hablar a una presencia que llena por completo la totalidad del espacio que envuelve a una persona. Las palabras de Alvin parecieron morir en el vacío tan pronto como eran pronunciadas.